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NEGOCIO El día que inventamos una tribu

Indio moderno

Convertíamos la expectativa ajena en sustento cotidiano con rituales que necesitaban creer como verdaderas

Venían porque de antemano estaban convencidos. Querían hallar un pueblo en medio del bosque, incontaminado de las luces de la civilización, lo habían buscado toda la vida y les caíamos como anillo al dedo. Nos cambiábamos la ropa y usábamos plumas, sandalias y adornos que compraba mi padre en el pueblo. “¡Eh!, ¡mamá!, ¡de nuevo!”, protestábamos. Pero nos mandaban: “Calladitos, no hagan morisquetas, no se rían y hagan como que son mudos”.
Al tío Andrés le decían “Padre Abuelo”, “Gran Padre” o “Padre de todos los Padres”. Miraba todo de forma ceremoniosa. Los chicos hacíamos como que no los veíamos mientras jugábamos a las bolitas, como todos los días. El tío Antonio había visto en la ciudad un mate de asta de vaca, cuando volvió fabricó uno parecido que sacaba a relucir cada vez que nos visitaban. Luego se sentaba debajo de una planta de tala, encendía un fuego y calentaba el agua en una pava vieja que tenía para esas ocasiones. Los convidaba a sentarse, les ofrecía amargos y explicaba: “Esto del mate es una ceremonia que nos viene desde tiempos inmemoriales...”.
Rubencito, el chofer del colectivo, cobraba sus buenos mangos por el viaje. Llegaban con mercadería, harina, aceite, azúcar, yerba y también le daban plata al abuelo, que repartía entre todos. Mi madre vendió el mortero, diciéndoles que tenía propiedades mágicas para moler charqui, una fortuna cobró.
Le habíamos puesto “Día macanero”, porque inventaban tonteras para contarles. Les contaban que la Tierra tenía dioses, el gringaje atendía como si estuviera hablando el Papa. Los convidaban a comer cabrito, lechón, alguna gallina que degollaban y pelaban el día anterior porque decían que les causaba impresión verla morir, como si al rato nomás no se hubieran chupado los dedos comiéndoles las piernas hasta no dejarle ni una miga de carne en el hueso.
Esos días nuestra gente no dejaba de decir palabras como “tradición”, “dioses”, “ancestral”, “folklore”, “terruño” (hasta “terruñal” dijo una vez el tío Andrés). Cuando las empezaban a decir, el turistaje se tranquilizaba y curioseaba por todas partes. Mi abuelo bendecía la mesa larga. “Gran espíritu, baja a nosotros y entréganos tus frutos para que comamos como humanos que somos”, decía. Luego hacían reverencias raras, en vez de persignarse como siempre, nos habían penado para que no digamos “amén”. Calladitos, ¡chitún boca!
Una tarde sentí una conversación entre mi padre y Rubén. “Qué tal si inventamos un idioma que venga de los ancestros”, alegaba mi padre. El otro respondió: “Deje que les averigüe si les interesa”. Desistieron porque avisaron que traerían un experto en gramática y capaz que descubría el merengue.
Luego los viejos consiguieron trabajo en la ciudad y nos vinimos todos a vivir al barrio. Rubencito primero los llevaba a conocer las casas abandonadas, mostraba las taperas y decía: “Allá estaba el Gran Espíritu de la Tierra”, “aquí mi abuela encendía el fogón de los antepasados”. Después, al no encontrar a nadie viviendo en el pago, no hubo más curro, no vinieron más y se acabó el negocio.
Al tiempo apareció el libro: “La misteriosa desaparición de la tribu del Bosque Azul”. A veces cuando tengo ganas de reírme un rato, lo ojeo de nuevo. Y siempre me asombro del precio que pagan quienes buscan con desesperación algo que otros no tienen, pero están dispuestos a inventar.
Una vez mi padre dijo: “Si quieren la danza del fuego, de la lluvia, de lo que sea, se la hacemos”. Y suspiró: “Con eso me pago la moto o, quién sabe, un auto”.
Juan Manuel Aragón
Martes 7 de abril del 2026, en Loreto. Buscando rosquetes.
Ramírez de Velasco®

Comentarios

  1. Cristian Ramón Verduc7 de abril de 2026 a las 9:18

    Muy buen ejemplo de lo que se puede hacer para vender la fantasía que otros quieren comprar. Si aparece alguien que quiera desenmascarar al engañador, éste no necesita hacer nada, pues los engañados se van a encargar del revoltoso aguafiestas.

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