"Tucumán al 200", de Raúl Cisterna Éramos tan jóvenes que ya habíamos repartido los ministerios y todavía nos alcanzaba para cantar vidalas hasta el amanecer Cuando llegaba la noche siempre le venía a la memoria la misma vidala que cantaba despacito para no despertar sus propias alucinaciones. No recuerdo la letra, sólo sé que nombraba a una mujer, pero casi todas las vidalas llaman un amor que desertó. A esa hora estaba hecha la revolución con que soñábamos, habíamos designado ministros, teníamos firmados los decretos que anticipaban la aurora que se vendría y planeábamos algunos pequeños gustos que nos daríamos cuando estuviéramos instalados en la cima del poder, como salir a tomar café al mismo bar de siempre o mandar a comprar sánguches de milanesa en el mercado Armonía —porque gobernaríamos desde Santiago— y convidar a todo el mundo durante una deliberación de gabinete. Al llegar la fortuita e incierta hora en que la reunión estaba tan linda que uno ya no sabía si acosta...
Cuaderno de notas de Santiago del Estero