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Mostrando las entradas etiquetadas como Carabelle

AMOR El género de la tristeza

"El perro", de Raúl Cisterna Historia de mi amistad con un perro sin nombre en una casa de la calle Tucumán y el juego del pucho en la oreja Un solo perro tuve en mi vida. Nunca le puse nombre, no hacía falta si tenía unito nomás. Era de raza indefinida: algo de pastor alemán, Kaiser Carabelle, unas gotas de Ahorra Grande—Aurora Grundig y otras veinte sangres callejeras acezándole por las venas. Nunca sentí mucho afecto por estos bichos. Son perros, tienen su lugar y nada más. Su deber era acompañarme, el mío darle de comer, ponerle tres o cuatro vacunas que me indicó el veterinario, acariciarlo de vez en cuando. Me lo dieron de cachorrito y como nunca vio otro ser vivo más que a mí, sospecho que se creía otro yo. Las siestas de invierno, cuando leía en el patio, como en ese tiempo fumaba, cada vez que terminaba un cigarrillo, trataba de acertarle el tincazo del pucho en la oreja. Nunca lo logré más por mi mala puntería que por él, pues nunca se esquivaba, confiando en mi sup...

CHIQUILLADA El Káiser

Imagen de archivo Cómo cazar un duendecito de la siesta, qué ponerle de cebo, dónde llevarlo una vez que se lo pilló: detalles en este relato De agosto a diciembre, antes de las lluvias, sabían formarse remolinos en los cercos resecos del pago. Ese año el abuelo nos contó que a la siesta salía un duendecito muy pequeño y muy pícaro, negrito y fierito, que le gustaba burlarse de la gente. Decía que era del tamaño de un puño nuestro y también muy rápido. —¿Podemos trampear uno?— le preguntamos. —Pueden, pero es muy difícil que lo pillen. —¿Qué le gusta comer? —Dulce de batata. —¿Con queso? —No, sólo. Con Eufemiano, mi hermano, nos dimos a la tarea de construir una trampa para el duendecito que vivía en los remolinos de la siesta de la siempre polvorienta y reseca primavera santiagueña. La de las urpilas no iba a servir, demasiado livianita, además si era pícaro saldría por debajo. Si le poníamos un frasco con pesas encima, en una de esas se ahogaba y se moría y no queríamos matarlo sino ...