"Sobaqueando", de Raúl Cisterna Una tradición compartida desde hace poco terminó convertida en accesorio permanente de identidad Hay gente que no puede caminar por la calle si no va chupando una bombilla. A todos se les da por esa moda uruguaya de andar con el termo bajo el brazo. ¡Es ridículo! No te va a pasar nada si esperas llegar a tu casa para cebar unos mates. Creen que son lindos, te miran con la superioridad de gauchos súper de luxe, convencidos de que uno los envidia. Parecen chicos que no pueden dejar la mamadera, que la llevan prendida a todos lados. Cuando te acercas, sacan pecho como diciéndote: “Mirá lo argentino que soy”. Si no les dices nada, te insinúan cualquier cosa para que vos notes que llevan el Lumilagro encarnado en el sobaco. No, macho. La costumbre argentina era ubicarse alrededor del brasero, a la tardecita, cuando se habían cumplido las obligaciones diarias. Una reunión familiar, todos sentados y alguien, generalmente la madre, entregando el porong...
Ilustración Homero Manzi Las ruedas embarradas del último organito vendrán desde la tarde buscando el arrabal, con un caballo flaco y un rengo y un monito y un coro de muchachas vestidas de percal. Con pasos apagados elegirá la esquina donde se mezclan luces de luna y almacén para que bailen valses detrás de la hornacina la pálida marquesa y el pálido marqués. El último organito irá de puerta en puerta hasta encontrar la casa de la vecina muerta, de la vecina aquella que se cansó de amar; y allí molerá tangos para que llore el ciego, el ciego inconsolable del verso de Carriego, que fuma, fuma y fuma sentado en el umbral. Tendrá una caja blanca el último organito y el asma del otoño sacudirá su son, y adornarán sus tablas cabezas de angelitos y el eco de su piano será como un adiós. Saludarán su ausencia las novias encerradas abriendo las persianas detrás de su canción, y el último organito se perderá en la nada y el alma del suburbio se quedará sin voz. Ramírez de Velasco® ...