Una terminal cualquiera Los problemas acerca del destino final del alma, vistos desde la mesa de un bar cualquiera, mientras se aguarda un pasajero —Al final los muertos no van a ese lugar maravilloso de los cristianos —dice Alberto, en una conversación perdida en la confitería de la Terminal de ómnibus, donde a veces nos juntamos los amigos como si fuéramos conspiradores de la vieja guardia. —¿Y cómo sabes? —pregunta uno. —Porque las adivinas que dicen verlos siempre los describen como espíritus atormentados que hacen preguntas cuyas respuestas, si estuvieran en el Cielo, ya deberían conocer. ¿O no dicen que desde arriba nos dan una mano los muertos si se lo pedimos con fe? Da como para pensarlo. Si los muertos que fueron buenos contemplan la eternidad, quiere decir que están mirando también al que todavía no somos, pero algún día seremos. ¿O el infinito no es un reloj sin tiempo? Y si todo lo ven y están cerca del Creador, a quien molestan a cada rato con pedidos que les hacemos los ...
Ilustración Dolores Veintimilla de Galindo ¡Y amarle pude! Al sol de la existencia se abría apenas soñadora el alma… Perdió mi pobre corazón su calma desde el fatal instante en que le hallé. Sus palabras sonaron en mi oído como música blanda y deliciosa; subió a mi rostro el tinte de la rosa; como la hoja en el árbol vacilé. Su imagen en el sueño me acosaba siempre halagüeña, siempre enamorada; mil veces sorprendiste, madre amada, en mi boca un suspiro abrasador; y era él quien lo arrancaba de mi pecho; él, la fascinación de mis sentidos; él, ideal de mis sueños más queridos; él, mi primero, mi ferviente amor. Sin él, para mí el campo placentero en vez de flores me obsequiaba abrojos; sin él eran sombríos a mis ojos del sol los rayos en el mes de abril. Vivía de su vida apasionada; era el centro de mi alma el amor suyo; era mi aspiración, era mi orgullo… ¿Por qué tan presto me olvidaba el vil? No es mío ya su amor, que a otra prefiere. Sus caricias son frías como el hielo; es mentira s...