Juanita Que trata de lo que no le enseñamos a hacer, lo que sí aprendió y cómo se convirtió en centro de la vida "¡La papa para Juanita!", había aprendido a decir y lo repetía poniendo la voz parecida a la de mi madre que se lo había enseñado. Le ponía el dedo y ella se subía, le andaba por los hombros, se le subía a la cabeza o se posaba en su brazo. Menos cuando venía la comadre Amalia, que era respetuosa y decía que no iba a conversar con alguien con un bicho verde sobre el hombro. Era la única que no la quería, el resto la apreciaba. Cuando la trajeron, la abuela Eulalia pidió que estuviera siempre al lado del sillón en que tejía para nietos y bisnietos. "Quiero tenerla cerca, porque si no estos forajidos le van a enseñar malas palabras", dijo. Por ella aprendió también a decir: "Pica, pica tu caballito moro, que no te cornie el toro", que tanta gracia nos hacía. Sospechábamos que, si la soltábamos, al tiempo todas andarían de un lado para otro gritand...
Ilustración Letra de Cátulo Castillo Música de Sebastián Piana Paredón, tinta roja en el gris del ayer... Tu emoción de ladrillo feliz sobre mi callejón con un borrón pintó la esquina... Y al botón que en el ancho de la noche puso el filo de la ronda como un broche... Y aquel buzón carmín, y aquel fondín donde lloraba el tano su rubio amor lejano que mojaba con bon vin. ¿Dónde estará mi arrabal? ¿Quién se robó mi niñez? ¿En qué rincón, luna mía, volcás como entonces tu clara alegría? Veredas que yo pisé, malevos que ya no son, bajo tu cielo de raso trasnocha un pedazo de mi corazón. Paredón tinta roja en el gris del ayer... Borbotón de mi sangre infeliz que vertí en el malvón de aquel balcón que la escondía... Yo no sé si fue negro de mis penas o fue rojo de tus venas mi sangría... Por qué llegó y se fue tras del carmín y el gris, fondín lejano donde lloraba un tano sus nostalgias de bon vin. Ramírez de Velasco®