Fingida indiferencia, de Raúl Cisterna Cada salida a la calle terminaba convertida en un interrogatorio, y hasta una sonrisa despertaba sospechas y resentimientos Ahora que todo ha pasado, recuerdo aquella novia celosa hasta de la sombra que me tocaba. En un pueblo chico como Santiago, salir a la calle era una atroz experiencia de recriminaciones, riñas, peleas, discusiones. Eso que no era un galán ni un Donjuán. Al principio me gustaron esos reclamos, hasta que subieron de tono y al final se hicieron inaguantables. —¿Quién es esa que has saludado? —preguntaba. —Una compañera de trabajo —respondía. —¿Así saludan las compañeras de trabajo? —volvía a la carga. Me hacía el tonto: —¿Así cómo? Insistía: —Con esa sonrisa, como si pasara algo entre ustedes. Entonces solía mirarla fijamente a los ojos y guardar silencio, para que se diera cuenta de su exabrupto. Ella lo tomaba de otra manera y lanzaba el repetido: —El que calla otorga. Una sorda animadversión me creció, haciendo que mis pensam...
Ilustración Raúl Montachini Calle 9 de julio esquina Rivera Indarte, corazón elegante de mi docta ciudad, donde late la vida al compás de los gritos de un lustrín y los versos de un cieguito cantor. Con su paso altanero se acerca el viejecito que guarda veinte abriles dentro del corazón. ¿Quién no lo conoce? Ahí va Jardín Florido, en el ojal prendido su infaltable clavel. El piropo elegante que el caballero brinda a la cordobesita que acaba de pasar, la niña se da vuelta y esboza una sonrisa que es como una caricia para el galán de ley. Pasaron muchos años y el centro de la docta lo vió todos los días sus calles caminar El vals y se fue marchitando el clavel en su pecho, a la Dama de Negro no pudo galantear. Galantería fina, piropos respetuosos, quedaron en el aire del centro cordobés y un clavelito blanco se fue rumbo al olvido, murió Jardín Florido, caballero de ley. Ramírez de Velasco®