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IGLESIA No es supermercado

La multiplicación de los peces y los panes

La fe no se acepta por partes: el Evangelio obliga a elegir entre creerlo completo o corregirlo hasta vaciarlo

De todos los domingos de Cuaresma, el cuarto es quizás uno de los más hermosos. En la misa se leerá el evangelio de la multiplicación de los panes y los peces. Es domingo de “Laetare”, de regocijo, y viene a alegrar y reconfortar a los ayunadores de este tiempo. El cura puede cambiar sus ornamentos morados por los de color rosa, el órgano dejará oír sus acordes y aparecerán las flores en el altar. Es un domingo excepcional de la Cuaresma, un día de asueto y de sana expansión. Pero, esto es solamente para los que han venido practicando fielmente los rigores cuaresmales, para los demás, será un día de reproches y censuras.
Los misales antiguos preguntaban a los cristianos cómo estaban cumpliendo las observancias de la Cuaresma. “¿Has ayunado, has hecho limosnas, has vivido con cierto recogimiento, te has retirado de las habituales diversiones mundanas?”. Y exhortaban a quienes no habían empezado a vivir este tiempo, a hacerlo en la mitad que quedaba, hasta la Pascua.
San Juan dice clarito en su evangelio, primero que cuando pasó a la otra parte del lago Tiberíades “le seguía una grande multitud de gente”. Y más adelante aclara: “Sentáronse, pues, como cinco mil hombres”. No es poco si se tiene en cuenta la población que tenía entonces aquella región, muy inferior a la actual.
La historia es harto conocida, de todas maneras, vale la pena repetirla. Cuando Jesús observó que venía hacia sí una gran multitud, dijo a Felipe: ¿Dónde compraremos panes para que coma esta gente? Pero lo decía para probarlo, porque sabía muy bien lo que iba a hacer. Felipe le respondió: Doscientos denarios de pan no alcanzan para que cada uno tome un bocado. Andrés, hermano de Simón Pedro, le dijo: Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada, y dos peces, mas ¿qué es esto para tanta gente?
Jesús mandó a sentar a esa gente, pues en ese lugar había mucha hierba. Cuando los cinco mil se sentaron “tomó Jesús los panes y habiendo dado gracias a su Padre, los repartió entre los que estaban sentados y asimismo de los peces a discreción”. Cuando todos se saciaron mandó a recoger los pedazos que habían sobrado para que no se desperdiciaran. “Y llenaron doce canastos de pedazos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido”.
Oiga lo que dice el Nuevo Testamento a continuación:
“Aquellos hombres cuando vieron el milagro que había hecho Jesús, decían: Este es verdaderamente el Profeta que ha de venir al mundo. Y Jesús cuando entendió que habían de venir para llevarlo y hacerlo rey, huyó otra vez al monte él solo.”
Frente a este Evangelio, usted tiene dos opciones, le cree o no. Si no le cree, ahí tiene a cientos de miles de intérpretes falaces que le dirán que no es posible, que los milagros no eran milagros, que San Juan dijo que eran cinco mil personas como alguien puede decir “quichicientas”, que nadie las contó una por una, que lo agregaron después para conformar a unos o a otros, que está mal traducido, que esto o que aquello.
La Iglesia Católica no es un supermercado: hay enseñanzas que le gustan y las compra, otras le gustan menos y pasa de largo, y el resto no le gusta nada y nunca las elige. No, no, no. Si la acepta, es completa. No es, como dicen muchos, me encantan algunas de sus enseñanzas morales, pero otras son muy estrictas y las evito. No amigo, es todo o nada. Es decir, peque como quiera. Pero sepa que lo que está haciendo es pecado y arrepiéntase.
O búsquese un sacerdote moderno que le diga que nada es pecado.
Porque entonces tampoco le hará falta Cristo.
Juan Manuel Aragón
A 15 de marzo del 2026, en La Tijera. Esperando el ómnibus.
Ramírez de Velasco®

 

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