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| Mujer |
Una serie de coincidencias mínimas, gestos casuales y decisiones involuntarias altera destinos: la vida cuelga de un hilo
Algún día se debería formular en serio la teoría de los putos hechos contingentes. Suceden cuando nadie los espera y transforman la vida: lo que iba para un lado empieza a marchar hacia el otro. Todo se resume en una frase hecha que repiten quienes oyen la historia como anécdota: “Son cosas que pasan”: en cuatro palabras, en 16 letras está concentrada toda la hipótesis de la resignación como modo de ver la vida.Por si no lo entendió, analice usted el caso siguiente. Una chica se está por casar. Como se estila, las invitaciones se reparten personalmente. Con el novio han decidido invitar a cierto muchacho del que fue novia hace un tiempo. Ella lleva la invitación, se ponen a conversar y, palabra va, palabra viene, después de esa charla decide dejar al novio y volver con el anterior. Las comadres del barrio, luego de chusmear bien el caso, dirán: “Son cosas que pasan”. ¿Se podría llamar casualidad?, sí. ¿Una coincidencia en tiempo y espacio de lo que no estaba previsto que suceda?, también. Pero no diga que no se le viene la frase a la cabeza.Si esta crónica estuviera escrita por mano lúgubre, habría que decir que, en el centro de la vida, en su fibra más íntima, vivir es una actividad peligrosa. Por más civilización que el hombre ha ido acumulando a su alrededor, siempre existe un tigre acechando a pocos metros de la cueva en que vive con su mujer. Nunca dejó la vieja tribu, por más trabajo que haya conseguido, por más que las leyes lo protejan de todo mal y su casa sea de materiales sólidos: cemento, hierro y ladrillo.
Un hombre está por festejar sus cincuenta años rodeado de familia y amigos. Antes, alguien había preguntado si podía llevar a una amiga que está sola. Le dicen que sí. Cuando llega, la dueña de casa, la esposa del cincuentón, se pone mal y no participa de la fiesta. Nadie sabe qué le sucedió. Mucho después contará que esa mujer fue la que le quitó el novio de la adolescencia. Pero no lo podía decir porque el marido era celoso.
Si treinta años atrás el novio de la mujer se daba vuelta a la izquierda en vez de hacerlo hacia la derecha, si la otra en vez del vestido rojo se ponía uno amarillo, un mínimo, sutil detalle habría provocado que la historia siguiera su curso, digamos normal. Pero ella llevaba un vestido rojo, estaba despampanante y al muchacho le gustó. Un solo hecho del pasado movido medio milímetro de su lugar y todo el futuro que nace de ahí se desbarata, para que nazca otro nuevo. Y así a cada instante.
Una señora, que un buen día se levantó disgustada por una tontería con el marido, a media mañana cuando va a la verdulería nota que el dueño no es tan desagradable como parece. Él le viene diciendo palabras lindas desde hace mucho, lo mismo que a cientos de clientas, todos los días, casi como un rezo. Pero ese día, quizás por la pelea de la mañana, porque se sintió sola porque algo le picó en la piel, la mujer accede. Dos tardes después, en una esquina de la ciudad, él pasa en un taxi y se detiene para llevarla a consumar su deseo. El taxista la ubica: es hermano de una compañera de la escuela de hace como mil años. Al llegar a la casa le cuenta a su señora: “¿A que no sabes a quién he visto hoy y adónde la he llevado?”. Un matrimonio se destruye. Otra vez, dígalo sin miedo, anímese.
Es seguro que hay cientos de miles de cuentos y novelas, dando cuenta de estos casos, circulando por el redondo mundo. Desde su postura de narradores omniscientes, los autores toman la dimensión de dioses de sus propios personajes, a quienes llevan a situaciones de las que no pueden volverse, desde Don Quijote al Martín Fierro, pasando por los hermanos Karamazov, con situaciones que se van enredando con distintas cuotas de contingencias según la voluntad divina del tipo con la pluma o detrás del teclado.
Las mismas situaciones de los autores, su historia personal y quizás algún volantazo en sus vidas, los inclinaron a dar una u otra solución para desarrollar y culminar sus escritos. Dígalo de nuevo, no tema.
Un buen día usted está aburrido, no sabe si mirar televisión o fijarse qué hay en el teléfono. Por esos barquinazos imprevistos de la vida, sus ojos dan con esta nota. Empieza a leerla, se interesa, no sabe adónde lo llevará el escriba que la redactó. La entiende perfectamente, pero está intrigado: ¿hasta dónde va a llegar éste, con sus elucubraciones cada vez más pueriles? Y se chasquea del todo, porque justo cuando estaba escribiendo la nota, el prosista tuvo urgencia de ir al baño, cuando volvió se había olvidado de lo que quería concluir, y la deja trunca. Y aquí estamos, amigo, usted y yo, diciendo lo mismo.
Y sí, son cosas que pasan.
Juan Manuel Aragón
A 13 de marzo del 2026, en La Gringa. Degustando empanadas (empanadeando).
Ramírez de Velasco®


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