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MEMORIA El perdido mundo de las noticias

"Redacción", acuarela de Raúl Cisterna

Descuajeringado retrato de una profesión precaria, poderosa y caótica que sobrevivía gracias al oficio y al idealismo

Hoy se festeja en la argentina el día de los periodistas. Usté disculpe, pero esta será una nota medio descuajeringada, sólo para que tenga destellos de ese trabajo. Antaño era un tipo que muchas veces tenía este oficio como segundo empleo, mal pago, precario y con una alta dosis de idealismo.
Antes de que las academias de comunicación social intentaran lavarle la cara, convirtiéndolo en una profesión descafeinada, el cronista tenía que batallar en varios frentes. En la calle debía adelantarse a otros que estaban buscando lo mismo, de policiales a política, pasando por espectáculos o sociales. Después, al volver a la redacción, quizás convencer a un jefe de su relevancia. O hablar con el dueño, cuyos intereses eran contrarios a la información. Qué problema.
También importaba dónde ubicar el artículo. No era lo mismo arriba a la derecha, cabeza de página impar, que en una par, abajo, perdida entre la publicidad de bombachas o baterías para autos. Lo mismo en las radios, a la madrugada en el informativo que oían todos era una cosa. Otra muy distinta si la pasaban a las 10, en la pausa del programa, cuando sólo las amas de casa la sintonizaban, lanzada a las apuradas, entre medias "Ciudadela" y La vida me engañó, por la orquesta típica de Juan D´Arienzo. La televisión era otra cosa, se parecía al periodismo, pero ahí primaba el espectáculo.
Cualquiera redacta una crónica, basta con enterarse de algo, escribirlo y chau: lo jodido es hacerlo todos los días. También hay que decirlo, los periodistas eran los capataces de lo que debía saber la gente. Sabían, supuestamente, que les interesaría a los lectores y qué no. Entonces mandaban a la portada aquello que consideraban relevante. Eran dioses imaginando: "Este mandamiento se cumple y este otro no interesa tanto".
La historia no lo recuerda mucho, pero en las provincias todo el periodismo solía ponerse de acuerdo para esconder una información. Se comentaba en los bares, corría como rumor, era un dicho de dichos de gente no muy confiable o la había pasado un amigo que estaba en la cosa. Pero hasta que no salía en los diarios, hasta que no la daban en la radio, seguía siendo un chisme.
Un caso. Hace muchos años en Santiago secuestraron a un empresario vinculado al gobierno y el entonces único diario de la provincia no publicó nada sino hasta varios días después. Cuando un periódico de Buenos Aires la dio a conocer, se hicieron los que recién se enteraban. Al corresponsal de La Gaceta en Santiago, lo apretaron desde Tucumán: "¿Usted sabía la noticia?". "Sí, la sabía". "¿Por qué no la envió?" "Por pedido de la policía". "Debió entregarla, el secreto es nuestro, no suyo". Se puede discutir ochenta años del significado de la conversación, lo único cierto es que La Gaceta lo despidió. Eso que era uno de los muy buenos cronistas que tuvo Santiago.
Algo impensable ahora, en casi todas las ciudades de la Argentina: se hacía política en la Cámara de Diputados, y allá iban los periodistas para saber cómo había sido la génesis de muchas leyes y lo que sucedía en los otros poderes. Por ahí circulaban muchos dimes y diretes de la cosa pública. 
El día de sesiones, las legislaturas eran un hervidero de gente, entre pedigüeños, empleados de los bloques, parientes, interesados en alguna resolución, políticos, gente común en la barra, militantes y, entre todos ellos, juntos, pero no mezclados, los cronistas. Ocasionalmente influían en el tratamiento de un proyecto, de mil y una formas. Podían posponer algo solamente porque estaban en la hora de cierre y ya no saldría la nota al día siguiente o pedir, informalmente, por cierto, la modificación de un pedido de informes.
A Policiales sólo iban a parar casos importantes: el suicidio de un Juan de los Palotes cualquiera no se publicaba, y si era un personaje conocido se trataba de disimular la forma de la muerte. No por el sujeto sino porque se lo consideraba contagioso. En ocasiones las "olas de suicidios" se cortaban en cuanto se dejaba de hablar del tema.
El submundo de la cocina de la noticia era una enorme ameba multiforme. Es una paradoja, pero poca bolilla se les daba a las llamadas "notas de interés": una nueva cura contra el cáncer, las razones por las que las mujeres mueren a más edad que los varones, qué dijo un abogado famoso en una conferencia sobre Derecho Civil.
Los de la sección Deportes veían los partidos, las competencias y también iban a los entrenamientos, conversaban con los técnicos, con los socios, con las autoridades de los clubes. En el mundo resultadista de hoy, importan poco estos detalles, sólo quién ganó y por cuánto.
Todo eso y bastante más hacían los periodistas. Se podría contar mucho acerca de una tarea que la modernidad, los telefonitos, las maneras de gestionar la cosa pública con internet, han convertido en un relato fantástico de un tiempo que no ha de volver. 
Otro día se podría debatir si aquel mundo era mejor que este, por el momento esto nomás hay.
Y confórmese.
Juan Manuel Aragón
A 7 de junio del 2026, en Mailín. Tomando unos amargos.
Ramírez de Velasco®

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