Ilustración Las antiguas prácticas lectoras daban seguridad, construían pertenencia, acompañaban jornadas y definían vínculos En los tiempos de antes, muchísima gente no salía de su casa sin haber leído el diario. Era una costumbre que traía desde la infancia y que les daba una tranquilidad especial: al llegar a la oficina, cuando los compañeros tocaran algún tema, tendrían una opinión formada, una interpretación propia, un matiz que aportar. En casi todos los bares y confiterías del país había por lo menos un diario a disposición de los clientes; en muchos casos, más de un ejemplar del mismo periódico, para satisfacer la voracidad lectora de los parroquianos. En ciertos lugares, como el Jockey Club de Santiago, los diarios de Buenos Aires se atornillaban entre dos maderas para que los socios no se los llevaran a casa. Era otra época, otra relación con el papel, otra reverencia por la palabra impresa. Había periodistas cuya opinión era tomada con enorme respeto: se suponía, a juicio de...
Cuaderno de notas de Santiago del Estero