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| Hugo Moser |
El 16 de diciembre del 2003 muere Hugo Moser, escritor de comedias televisivas, creador de ciclos, guionista, director y formador de artistas
El 16 de diciembre del 2003 murió Hugo Alberto Moser, en Buenos Aires. Tuvo una vida dedicada a la comedia televisiva, a la creación de ciclos influyentes, al trabajo minucioso del guion, a la dirección teatral y a la formación de intérpretes y libretistas que absorbieron un método basado en la observación y la eficacia dramática, elementos que acompañaron más de cuatro décadas de producción continua. Había nacido el 14 de abril de 1926.Comenzó con el oficio en la radio, que imponía vértigo y precisión. Cada libreto debía resolverse con rapidez, sin margen para vacilaciones, y ese entrenamiento consolidó una técnica que combinó escucha social y disciplina cotidiana. Allí surgieron las primeras ideas sobre cómo administrar silencios, cómo apuntalar remates y de qué modo instalar hábitos reconocibles para el público.El paso a la televisión a comienzos de los años sesenta abrió un territorio nuevo, aún en formación, en el que era posible experimentar con estructuras narrativas breves y escenas ajustadas por capas. El medio reclamaba historias que avanzaran con claridad y mantuvieran ritmo, exigencias que se adaptaron con naturalidad a la escritura que venía refinándose desde la radio.
La irrupción de La familia Falcón en 1962 confirmó esa capacidad para captar la respiración de la clase media urbana. La serie mostró hogares en transformación, tensiones generacionales y un mapa social en movimiento, siempre desde un humor cercano. El tratamiento de los personajes se volvió una marca: trazos simples, trazos firmes, trazos que funcionaban por acumulación de detalles cotidianos.
Durante los años setenta, Matrimonios y algo más retomó la observación doméstica y la redujo a pequeñas cápsulas dramáticas. Cada sketch se sostenía en un conflicto mínimo y en un remate afinado con precisión casi matemática. El formato permitió la aparición de nuevos actores, habilitó improvisaciones controladas y consolidó una dinámica que más tarde se incorporó a otros programas humorísticos.
La actividad teatral acompañó estos proyectos con la misma energía. Ensayos exhaustivos, correcciones en mesa, ajustes frase por frase y una búsqueda constante de musicalidad marcaron el método. El escenario funcionó como banco de pruebas, espacio donde se medían reacciones, donde se corregían tonos y donde se organizaba la estructura con obsesión artesanal.
Los años ochenta trajeron la necesidad de combinar géneros y ampliar repertorios. Se exploraron monólogos, segmentos breves y relatos fragmentados para sostener la atención de una audiencia que empezaba a modificar sus hábitos. La mezcla de recursos permitió mantener estabilidad creativa pese a las variaciones del mercado y a la aparición de nuevas competencias.
Hacia los noventa, ya con una televisión más fragmentada, se optó por producciones económicas, ágiles y regulares. La estrategia buscó conservar presencia sin perder identidad. Cada entrega mantuvo la estructura conocida: conflicto rápido, desarrollo limpio y remate eficaz, fórmula que seguía respondiendo a un público fiel.
La transmisión de saberes se convirtió en un capítulo decisivo. Reuniones informales con jóvenes guionistas sirvieron para explicar la importancia de planificar cada escena, comprender el tiempo interno de la comedia y observar comportamientos urbanos como materia prima. Muchos de esos aprendices ingresaron luego a equipos de producción televisiva.
Al morir en 2003 quedaron libretos mecanografiados, anotaciones de planificación, grabaciones sueltas de ciclos incompletos y testimonios que documentan un modo de trabajo sostenido en la repetición disciplinada. Ese archivo disperso permite reconstruir la trayectoria de un autor que organizó su oficio alrededor de la regularidad, la escucha social y la eficacia narrativa.
Ramírez de Velasco®


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