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COTIDIANA Agua del caño

Lavando los utensilios

Empezó llegando por la Belgrano y ahora está en todas las casas, y algunos se empeñan en no llevarle el apunte

Muchos han perdido la noción de lo que significa que el agua salga de los caños de la casa, que estén tan llenos, que alcanzan para llenar el vaso, la botella, la olla, el balde o estarse derramando todo el día sin terminarse nunca. Hay gente que, en los últimos 20 años al menos, jamás ha tomado agua del caño, siempre de la heladera, como si los de la empresa la calentaran, de tal suerte que ya no sirve para calmar la sed.
Quizás por cotidiano, pocos saben que el agua fue protagonista de la primera gran obra pública de Santiago y del país: la acequia de la Belgrano. Su mantenimiento, limpieza y cuidado ocupa gran parte de las comunicaciones de los archivos de la provincia. Desde aquellos tiempos a hoy ha recorrido un largo camino. Esa zanja primigenia tuvo una continuación histórica de soluciones hidráulicas cada vez más avanzadas, por supuesto.
Aunque usted no lo sepa, no lo crea, no lo vea, es la que toma, la que usa para la cocina, el aseo de la casa y las abluciones personales. Y también está presente en las obras en construcción mojando el cemento, en los autos enfriando el motor. También es indispensable en muchas industrias, talleres, hospitales, restaurantes, lavanderías.
Además, circula, sostiene, limpia, enfría, embellece y organiza gran parte de la vida urbana, hasta cuando no se da cuenta. Pero usted insiste en maravillarse solamente por el último artilugio que trae el celular, aunque no lo vaya a necesitar nunca porque, si hay que ser sinceros, pocos lo usan para sacar la raíz cuadrada de algo.
Su teléfono tiene más capacidad de calcular que las computadoras de la Agencia del Espacio de los Estados Unidos que llevaron al hombre a la Luna. Pero eso seguramente no lo admira y sí se queda media hora mirando el videíto de 30 segundos que le mandó su cuñado, de un perrito macaneando con cualquier cosa. Pedirle que vuelva sobre sus pasos y analice lo complejo que es llevar agua a su casa es cuestión de justicia cotidiana.
Una vez extraída el agua de pozos que tienen más de 100 metros de profundidad, la controlan en un laboratorio, le ponen cloro y procuran desinfectarla; después la almacenan en tanques reguladores y la distribuyen por la red a las casas que están conectadas. Dicho esto, por supuesto, sin ningún ánimo de hacer una propaganda a la empresa que, al menos al barrio en que vivo, manda agua con muy poca presión, por lo que vuelta a vuelta se vacía el tanque.
Más allá de cuestiones puntuales, amigo, cada vez que afloje el grifo para pegarse una ducha de media hora bajo la lluvia, cantando “La vida me engañó”, piense en las maravillas que hace la ingeniería.
Una obra que comenzó en el 1500, cuando Santiago era una aldea, sigue funcionando. Y le da de beber la inodora, incolora e insípida agua del caño. Que, quién sabe por qué, es riquísima.
Juan Manuel Aragón
A 24 de enero del 2026, en San Carlos. Limpiando el sable.
Ramírez de Velasco®

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