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| El Ñato y su hija Cecilia |
Ayer murió Julio César Fraguas, conocido como el “Ñato” y, como se acostumbra ahora, en el velorio su hija María Eugenia leyó unas palabras para recordarlo.
Nuestras familias vienen siendo amigas desde siempre —Magen, Julio, Cristina, Cecilia y la Luqui— son por siempre hermanos de mis hermanos y míos también y alguna vez el Ñato me alcanzó un consejo oportuno que siempre agradecí. Abajo, lo que dijo la Magen. JMA
Por María Eugenia Fraguas
“Aquí estoy porque he venido, porque he venido aquí estoy, si no le gusta mi presencia, como he venido me voy”, “me duele el aire, el corazón y el sombrero” respondía parafraseando a Lorca cuando le preguntábamos qué le dolía. Esas son de las últimas frases o versos que repetía papá.
Me pareció lindo contarles quién fue mi papá, porque muchos de los que están aquí nunca lo conocieron o lo conocieron poco.
A papá le gustaba recitar estrofas sueltas de poemas, eso lo heredó de mi abuela María Sara y entonces “cultivo una rosa blanca” o “si me lo quitas me muero y se me lo dejas me matas” eran algunos de sus caballitos de batalla. También recitaba algunos versos del Martín Fierro y cantaba pedacitos de canciones “Auprés de ma blonde laralaralara” o “mañana por la mañana te espero Juana a tomar el té lalalalalala”.
Fue un caballero, un hombre bueno por sobre todas las cosas, un emprendedor nato, y muy confiado. Confiaba en todo y en todos y así metió la pata muchas veces, pero creo que nunca se arrepintió.
Una sola vez me levantó la voz y pocas veces lo vi enojado. No tenía paciencia, ese era un gran defecto que tenía. Le encantaba contar historias familiares, hablar de sus padres y hermanos y siempre lo hacía con amor y devoción. En los últimos años las palabras de Maneco o Sarita eran sagradas.
Tomaba sopa 360 días al año según él mismo, le gustaba la cerveza en verano y los postres todos los días.
Fue un marido callado pero fiel, un padre presente y un amigo leal.
Estudió ingeniería química pero su biblioteca estaba llena de libros de historia y economía, era lo que más le gustaba y en estos últimos años se dedicó a buscar en internet temas que le interesaban, entonces ya en el sanatorio me preguntaba, ¿quién escribió la canción Granada? (resulta que fue un cubano que no conocía la ciudad de la Alhambra) o Azucena Maizani ganó el disco de oro en tal año con tal canción.
Hasta el final se ocupó de mantener vivo su café semanal de una mesa que fue perdiendo comensales de a poco.
Inquieto, curioso, calmo, alto, flaco y elegante, me acompañó en momentos tristes y fuimos al cine muchas veces los dos solos.
Algunas imágenes que tengo grabadas: cuando me enseñó a manejar en el parque industrial de La Banda en la F100 a los 15 años, cuando salimos a pasear un domingo a la mañana temprano y me enseñó a disfrutar el silencio de una ciudad vacía, una siesta de invierno sentados al lado de la ventana por la que entraba el sol, yo sentada en el piso y él en el sillón amarillo leyéndome Bajo las Lilas, cuando me enseñó a cruzar con precisión un río con piedras en El Rodeo.
Formaron junto con mamá una familia unida, no paré de agradecerle estos días el buen padre que había sido. Nunca se peleó con nadie y estos últimos días donde todo se pone un poco exasperante nunca tuvimos ni un sí ni un no con mamá, mis hermanos y mi cuñada.
Faltan muchos de la familia en este momento, sus hermanos, mis hijos, mi nieto y Jero que está afuera, pero sentimos que era mejor esta despedida tal vez un poco rápida pero ideal para él y su impaciencia.
Lo despedimos hoy con gran alegría, y agradeciendo su larga y provechosa vida.
Ramírez de Velasco®

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