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HUIDA Se acabó el tiempo del papel soberano

Ilustración

Las antiguas prácticas lectoras daban seguridad, construían pertenencia, acompañaban jornadas y definían vínculos

En los tiempos de antes, muchísima gente no salía de su casa sin haber leído el diario. Era una costumbre que traía desde la infancia y que les daba una tranquilidad especial: al llegar a la oficina, cuando los compañeros tocaran algún tema, tendrían una opinión formada, una interpretación propia, un matiz que aportar. En casi todos los bares y confiterías del país había por lo menos un diario a disposición de los clientes; en muchos casos, más de un ejemplar del mismo periódico, para satisfacer la voracidad lectora de los parroquianos. En ciertos lugares, como el Jockey Club de Santiago, los diarios de Buenos Aires se atornillaban entre dos maderas para que los socios no se los llevaran a casa. Era otra época, otra relación con el papel, otra reverencia por la palabra impresa.
Había periodistas cuya opinión era tomada con enorme respeto: se suponía, a juicio de los lectores, que esos hombres y mujeres sabían dar en la tecla justa de la interpretación de la realidad. Muchos eran, además, escritores de libros hoy canónicos en la literatura argentina; ahí están Roberto Arlt y Leopoldo Lugones como casos tempranos y contundentes. Los diarios competían con la cobertura de los grandes sucesos: un juicio por asesinato, la inundación de una provincia, el velorio de un artista querido, la visita de algún pensador prestigioso, el paso de un filósofo conocido por el continente. Cada acontecimiento tenía su cronista, su mirada, su sello.
Los periódicos mantenían corresponsales en Casa de Gobierno, en la Municipalidad, en la Legislatura, en el Consejo Deliberante, en la Jefatura de Policía, en el Consejo de Educación. Y, entre los diarios de Buenos Aires, había enviados en todas las provincias; entre los provinciales, corresponsalías en cada pueblo importante. Las instituciones enviaban partes de prensa con notable anticipación: gracias a eso, el lector sabía que dentro de una semana un educador de renombre ofrecería una conferencia en una Biblioteca Popular, o que un concertista tocaría en el salón de un club, o que se venían esas otras mil actividades que el diario se encargaba de anunciar y ordenar (en las secciones breves de Sociales, Educacionales, Políticas, Gremiales). Era un calendario público, accesible, comunitario.
Los lectores que sabían leer el diario “bien” lo hacían de atrás hacia adelante. Empezaban por los chistes, seguían por Deportes, pasaban por los fúnebres y los clasificados, salteaban Espectáculos, continuaban por las corresponsalías del interior y recién después se adentraban en las noticias locales, provinciales y, al final, internacionales. Y quedaba todavía la nota editorial, la pieza más reposada, la opinión institucional del diario sobre un hecho reciente. No llevaba firma y era tradición —curiosa pero firme— que no la escribieran los dueños del periódico y que a veces ni la leyeran. El lector entendía el sistema: si un texto respondía al “qué”, era informativo; al “por qué”, era opinión; al “para qué”, editorial. Y la editorial, como mandaba la costumbre, cerraba con una admonición, una recomendación o un consejo dirigido a alguien en particular.
Muchos habían comenzado, siendo chicos, con la lectura de las historietas, de los chistes gráficos, de esas páginas dibujadas por artistas que hoy son próceres del periodismo o de la literatura. Después venía la sección Deportes, y muchos confiesan que ya en la escuela secundaria estaban enviciados del todo con la lectura diaria. Durante unos doscientos años —tal vez un poco más— no hubo otro modo de enterarse de lo que sucedía fuera del propio pueblo más que a través de los periódicos. Los libros daban conocimiento profundo, sí, pero el pulso del presente, la respiración del instante, solo los diarios la ofrecían. Era una forma de pertenencia al mundo.
Cuando apareció la radio, pareció pronosticarse un final anticipado. Sin embargo, la mayoría prefería que fuera el diario el que les dijera aquello que ya habían oído del espíquer. Uno podía saber el resultado del partido de su equipo por la radio, relatado con lujo de detalles por un gran narrador, pero solo cuando leía la crónica del día siguiente comprendía la dimensión exacta de cada jugada, de cada incidencia, de cada decisión del referí, porque el diario le avisaba, además, si era cierto que había bombeado. La palabra impresa tenía todavía un aura de veredicto definitivo.
La televisión fue el primer golpe duro contra los diarios. Le robó tiempo a la lectura, desarmó hábitos, vació rutinas familiares. Muchos niños dejaron de leer simplemente porque la pantalla los absorbía por completo. Y aun así, los periodistas de diarios se mantuvieron en la cima del análisis mesurado de la actualidad, en la investigación profunda, en la revelación de esos actos que los gobiernos hubieran preferido mantener ocultos. Como Watergate, acuérdense.
El golpe fatal no vino de la radio ni de la televisión, sino de internet y, más tarde, de su popularización descomunal en los teléfonos celulares. En menos de veinte años arrasó con casi todo: destruyó hábitos de lectura que parecían irrompibles, tumbó diarios prestigiosos en todo el mundo, puso en duda la supervivencia del libro en papel, y generó multitudes de analfabetos funcionales que, paradójicamente, saben cuál será el clima durante toda la semana, cuánto cotiza el dólar y por qué se separó su cantante favorito. La información se volvió inmediata, fragmentaria, utilitaria.
Los diarios ya no funcionan ni siquiera como referencia distante de la noticia. En un movimiento editorial que muchos consideran suicida, publican sus principales notas también en internet, compitiendo así contra ellos mismos en una autofagia feroz que va borrando sus propias razones de existir. Sobreviven algunos en las provincias, distribuidos en pocos quioscos que sostienen su negocio más que nada con la venta de libros o juguetes; todo lo demás está desaparecido con presunción de fallecimiento. Sus lectores son, en general, viejos que no se resignan a la pantalla o que no tienen paciencia para navegar el mismo contenido en un telefonito. Los compran también funcionarios que necesitan verificar licitaciones, y algunas amas de casa que comparan precios de supermercados entre los avisos que aún aparecen impresos.
Y quedan, finalmente, periodistas formados en la escritura diaria, muchos de los cuales languidecen en blogs perdidos como este, esperando algún lector que se interese por asuntos que han perdido relevancia, por problemas que ya casi no importan, por temas que la corriente del tiempo ha llevado a la orilla. Tal vez esperan mantener la mano livianita, entrenada, por si un día los diarios reverdecieran y alguien los convocara a ocupar un escritorio en una redacción cualquiera, aunque fuera para Policiales, Espectáculos o Campo.
Saben que eso no ocurrirá —no en esta vida ni en tres más, si las vivieran— pero insisten en escribir. Persiste el impulso, la vieja máquina, la memoria del olor a tinta fresca. Y escriben aun sabiendo que al día siguiente solo dos o tres amigos leerán esas crónicas impregnadas con el rasposo tufo a naftalina de un tiempo que fue rey, que gobernó el mundo y que hoy subsiste apenas en estos últimos retazos de costumbre y terca matraca.
En una sala de redacción de antaño, esta nota hubiera sido impresa para mostrar al Jefe o Secretario de Redacción quien, después de hacer unas necesarias correcciones, la habría enviado al encargado de la página Opiniones Locales para que, junto a la editorial, vayan luego a composición y armado. De ahí a las rotativas.
Juan Manuel Aragón
A 11 de enero del 2026, en Villa Guasayán. Revolviendo el guiso.
Ramírez de Velasco®

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