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ESTACIONAMIENTO Su lugar en el mundo

Ilustración nomás

Cualquier semejanza con la realidad no es solo coincidencia

El vecino vivía por y para cuidar la calzada frente al garaje de su auto hasta que un buen día dejó de hacerlo. Aquí le contaremos por qué, con lujo de detalles, como se merece una historia de barrio, de esas que todos quieren oír, aunque no le interese a nadie. Era la única ocupación que había hallado luego de jubilarse. Eso y mirar la televisión.
Había puesto un cartel mal pintado en la vereda, con una letra E chinguiada, cruzada por la raya negra que significa prohibido estacionar. De la mañana a la noche miraba televisión en el comedor de su casa, veinte metros al fondo de la puerta de entrada, que permanecía abierta hasta en los más gélidos días del crudo invierno. Cuidaba esa parte para el hijo, que llegaría a las seis de la tarde a atender el consultorio de kinesiólogo que tenía en su casa paterna.
Entre el noticiario y Olivia Benson, de La ley y el orden, miraba hacia la calle para que nadie le estacionara nada sobre el pedacito de calle que no había comprado. Se lo reservó cual derecho divino de propietario furioso. Si descubría que alguien había osado dejar el auto en ese lugar, miraba hacia la izquierda, a la derecha; se acercaba despacito y lo pateaba con furia. No de frente —no era tan tonto—: le daba la espalda al vehículo y lo golpeaba con el taco del zapato hasta dejarle una abolladura bien visible.
“¡Eh, Pelao, te han estacionao!”, le gritaban los chicos de la cuadra cuando pasaba a comprar el pan en el almacén Roma. Amagaba con ir tras ellos y después se reía. Tenía, suponía el barrio, la prolija sensación de sentirse un perseguido por los automovilistas desaprensivos: no ven, los muy malditos, que ahí hay un garaje y un cartel, y está él cuidando su lugar en el mundo.
Los especialistas recomiendan hallar un oficio u ocupación para que los jubilados les dediquen los últimos años de la vida. Unos hacen carpintería, otros escriben versos, otros pintan o se dedican a mimar a la nietada. Como única actividad de toda su existencia, el Pelao cuidaba los tres metros lineales del cordón de su casa para que nadie pusiera ahí su auto. Era un pedazo de la calle que nunca había comprado y por el que no pagaba un plus en las tasas municipales. Nadie abona de más por tener a su disposición un pedazo de calle.
Por eso se admiró el hijo la otra tarde, cuando llegó. Bajo el improvisado cartel de “Prohibido estacionar” que puso el padre, los muchachos pintaron otro que decía: “Propiedad privada del Pelao Estévez”. La puerta de la casa estaba cerrada y la esposa del Pelao, la madre del masajista, le estaba pegando una puteada de Padre y Señor Nuestro. Encima, los muy atorrantes le dejaron una notificación trucha, intimándolo a pagar una pequeña fortuna por el uso y ocupación de la vía pública.
Después de eso se le fue la obsesión al Pelao. ¿Qué hace ahora? Sale poco; envejeció de golpe. “Capaz que no tiene nada que hacer”, opinan los vecinos.
Pero quién sabe.
Juan Manuel Aragón
A 24 de febrero del 2026, en la Urquiza. Mirando al costao.

Ramírez de Velasco®

Comentarios

  1. Cristian Ramón Verduc1 de marzo de 2026 a las 9:51

    Muy bueno. Seguramente es muy feo si uno queda sin un objetivo en la vida.

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