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"Una ciudad otra", acuarela de Raúl Cisterna |
Una fábula contemporánea recorre el asfalto santiagueño y se adapta a culpas, temores y nuevas costumbres
Así como hay un día de los empleados públicos que no tienen un día, yo soy la leyenda santiagueña comodín, usada para todo aquello que no la tiene. Me explico, entre los burócratas hay una fecha del empleado de Rentas, otra del empleado de Vialidad, otra del empleado municipal, pero hay una también para el resto, para los que no tienen festejo propio. Pero ningún otro dice: "Nosotros sí trabajamos, porque ya tuvimos nuestro festejo". Ya veo. Todos se prenden.Lo mismo hay una leyenda para las hermanas malas, para los que tienen relaciones con la comadre, el compadre o el cura, quienes pescan más de lo que precisan, para los que hacen daño al bosque, no alumbran los finados, no dan el asiento a las damas, apuestan por gallos ajenos. Bueno, soy la fábula para salir del paso. ¿Su hijo anda mal en la escuela?, soy un monstruo que come a los niños que no estudian.¿Sospecha que su mujer lo anda por cuartiar?, cuéntele lo del policía que mata a los patailana cuando entran en casas ajenas. Si un empleado le roba, dígale que había una vez un patrón que ponía camaritas ocultas para ver lo que hacían sus peones y así descubría a los que le hacían hurtos hormiga.
Soy una leyenda todista, así cualquiera me saca a relucir cuando le venga bien, se le acaben los argumentos o tenga que asustar a alguno. Sirvo tanto para un barrido como para un fregado, báh.
Hija de una actualidad sin freno ni embrague, que solamente acelera, no tengo un gran arraigo en la memoria, no soy de las que reptan en las afueras, en noches sin luna ni ando por bosques perdidos en lejanos pueblos. Soy cercana, amigable, útil para ser creada y luego tirada a la basura.
En un tiempo cercado por las computadoras, la inteligencia artificial, las relaciones plegables, soy una necesidad de estas ciudades, más que la Salamanca, el Hombre de la Bolsa, la Almamula. En este mundo siempre de un lado al otro, no van más los mitos quietos, enancados en palabras repetidas, con costumbres que dejaron de existir hace varias décadas. No corro por los polvorientos caminos de la provincia, no paso de boca en boca en fogones de mate y tortilla, no me elevo sobre los ranchos ni ando entre majadas perdidas.
Yo soy bien de ahora, veo la televisión, me entero de lo que pasa, visto a la moda, vivo en un barrio, trabajo. No tengo la pátina de ancianidad y cenizas que revestían los consejos sepias de los ancianos, sentados a la orilla del fogón, cacheteando sapos. Yo masco Bazooka, me pongo zapatillas, salgo a correr con los amigos del clú, tengo una vida social, como cualquiera.
Me muevo en el asfalto, voy al centro en ómnibus, paseo por las calles peatonales, compro en las mismas tiendas que todos los santiagueños. Nada me diferencia del resto de la gente. Salvo, claro, el hecho de ser una auténtica leyenda. Vengo a cumplir el papel de una pedagogía que cambia en los detalles, pero apunta al mismo miedo. Los chicos ya no se asustaban con la Telesita, el Kakuy, la Umita o el terrible Súpay y por eso los padres me inventan todos los días, dándome las mil formas que tiene la vida en una ciudad que no guarda nostalgias y mira de frente al futuro, esperando su modernidad sin estampitas del pasado.
Y una poesía nueva.
Juanmanuel Aragón
Lunes 25 de mayo del 2026, en casa. Mirando el ordenador.
Ramírez de Velasco®
Lunes 25 de mayo del 2026, en casa. Mirando el ordenador.
Ramírez de Velasco®


¡Excelente Juan!
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