| Vendedor de tiro (foto de Feibu) |
El tipo del que habla esta nota se tomó el trabajo de hacer una revista de cultura sólo para criticar a un tipo de gente
Hubo un caso registrado por el periodismo santiagueño. Un tipo que se enojaba porque los vendedores de golosinas y los tireros y sus pitos no lo dejaban dormir por las siestas. Se tomó el trabajo de imprimir una revista de cultura para dejar constancia de su molestia. ¿Una enormidad? Claro que sí. Es como comprar toda una ferretería solamente para conseguir un martillo y pegarle en la cabeza a un mosquito.Una vez alguien le preguntó si era verdad que había escrito eso.
—Claro, son muy molestos y pasan por la ventana de mi cuarto justo cuando me estoy por dormir.Después de vender caramelos, galletas, tiros, chicles, esas cosas, a la entrada del turno tarde, salen a recorrer las calles aledañas hasta la hora de la salida. De alguna manera deben avisar a los chicos que están cerca. Entonces tienen un silbato muy especial, reconocible de lejos, inconfundible y tenaz, con el que los llaman, los tientan, los azuzan. Si les sacaran el pito, pasarían sin pena ni gloria, no podrían vender ni un mísero caramelito masticable, ya que nadie se enteraría de su presencia. Peor, en ese caso los chicos saldrían a jugar en la vereda, no harían los deberes y molestarían a todo el vecindario sólo por esperar la pasada del hombre con el carrito de las golosinas.
Por esas cuestiones de la vida, he tenido que mudarme de casa muchas veces. He vivido en muchas pensiones de mala muerte, en piecitas que me prestaban al fondo de una casa, en lugares sórdidos de una ciudad que no me mostraba su rostro más amable. En cada mudanza me desaparecían pequeños tesoros: una vez me robaron la colección completa de las Tradiciones Peruanas, de Ricardo Palma, también se me esfumó un llavero de plata, una radio a pilas que me acompañaba siempre. Hasta perdí una novia que me dejó por otro, harta de no tener futuro conmigo.
Pero siempre procuré salvar el recorte de esa revista. Pensaba en la pérdida de tiempo y dinero, sobre todo porque muy pocos recordarían ese detalle. Si alguna vez mostraba el suelto, una apostilla casi mínima, era probable que pensaran que lo había inventado. El dueño de la revista no era alguien pudiente, sino más bien un pobre pelagatos, igual que yo. Justamente por eso, aquel gesto me resultaba aún más oscuro. Pero a quién le importaba, ¿no?
De todas maneras, creí que alguna vez me daría cuenta del porqué de esa locura.
Pero hasta la fecha sigo sin entender. Eso que trato, che.
Y no es cuento.
Juan Manuel Aragón
A 28 de julio del 2026, en las Chacras. Mirando el partido.
Ramírez de Velasco®

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