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| "Madrugada", acuarela de Raúl Cisterna |
El hombre recuerda otra ciudad que despertaba sobre dos ruedas: ahora es culpable de un miedo que no quiere provocar
Yo soy ese que viene en bicicleta de allá, por el Camino de la Costa, asustando a las mujeres que esperan el ómnibus para ir al trabajo, a la escuela, a hacer las compras en el centro de la ciudad. Paso sin mirarlas siquiera, pero se asustan cuando suman: viejo más bicicleta, más mal vestido, igual a violador o pervertido. Muchas veces esas mujeres están solas con su alma y la madrugada y seguramente uno que viene solo, las debe sorprender un tanto.En esas incómodas cabalgatas husmeando por los barrios casi extramuros de Santiago, suelo detenerme a preguntarles dónde queda tal o cual calle. Veo entonces su rostro de terror mientras responden y alcanzo a oír un suspiro de alivio al alejarme pedaleando despacito como tranco de pollo.En qué momento los santiagueños de los barrios más humildes dejaron la bicicleta y se volcaron masivamente a las motocicletas, no se sabe. Pero hubo un tiempo, hace cerca de 40 años, en que las madrugadas solían tener nubes de sigilosas bicicletas rumbo al trabajo. Y yo era una partícula de esa inmensa nube, sin solución de continuidad, de la Municipalidad al barrio Ramón Carrillo, donde estrené mi primer vehículo a pedal limpio.
Quizás fueran otros los tiempos de las abuelas, las bisabuelas, de enagua, viso, y siestas de camisón y Padrenuestro cuando no necesitaban trabajar. Hoy sus nietas pasean un espanto atroz, cada mañana cuando, en la parada del 120, ven acercarse a un hombre que traquetea en bicicleta y miran hacia otro lado, no sea cosa que crea que soy uno de esos.
Poca gente se ve pedaleando las mañanas de Santiago, al menos a las altas horas entre "viene clareando" y "Febo asoma". Los que andan son jóvenes que surcan las calles raudos y silenciosos, mochila a cuestas, pasando como una exhalación, también ellos fantasmas de la novedad en vehículos con frenos a disco, suspensión electrónica y marcas imposibles.
Mientras tanto, por la calle larga, muda y gris, miro a una mujer que se acaba de acomodar en la esquina, con adustos ojos de sueño y pienso, otra vez, como todos los días: "No tengo que mirarla, no tengo que mirarla". Y ella quizás crea que se salvó de un monstruo: quién sabe qué le podría haber hecho, en ese desolado rincón de una ciudad que recién anda por desperezarse.
Oiga doña, no se haga problema. Soy yo.
Más bueno que el pan francés.
Juan Manuel Aragón
Miércoles 20 de mayo del 2026, en Antajé. Mateando amargos.
Ramírez de Velasco®
Quizás fueran otros los tiempos de las abuelas, las bisabuelas, de enagua, viso, y siestas de camisón y Padrenuestro cuando no necesitaban trabajar. Hoy sus nietas pasean un espanto atroz, cada mañana cuando, en la parada del 120, ven acercarse a un hombre que traquetea en bicicleta y miran hacia otro lado, no sea cosa que crea que soy uno de esos.
Poca gente se ve pedaleando las mañanas de Santiago, al menos a las altas horas entre "viene clareando" y "Febo asoma". Los que andan son jóvenes que surcan las calles raudos y silenciosos, mochila a cuestas, pasando como una exhalación, también ellos fantasmas de la novedad en vehículos con frenos a disco, suspensión electrónica y marcas imposibles.
Mientras tanto, por la calle larga, muda y gris, miro a una mujer que se acaba de acomodar en la esquina, con adustos ojos de sueño y pienso, otra vez, como todos los días: "No tengo que mirarla, no tengo que mirarla". Y ella quizás crea que se salvó de un monstruo: quién sabe qué le podría haber hecho, en ese desolado rincón de una ciudad que recién anda por desperezarse.
Oiga doña, no se haga problema. Soy yo.
Más bueno que el pan francés.
Juan Manuel Aragón
Miércoles 20 de mayo del 2026, en Antajé. Mateando amargos.
Ramírez de Velasco®


Duele enterarse de que a ese nivel ha llegado la sensación de inseguridad en la gente de Santiago. Para peor el gobierno ha eliminado toda posibilidad de que la gente decente pueda armarse para su protección, garantizando que solo los delincuentes puedan portar armas. Han sido tan efectivos que hasta han logrado convencer a la gente decente de que así es mejor para ellos. Y los delincuentes la tienen clara.
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