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INFANCIA El casorio (con vídeo)

Ilustración

El autor de este libelo sospecha de los cuentos de princesas y con los años se hace reflexivo, amoroso y doméstico


A veces cuando reviso la infancia me doy con que sigo descreyendo de los mismos cuentos de entonces. Como el del rey que tenía una hija tan bella que todos la miraban. Entonces prometía darla en matrimonio al primero que fuera capaz de pasar por debajo del balcón sin levantar la mirada, viejo tonto. En un caballo tordillo pasó el futuro yerno, un tipo de otro pueblo, que quizás ni sabía que allá arriba estaba la chica.
—Y le dan el premio.
—¿Qué premio?, preguntaba siempre.
—El casorio.
Yo la quiero ver bailar,
saltar y brincar,
andar por los aires
y moverse con mucho donaire.

Si aceptaba, debía ser porque era la hija del rey. Para que quisiera casarse con un tipo porque no la había mirado, o era muy lela o andaba muy necesitada de marido. Amalaya el muchacho también. ¿Por qué no le decía al futuro suegro, “mire yo andaba por el pueblo paseando no buscando novia, así que líbreme de la obligación del casorio”?
El cuento dice que la hija era muy linda.
Y qué.
Déjenla sola, sola y solita,
que la quiero ver bailar.
Saltar y brincar,
andar por los aires
y moverse con mucho donaire.
La canción
Toda la vida desconfié de mí mismo cuando me gustaban chicas lindas. Es decir, me daba miedo que tuvieran un padre que luego me obligara a matrimoniarme con ellas. Me mantuve orillando los grandes partidos, sin llegar nunca.
Me quedé con una mujer que una tarde azul, en un pago perdido detrás de un enero que nunca ha de volver, me dijo que estaba enamorada porque quería cuidarme. Y que yo la cuidara a ella.
Busque compaña, busque compaña,
que la quiero ver bailar.
Saltar y brincar,
andar por los aires
y moverse con mucho donaire.

En eso estoy, desde entonces.
Y cada vez que voy al pago, comemos con mi suegro unos asados maravillosos.
Eso que no es rey.
Juan Manuel Aragón
Viernes 15 de mayo del 2026, en el Esquinero del Guapo. Cazando palomitas.
Ramírez de Velasco®

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