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| Nave. Acuarela de John Ferns |
Una lapicera Bic azul llevaba el último sueño de la humanidad mientras afuera sonaba el timbre del recreo
Una lapicera Bic azul, punta gruesa era la enorme nave que había salido de la Tierra con rumbo desconocido, huyendo de las guerras, el hambre y otros desajustes producidos por el hombre. Adentro cabía una especie animal de cada una de las que habían poblado el orbe, muchas como embriones congelados. Una batería aprovechaba la más mínima energía de la luz y hacía crecer trigo, arroz, soja, plantas frutales, las mínimas y necesarias para alimentar a la población del enorme cohete.Sólo 20 personas aquel mundo al que —con mucha suerte— le llevaría cuatro generaciones llegar a un planeta habitable, entrevisto por potentes telescopios durante los últimos tiempos de aquel globo al que habíamos visto desintegrarse apenas despegamos.Ahora estábamos pasando por un raro cosmos con el que no habíamos contado, formas inmensas, del tamaño de cientos de naves como la nuestra, se mostraban quietas en un cubículo cuadrado, de vez en cuando una de ellas se hacía más enorme y se dirigía a una especie de muro cubierto hasta la mitad con algo negro que no alcanzábamos a saber qué sería.
Temíamos que fuera una réplica de algo visto durante nuestra historia entre eso, que a esa altura creíamos que no había existido, que llamábamos humanidad. Miembros de la tercera generación de gente rumbo a una estrella desconocida que albergaba un sistema parecido al solar, ignorábamos asuntos que habían sido recuerdos comunes de nuestros abuelos.
Elio Roca
A veces nos atacaban otras naves, suponíamos que de otros hombres que también habían abandonado la Tierra, librábamos escaramuzas mostrando nuestro poderío y se alejaban con la cola entre las patas.
Lo que hubiéramos dado por verles la cara a esos nosotros mismos con caras distintas. El tiempo tenía entonces la dimensión de lo infinito, toda una vida nos esperaba por delante junto a un camino terso, en el que no habría tropiezos ni angustias ni desazones, tampoco jefes malvados u oficinas de reparticiones del gobierno con nombres olvidables y obscuros.
El amor era una chica a la que nombrábamos con cariño adolescente en la última hoja de la carpeta de matemáticas.
Y el mundo del espacio exterior terminaba, tirando la lapicera por cualquier parte, apenas sonaba el timbre del recreo, anunciando que la hora de Química había terminado.
Juan Manuel Aragón
17 de mayo del 2026, en la Libertad 241. Esperándola.
Ramírez de Velasco®


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