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EUROVISIÓN El problema nunca fue la música

Nadie lo tomaba en serio

La política se mete en un concurso sólo para criticar el hecho de que Israel compite, gusta y a veces gana

Por Daniel Grinspon
en Comunidades Plus
Eurovisión siempre fue un festival rarísimo. Gente vestida como papel de caramelo cantando baladas dramáticas arriba de plataformas que parecen salidas de un boliche de Ibiza después de una falla eléctrica. Y justamente por eso funcionaba: nadie lo tomaba demasiado en serio.
Hasta que sube un cantante israelí.
Ahí se transforma en una cumbre urgente de Naciones Unidas.
Panelistas indignados. Artistas descubriendo la geopolítica por TikTok. Países amenazando con retirarse como si estuvieran rompiendo relaciones diplomáticas en plena Guerra Fría.
Todo porque un israelí agarró un micrófono.
Lo más cómico es la sobreactuación europea. Hablan del “boicot moral” mientras se pasan el año comerciando con dictaduras mucho peores sin que se les mueva un pelo. Pero claro, ahí no hay rating ni aplausos en redes sociales. Israel vende más indignación.
Y además hay algo que les revienta profundamente: el tipo canta bien, la gente lo vota y el público lo banca. Eso les rompe el libreto entero. Porque según cierta narrativa moderna, Israel debería entrar al escenario, pedir perdón por existir y retirarse en silencio mientras todos aplauden su culpa colectiva.
Pero no pasa.
Suben, cantan y compiten igual.
Entonces aparecen los iluminados de siempre diciendo que “la política no puede entrar en Eurovisión”. Hermoso concepto. Lástima que se acuerdan justo cuando participa Israel. Porque cuando el festival se llenó de banderas, mensajes ideológicos y discursos militantes, nadie parecía demasiado preocupado.
La neutralidad europea dura exactamente hasta que aparece un israelí y encima le va bien.
Y seamos sinceros: si mañana subiera un cantante de cualquier otro país en conflicto, probablemente lo convertirían en símbolo mundial de resiliencia, paz y diversidad cultural. Pero Israel juega con reglas distintas. Siempre. Al judío del barrio global nunca le dejan ser simplemente uno más.
Tiene que rendir examen moral las 24 horas.
Igual hay algo divertido en todo esto. Mientras algunos países anuncian indignados que podrían bajarse del certamen, el israelí probablemente esté más preocupado por afinar la voz y no tropezarse en el escenario que por las cartas abiertas de artistas escandinavos con flequillo militante.
Y ahí está el verdadero problema para muchos: Israel sigue viviendo normal.
Compite. Produce. Canta. Gana apoyo.
No se comporta como víctima eterna ni como culpable arrepentido.
Eso desespera.
Porque el boicot nunca fue por la música.
Ni siquiera por la política.
Es simplemente la bronca de ver que, después de todo, Israel sigue ahí arriba del escenario mientras otros siguen pataleando desde la platea.
Ramírez de Velasco®

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