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| "Destrucción" de Raúl Cisterna |
La búsqueda de singularidad fabrica multitudes idénticas, sometidas al mismo mandato de cambiar lo que recibieron
Este es un mundo que busca romper leyes, prácticas, normas. Hasta bajo las piedras. Preguntas que se hacen dos o tres estúpidos son llevadas a la categoría de normas universales. Alguien dice: "¿Por qué nuestros hijos deben llevar nombres claros, homenajeando a parientes vivos o muertos? Y a continuación viene uno y al suyo lo anota como "Peine", sólo porque nadie que conoce se llama de esa manera. Otro piensa en voz alta: "¿Quién es el cura para darme la comunión en la boca, como si fuera un niño?" Y se dispone a tomarla en la mano. Detrás de él vendrán quienes lo justifiquen sosteniendo que esa fue la norma en la Iglesia desde el siglo IX. Luego aparecen dos o tres citas y lo que era sólo una pregunta se convertirá en norma. El problema es que quienes revisaron esas citas se dieron con que no decían lo que les hacían decir o decían lo contrario. Y al mundo ya no le importa si es cierto o no, si vale o no. Es una moda. De últimas, andan buscando qué nuevas vueltas de tuerca deben dar para destrozar el borde de otra ley, porque no se animan, por el momento, a ir por el hueso.Tres o cuatro generaciones ahítas de placeres mundanos dan como resultado la que talla hoy, que sólo busca hacer pedazos el mundo de sus padres, no por alguna razón profunda, sino sólo por el afán de novedad. Pareciera que sólo quiere ver qué hay después del suicidio colectivo, qué nuevo orbe lo espera ahí.Y ese orbe, claro está, no es más que el vacío disfrazado de promesa. La novedad convertida en fin dejó de ser invención y es mera erosión. No hay aquí el gesto del explorador que avanza hacia tierras desconocidas armado de curiosidad y de memoria. Hay un tic nervioso de quien, aburrido de su propia sombra, decide cortársela para ver si así se siente más ligero. La tradición no era el cepo sino el andamio: permitía subir más alto porque sabía dónde estaban los cimientos. Al derribarlo todo en nombre de la autenticidad o de la autonomía, lo que queda no es libertad, sino una sucesión de poses vacías, cada una más efímera que la anterior. El nombre extravagante, la comunión tomada como quien toma un aperitivo, la liturgia convertida en performance, el matrimonio redefinido hasta volverse irreconocible, la patria reducida a un accidente geográfico: todo forma parte del mismo impulso iconoclasta que confunde demolición con creación.
Lo más revelador es la ausencia de un proyecto positivo. Nadie parece preguntarse qué orden nuevo debe erigirse una vez derribado el anterior. Con que sea distinto alcanza: es la única exigencia. Cuando la diferencia se agota —porque hay un número finito de maneras de negar lo recibido —entonces se inventan diferencias más sutiles, más abstrusas, más imposibles de sostener sin un andamiaje ideológico que es cada vez más frágil. Y se llega a la paradoja de que la generación que más ha proclamado el derecho a la individualidad es también la que más uniformemente se comporta: todos rompen las mismas normas, celebran las mismas transgresiones, repiten los mismos eslóganes de emancipación.
Hay, detrás de todo esto, una fatiga metafísica. Tres o cuatro generaciones que han vivido en la abundancia relativa, protegidas de las hambrunas, de las guerras totales y de las plagas que diezmaron a sus abuelos, descubren que la seguridad material no basta para dar sentido. Y proyectan sobre el pasado la culpa de su propio vacío: si no somos felices, debe ser porque las formas antiguas nos oprimían. Y se lanzan a destruirlas con el entusiasmo de quien cree que, al quemar el mapa, hallará el territorio. Pero el territorio sin mapa es sólo desierto. Y en el desierto uno se da cuenta de que la sed no se calma con más arena.
Quizá el gesto más inteligente no sea inventar nuevas formas de ruptura, sino recuperar la capacidad de distinguir entre lo que merece conservarse y lo que puede reformarse. Endemientras, seguimos asistiendo al espectáculo de una civilización que, por miedo a parecer antigua, se precipita hacia una novedad que es una repetición del mismo gesto vacío: el de quien, para sentirse vivo, necesita oír el ¡crac! de algo que se rompe.
La originalidad es un producto de masa.
Juan Manuel Aragón
A 22 de agosto del 2026, en El Portal. Eligiendo camisas.
Ramírez de Velasco®


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