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| Carlos Arturo Juárez |
Para ganar una elección tenía que haber caminos transitables y combustible para recorrerlos, un relato juarista
En muchas ocasiones el mundo se mueve sólo para hacerle lugar a un alfiler. Entones lo que parecía que saldría mal, termina saliendo como uno decía que quería. Y un humilde artículo pasa a ser de primera necesidad y el más vendido, por un ínfimo detalle. La historia empezó en 1985 cuando, montado en su enorme popularidad, Carlos Arturo Juárez, gobernador de Santiago del Estero, decidió llamar a elecciones de convencionales constituyentes provinciales en la misma oportunidad en que se elegirían diputados nacionales. No obtuvo lo que quería, pero sí lo que había dicho que quería. Y un sistema que hasta ese momento era injusto terminó sin reformarse porque los otros creyeron que lo pasarían por encima.¿Cómo fue?
Bueno, le cuento.Para muchos estudiosos, las Constituciones y Cartas Orgánicas tienen un solo artículo que importa, el que fija la duración de los períodos de gobierno y las posibles reelecciones. Sostienen que, dada la fragilidad de las instituciones de gobierno en la Argentina, es posible que el resto de las constituciones sea un agregado que servirá eventualmente como papel higiénico o combustible para prender el fuego del asado. Puede que tengan razón.
El hecho es que la maniobra de Juárez y el peronismo era visible: querían la reelección y la planteaban con suficiente tiempo para no andar a las corridas después, en 1987, fecha en que terminaba su gobierno.
De todas maneras, el juarismo presentó un proyecto que excluía expresamente la reelección del gobernador, que se elegía a simple pluralidad de sufragios. Pero los diputados se repartían con el sistema de "lista incompleta". El ganador se llevaba dos tercios de las bancas; los perdedores, el tercio restante con el sistema D'Hondt, es decir, proporcional. Esto último era, a todas luces, una injusticia flagrante. Pero el juarismo prometió continuarlo también.
Después, cuando se reunieran, los juaristas introducirían la reelección del gobernador sin problemas, amparándose en que la Convención Constituyente era "soberana" y, por lo tanto, hacía lo que se le daba la gana. Pero, como lo sabe cualquiera, lo que puede fallar a veces falla. Y fue lo que sucedió.
Ganaron los radicales.
Venían envalentonados después de haber triunfado en las elecciones nacionales de 1983, cuando Raúl Alfonsín fue electo presidente. La vieja Unión Cívica Radical era en ese entonces símbolo de la renovación y el cambio, lo moderno, los nuevos tiempos, la esperanza de que todo iba a ser distinto. Pero, por las dudas, aquí en Santiago no tocaron el sistema de elección del gobernador. Mire usté si imponían la reelección y Juárez les ganaba en el 87, qué papelón, ¿no? Y continuó el injustísimo sistema de distribución de las bancas, es decir, dos tercios para el que ganaba y el tercio restante para los perdedores.
El resto de la Constitución como se dijo, a juicio de muchos, era papel pintado.
El caso es que, en las elecciones del 3 de noviembre de 1985, los radicales habían triunfado por una simple razón. Llovió. Santiago era una provincia con muchísimos caminos de tierra, y la mayoría se ponía intransitable con el agua. Los votos del juarismo eran en su mayor parte rurales; los de los radicales, urbanos. Los campesinos que no salieron de su casa ese día fueron, según cálculos que hizo Juárez, los que le dieron el triunfo a la oposición.
No le pasaría lo mismo en las elecciones que vinieron después, el 6 de septiembre de 1987. Por las dudas lloviera, el juarismo alquiló todas las estaciones de servicio para que desde el sábado 5 los radicales no tuvieran dónde proveerse de combustible para sus acarreos. Pero, además, compró todos los bidones en existencia en la provincia. ¿Para qué servían? Para poner nafta y evitar que ningún vehículo propio se quedara sin ella. ¿Pregunta por qué todos? Porque así los radicales no tendrían ni uno. ¿Pregunta de dónde saqué esto? En una provincia chica, al final todo se sabe, y esto lo conocían desde los más encumbrados políticos hasta el último lustrín de la plaza Libertad. Si estuvieran vivos los protagonistas lo negarían, por supuesto.
Ganó el juarismo, obviamente, aunque no Juárez, porque no estaba permitida la reelección. Su sucesor, César Eusebio Iturre, terminó traicionando al juarismo; los radicales festejaron porque eso les daba esperanzas de llegar al poder, aunque eso es otra historia.
Desde entonces, para algunos comerciantes, siempre fue buen negocio comprar bidones antes de cada elección.
Juan Manuel Aragón
A 5 de octubre del 2026, en Los Ralos. Esperando el Jaime-Paz.
Ramírez de Velasco®



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