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| "Elodio", de Raúl Cisterna |
Después de tres años de guerras ajenas, el hombre vuelve buscando su casa, perrida entre recuerdos, cansancio y silencio
Llega desde el fondo del saladillo en un flete cansón, al que debe talonear cada dos por tres para que siga y no se caiga de flaco. Tres años hace que salió. Juan Díaz, patrón del lugar, lo arreó para llevarlo a Santiago, a pelear por la patria, según le dijo, pero era una bulla que le hacían a un tal Carranza, que al final se mandó a mudar a Tucumán, según contaban. Ha andado en varios entreveros, pero nunca supo por qué. Lo hicieron quedar prometiéndole que entraría en el Ejército de Línea, y jamás lo llamaron.Endemientras, comió un pobre charqui todos los días, mazamorra mal pisada y un poco de pan que le convidaban las mujeres de otros soldados. No supo de las pequeñas historias de ese lugar, tampoco le importaron. Durante los años que anduvo lejos, lo único que tuvo siempre presente es que una madrugada lo levantarían del catre para llevarlo a una montonera en la que un gaucho rotoso, igual o peor que él, le acertaría un lanzazo en el pecho, para dejarlo seco, como su compadre Armando. A ambos los habían convencido con palabras bonitas para que fueran a Santiago a tomar venganza de lo pasado a Pancho Ibarra. Pero Armando no volvería nunca: quedó cerca de Remes, pasto para cuervos, después de haberse cruzado con otros que también peleaban sin saber por qué.Algo en el aire le ha traído un aroma conocido al mancarrón cansado y ahora apura el paso. A lo lejos, en la ceja del bosque, divisa el rancho de Elodio. Llegará por ahí para que le den un poco de agua y luego el flete largará nomás su trotecito marchado. Envejecieron juntos: él, con el cabello moro; el mancarrón, convertido en el matucho sotreta que monta ahora.
Más allá se ven esos quebrachos, tras los que está su casa.
Atrás quedó ese campamento, a orillas de una ciudad a la que solamente había entrado una vez, siguiendo un jefe, del que alguien dijo que algún día estaría en los libros de historia, pero cuyo nombre prefería olvidar.
Para qué recordar malos momentos, piensa. Elodio lo ha visto venir de lejos. Lo recibe con un jarro de agua en la mano. “¿Recién vuelve al pago, amigo?”, le pregunta. “¡Ahá!”, replica.
Con ojos apenados el otro le larga: “Hay tristes noticias para usté”.
Juan Manuel Aragón
El primero de octubre del 2026, en Las Cejas. Mirando al sur.
Ramírez de Velasco®



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