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| "El Pocito", de Raúl Cisterna |
Los antiguos dejaron rastros bajo la tierra que parecen acercarse cuando nuestra edad acorta distancias
Una de las acepciones más comunes antaño para referirse a la gente era "cristiano". El Martín Fierro lo documenta en varios versos: "¡Quién sabe de ánde sería! // Tal vez no juera cristiano; // pues lo único que decía // es que era pa-po-litano." Otro: "Si este mundo es un infierno // por qué afligirse el cristiano?" Y el último botón de muestra: "Le dio claridá a la luz, // juerza en su carrera al viento, // le dio vida y movimiento // dende la águila al gusano, // pero más le dio al cristiano // al darle el entendimiento."Por qué recuerdo esto. Bueno, le cuento que, en el pago, al fondo del departamento Jiménez había una represa natural, le decían "El Pocito", estaba hundida en medio de unos quebrachales que en esos tiempos parecían interminables. Cavando para hacer una balanza, mi padre contaba que halló una urna del tiempo de los indios, que se deshizo en cuanto la sacó. Se hizo añicos, decía, y tenía una tierra blancuzca adentro: supusimos que eran huesos de algún indio muerto.¿Habían vivido los indios por ahí? Mi padre calculaba que no, porque esa represa se llenaba de agua solamente con las lluvias del verano. ¿Entonces? Suponía que habían sido cazadores acampando durante un tiempo. ¿Llegaban abriéndose paso por el bosque? No: el Pocito y sus aledaños habían sido grandes pastizales con islas de monte de tanto en tanto, en las que correría el suri, el guanaco y la esquiva corzuela. El hombre blanco había llevado la vaca, a la postre la responsable de acelerar la llegada de los grandes quebrachales.
Muchos años después, mi abuelo nos mandó a que removiéramos los horcones de la abandonada casa de los Toledo, los necesitaba para levantar el chiquero, caído después de las grandes tormentas del 74. Hallamos también enterradas cinco piedras de distintos tamaños, perfectamente redondas. Se las quedó uno de los muchachos del Puesto de la Hermosinda y todos los años las exhibía, para el tiempo de Navidad, adornando un Pesebre que armaba junto a sus hijos.
Una vez, cuando narré estos asuntos en casa del Negro Soria, en El Aibal del Campo, recordó que su padre le contaba que, de chicos, habían cazado a una india. Los chicos contaron en sus casas que, a la siesta, cuando iban a la represa a hondear urpilas, una mujer se había acercado a tomar agua, cuando los vio salió huyendo. Luego volvió varios días. Al otro día los viejos la aguaitaron y cuando se presentó la pescaron. La llevaron a las casas. Arriba venía con todo al aire, abajo tenía una falda de chaguar tejido. Al día siguiente irían al Bobadal, a dar aviso a la policía, pero esa noche vino el indio, la desató y se fueron. Los rastrearon por el Saladillo Grande, llegaron hasta cerca de la laguna de Huyamampa. No siguieron adelante porque los venció la sed, ahí sólo había agua salada y no hallarían quién les diera una mano. Prometieron volver, pero por una cosa u otra, jamás regresaron.
En el pago siempre quedó flotando la duda, ¿aquellos indios eran cristianos? Si lo eran, ¿por qué los viejos los cazaban?, pero si no eran, ¿por qué no venían a vivir con el resto?, ¿por qué, además, no hablaban como la gente? Justo entonces recordé que, a fines del siglo XIX, en su "Memoria descriptiva de Santiago del Estero", mi pariente Alejandro Gancedo en uno de sus capítulos los nombra como "mamíferos bípedos". No deja de ser una caracterización exacta, pero totalmente engañosa, como lo sabe cualquiera.
¿Por qué traigo a cuento este relato? Durante estos días he andado pensando en que con la vejez los tiempos se acercan. Muchachos que uno tenía por viejos cuando eran jóvenes, al llegar a cierta edad pasan a ser casi de la misma época. Pero para atrás pasa algo similar. Cosas que cuando mozos nos parecían sucedidas muchísimo atrás, también se vuelven contemporáneas. Y no queda tan lejos la época en que los cazadores indios enterraron a uno de sus compañeros en el Pocito, volvieron al año y colocaron sus huesos en una urna que creyeron definitiva. O esos otros que dejaron olvidadas unas piedras, quizás de boleadoras de suris o guanacos. O aquellos que volvieron asustados a sus míseras tolderías, a orillas de la Laguna de Huyamampa.
Tal vez somos nosotros, mirándonos desde los ojos de fantasmas llegados desde el pasado, con mucha curiosidad, casi tanta como la nuestra al escudriñar qué habrá sido de su vida en estos pagos.
Pero, quién sabe, ¿no?
Juan Manuel Aragón
A 29 de septiembre del 2026, en La Escondida. Avivando la fogata.
Ramírez de Velasco®



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