| "Sobaqueando", de Raúl Cisterna |
Una tradición compartida desde hace poco terminó convertida en accesorio permanente de identidad
Hay gente que no puede caminar por la calle si no va chupando una bombilla. A todos se les da por esa moda uruguaya de andar con el termo bajo el brazo. ¡Es ridículo! No te va a pasar nada si esperas llegar a tu casa para cebar unos mates. Creen que son lindos, te miran con la superioridad de gauchos súper de luxe, convencidos de que uno los envidia. Parecen chicos que no pueden dejar la mamadera, que la llevan prendida a todos lados. Cuando te acercas, sacan pecho como diciéndote: “Mirá lo argentino que soy”. Si no les dices nada, te insinúan cualquier cosa para que vos notes que llevan el Lumilagro encarnado en el sobaco.No, macho. La costumbre argentina era ubicarse alrededor del brasero, a la tardecita, cuando se habían cumplido las obligaciones diarias. Una reunión familiar, todos sentados y alguien, generalmente la madre, entregando el porongo de mano en mano. A eso le decían una rueda de mate. Para eso era este tentempié de los pobres. ¿Qué es eso de pavonearse —pavear— por todos lados, con el mate en una mano y el termo bajo del brazo?
Además, aquí el mate siempre ha sido medianito nomás, para darle seis chupadas a lo sumo y devolverlo. No hubo nunca la tradición de esos enormes mates de medio quilo de yerba, con ceremonias raras, caminando como quien va mascando chicle. El porongo era para sentarse, no para salir a desfilar.
Dejelós a los uruguayos con su Carlos Gardel, el tango que inventaron ellos, el dulce de leche, La Cumparsita, todo lo que quiera, pero no les ande imitando hábitos que vaya a saber uno por qué agarraron. El argentino es así, ¿no? Aca ve, aca quiere. Uno cree que solamente los jóvenes siguen modas ridículas: pintarse el pelo de verde, ponerle nombre de perritos a los hijos, bailar al compás de ruidos que lo único que no parecen es música. Y ahora resulta que también se le ha dado por importar la pose gauchesca del termo bajo el brazo.
Oiga, nadie tiene nada contra ellos: capaz que son buena gente y todo, nadie dice que no. Si quieren recorrer el mundo sobaqueando un termo, muy bien, quién va a criticarlos. Pero aquí queda más ridículo que perro con chaleco, qué quiere que le diga. En una de esas tienen cosas buenas para imitar, pero la del mate como eterna compañía no es una de ellas.
Cuando se les pregunta, dicen que son solidarios, humildes, trabajadores, amigables, virtudes que a los argentinos nos faltan. Aplausos para ellos. Son macanudos, che. En carnaval sacan las sillas para ver las murgas, hacen asado en la vereda sin que los vecinos los denuncien, todavía hacen picados de fútbol en las calles. Esas cosas sí se podrían copiar de los orientales.
Y no, repito, no me venga con ese hábito de paisano posmoderno de andar por ahí palanganeando con el termo y el mate, como si llevaran colgado del cuerpo el certificado de argentinidad. El mate se ceba. Se toma. Se conversa. Se comparte. No hace falta sacarlo a pasear para demostrar quién es uno.
Juan Manuel Aragón
A 4 de octubre del 2026, en la Absalón. Mirando vidrieras.
Ramírez de Velasco®


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