| El Bobadal |
Qué es lo que hay en Santiago del Estero, pero pocos nombran, no tiene mitos ni leyendas y sin embargo a todos acompaña
Yo soy la polvareda santiagueña. La que cansaba las pupilas de aquel candidato a gobernador, cada vez que salía de recorrida por los pueblos, haciendo campaña, entremedio del pobrerío que enantes era. Soy la que se levanta de su misma esencia, la tierra, talco de color claro indefinido, la que demora varios minutos en asentarse de nuevo. La que aguarda paciente en el suelo, a que vuelva el camión cargado con leña para alzarse con furia detrás de sus ruedas, azotando el aire de la siesta.He dado mi nombre a dos poblaciones casi mellizas en el departamento Jiménez, el Arenal y el Bobadal. Soy la tierra suelta que dio origen al espíritu santiagueño, siempre juguetón, dispuesta a ser aire en el aire irrespirable de un camino cualquiera cuando pasa el sulky. Y tres mujeres se tapan la cabeza con toallas, protegiéndose del sol, el calor, la tarde, el viento y el polvo.No tengo mitos que me alaben. Y los poetas me han nombrado poco y nada, quizás porque no se dicen las cosas de todos los días en los versos enamorados del solar paterno. Por mí han pasado casi todas las leyendas del pago. La Telesita levantando nubes con su baile eterno. La Almamula pasando rauda mientras arrastra cadenas de fuego. Y el Kakuy cantando desde el fondo del bosque, su lastimero llanto.
Saben de mi existencia la ágil corzuela, el escurridizo pichi, el chancho quimilero, la leve y bella bumbuna y el veloz suri. Y también la acatancka, que deja rastritos claros y sinuosos entre las dunas por las que empuja su carga atroz.
He visto pasar a todos por mis huellas siempre engañosas. Al político en su camioneta con aire acondicionado. Al finquero rumbo al banco a renovar sus cheques. Al porteño que vuelve al cabo de los años, en su auto multicolor a mostrarle su triunfo al pago. Y también a los cientos de paisanos que transitan rumbo a la ciudad trepados en el ómnibus de la madrugada gris.
Soy la que esperaba a los indios cuando llegaron al pago. Primero como cazadores y recolectores y después como habitantes permanentes. Y la que dio la bienvenida a los españoles. Soy yo la que se hizo barro para ser las paredes y el techo de sus casas, que los cobijó. Y la que después se hizo ladrillo para hacer más fuerte el hogar en que siempre habrá una madre esperando a sus hijos.
Pero muchos se acuerdan de mí con fastidio, con molestia, con una sombra de resignación. Porque soy inevitable en los caminos de este rincón de la patria que nombran como Santiago del Estero. Y algunos días se parece a una sombra de su niñez, envuelto siempre en el poncho del viento, levantando injustamente, polvaredas de olvido y desamparo.
Juan Manuel Aragón
A 14 de febrero del 2025, en la Roca y Mitre. Comprando en Roma.
Ramírez de Velasco®

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