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| Animales disfrazados de animales |
Una nueva caterva de discriminados pide pista en las plazas de Santiago, dentro de poco pedirán una ley… y reconocimiento social
Ha llegado una nueva moda, ¡viva!, ¡viva!, la de los therianos. ¿Los qué? Los therianos, sí, otra palabrita más para incorporar a las huevadas al uso: desde sustentables y sostenibles hasta elegebeté, pasando por trans, los colectivos, les feministes, la escritura cambiada para que todos se escriba txdxs. Ridículos como cuchara para zurdos. Ahora esta manga de comueses viene a sumarse a la caterva de discriminados porque, pobrecitos, son diferentes, ¿ha visto? La gente es mala y no los quiere.Son gente como usted, su vecina o el almacenero de la esquina, pero oiga bien y no se espante, amigo: ¡se creen animales!, ¡sí, animales!, ¿entiende? Está bien, dirá usté, que se crean como quieran, qué me importa. ¡No, señor!, no es tan fácil. Si un tipo se cree el Boby o el Sultán, usted tiene que tratarlo como tal, entenderlo cuando ladre, maúlle o relinche, y tratarlo como una mascota hecha y derecha.Nadie lo dice porque, en estos tiempos, es peligroso pronunciar lo obvio, pero es casi seguro que tienen las facultades mentales algo chinguiadas, y disculpe si su sobrino también anda con esos. Pero, de otra manera, no se entiende, amigo. Algunos todavía no se acostumbran a decirle ella a un vecino que siempre fue varoncito o él a una chica bastante bonita de la otra cuadra. Como para que ahora deban soportar que el hijo de un amigo les ladre, les relinche o les maúlle cada vez que van de visita.
El asunto es tan jodidamente moderno que acudir al diccionario en español no vale: no aparece la palabra. Hay que ir directamente a Google para que aclare el asunto.
Sienten que, en algún lugar profundo de su identidad, son un animal concreto (lobo, gato, ave). Eso no quiere decir que se parezcan a uno. Esa gente tiene una experiencia subjetiva, mental, emocional o espiritual.
Nunca sencillos.
En determinados momentos, su percepción, sus emociones o impulsos se sienten más cercanos al animal con el que se identifican. En otros momentos, es decir, si no andan con ganas de joderle la vida a nadie, no. Si van a la escuela, no van a andar diciendo que son un sapo o una catita; capaz que el grandote del grado los hace cagar por estúpidos. Pero en otros momentos, cuando están con sus amigues, quizás sí, ¿capta?
También hay días en que sienten como si tuvieran partes del cuerpo del animal que eligieron (cola, alas), pero es obvio que no las tienen. Y también sienten emociones intensas asociadas al animal; pongalé que la chica se siente una gallina y necesita urgente un gallo, pero como está en la oficina no va a andar cacareando su deseo con el jefe.
Por el momento, no es una religión ni un trastorno con nombre y apellido; es solamente una necesidad psicológica de niños con sus dramas alimentarios y de vestimenta solucionados. Creen que tienen una perspectiva espiritual, simbólica o introspectiva que ellos nomás entienden. Y por eso nadie en el mundo, ni los padres, ni los amigos, ni los conocidos, ni usted ni yo, sabrán para qué hacen esas cosas.
O sí.
Porque, ¿sabe?, así suelen empezar estos asuntos: primero todo el mundo toma para la chacota; después se enojan si alguien ve a uno arrastrarse por el suelo y no lo trata como una lagartija. Al tiempo, exigen una ley para que el mundo entero acate sus sentimientos, los tome en serio y les respete la identidad autodefinida. Y finalmente, cuando sale la ley, exige que en todas las oficinas debe haber alguien con estas características, un cupo para animales no humanos, valga la redundancia, dundancia.
Y no, no es una exageración. Es experiencia acumulada. Cada vez que alguien pide que le crean una fantasía personal y la convierte en ley, el problema no es la fantasía. El problema es la ley. Cuando todo el mundo debe actuar como si el delirio fuera verdad, no se llama diversidad.
Su nombre es rendición.
Juan Manuel Aragón
A 16 de febrero del 2026, en El Azul. Viendo pasar la mañana.
Ramírez de Velasco®


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