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CULTO Pentecostés

Morocha, imagen de ilustración 

Cómo descubrí, en una noche de culto, la liturgia fervorosa y los reflejos bien entrenados de los evangelistas

Una vez fui al culto de los evangelistas. No quería ir, pero me insistieron tanto que tuve que ir, aclarando que iba solamente por una cuestión de curiosidad periodística. Era gente humilde, quizás el último escalón de los protestantes argentinos, pastoreando en un barrio humildísimo de la ciudad, si no era el más pobre, por ahí andaba.
Quien ha sido periodista en las provincias argentinas conoce la pobreza, la ha mirado a los ojos. No es una metáfora. Es imposible contar la realidad de pueblos perdidos del país sin conocer lo que pasa en los barrios más humildes. Antes había escrito un título en el diario en que trabajaba. Fue muy festejado: “Lo único que abunda es la carencia. Lo único que falta es caridad”. Salió un domingo en el suplemento “Informe Especial”. Casi me dan un premio por esa nota.
Esa noche me di cuenta de cómo venía la mano con los pentecostales. La ceremonia, si así se la puede llamar, no fue en la casa del pastor sino barrio adentro, contra la vía del tren. Mostré algo de recelo, pero el pastor me dijo: “Vení con nosotros, no te va a pasar nada”. Estaba seguro de lo que hacía, así que lo seguí. Llegamos a un terreno baldío donde había una casilla de chapas. De ahí sacaron sillas y dos bancos largos, en los que se sentaron unas mujeres del barrio.
Entonces el pastor se largó a hablar.
A mí se me hizo que me llevó para que sintiera su labia. Lo que él no sabía es que, con una novia que había tenido, bien de noche, cuando por la televisión pasaban los pastores evangélicos, nos reíamos a las carcajadas. Era parecido, pero intenté no reírme. Fue subiendo la voz. Cada vez que recitaba una cita bíblica, todos levantaban las manos y decían: “¡Aleluia hermano!”.
De repente, una mujer de las que se habían sentado en el banco de adelante se paró y empezó a hablar, primero en voz baja, después cada vez más alto. Decía cosas incomprensibles. Uno, a mi izquierda, dijo: “Está hablando en lengua. ¡Aleluia por eso!”. Gritaba y se agitaba la pobre mujer. Puso los ojos en blanco, miró hacia atrás y se desmayó. Los muchachos que estaban detrás la sostuvieron.
“¡Qué suerte!”, dije en voz alta. Antes ella misma se había cerciorado de que los otros estuvieran a sus espaldas.
Después le sucedió lo mismo a la que estaba a su lado. Los muchachos, casualmente detrás, la sostuvieron también. Lo mismo con otras dos o tres. Una detrás de la otra, en orden.
Mientras el pastor iba bajando la voz, como redondeando su discurso, pidió plata para construir el templo en ese lugar. Algo le dieron. Otras mujeres consolaban a las que se habían desmayado. Una dijo que no se acordaba de nada. Otros felicitaban al pastor.
Cuando me acerqué me preguntó qué me había parecido. Le dije: “Muy lindo todo”. No me quedaba otra. No solamente porque sabía que después tendría que atravesar el barrio para volver, sino porque siempre me pasaba buena información de las juntas de vecinos, de una de las cuales era presidente.
Volvimos caminando despacito. Calles de tierra. A cada rato salían a torearnos los perros. Las luces de las calles brillaban por su ausencia. En patios sordamente iluminados con una tenue bombilla había gente sentada tomando fresco. Sombras oscuras nos cruzaban y el pastor las saludaba: “Buenas noches hermano, Dios te bendiga”.
Al fin llegamos a la casa. Me sentí de nuevo en la civilización. Me invitaron a quedarme a una cena santa, pero dije que no, tenía cositas que hacer.
Cerca de ahí vivía una mujer, Norma, con la que habíamos acordado salir a tomar algo, ver qué onda. Fuimos a una parrillada. Cuando trajeron la bandeja con el asado humeante, la bendijo: “Señor Dios, que todo nos has concedido…”. Empezó a orar poniendo los ojos de hermana. Pero no la oía. Se me nubló la cabeza. No sé de qué conversamos.
Cuando terminamos la acompañé hasta su casa. Podría haber pasado algo más, por supuesto. Pero había sido mucho evangelismo para una sola noche.
Luego de aquello algo se enfrió en la relación con el pastor. No me pregunte qué. Se me hace que creyó que ya me tenía, que volvería el domingo siguiente para otra tenida. Pero no fui. Y seguí siendo el mismo.
Tampoco volví a ver a Norma.
Eso que estaba buena.
Juan Manuel Aragón
A 14 de marzo del 2026, en la Absalón. Mirando vidrieras.
Ramírez de Velasco®

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