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| "El Reinaldo", de Raúl Cisterna |
Reverencias, privilegios, dinastías, herederos: pero, oiga, ¿quién merece llamarse verdaderamente noble?
Los asuntos de la realeza son apasionantes, no porque sean importantes, no me malentienda, sino porque alimentan el alma de chusma de millones de personas en todo el mundo. Los casorios de reyes, princesas y sus hijos y nietos nos apasionan quizás porque quisiéramos para nosotros una vida de regalo, parecida a la de ellos. Imaginesé: ir a un lugar y que todos le hagan una reverencia y digan: "¡Ooohhh…!, ¡quién ha venido!".Capaz que, en el fondo de nuestra conciencia, tenemos la vaga idea de que han sido puestos en su trono por Dios mismo, que aprovecha para darle consejos. Y nada que ver, ¿no? Porque el reinaldo es alguien como usted, como yo. Cuando se apea del caballo para *ishpar, tiene que hacerlo, igual que usted o yo, a favor del viento para no mojarse los pantalones. Sus asuntos privados, sus noviazgos, matrimonios, infidelidades, antiguamente se conocían mucho tiempo después, quizás cuando ya llevaban muchos años de pensionistas en Villa Antarca: hoy si le ponen los cuernos a ella o son cuarteados, se sabe al toque, porque les toman fotos en el boliche o porque ellos mismos lo largan a los cuatro vientos.Los reyes y sus hijos suelen recibir un sueldo del Estado, que engrosa lo que ganan con sus actividades privadas. Pero el hermano a veces tiene que meterse con financistas raros o andar en asuntos turbios para ganarse el mango. Porque, si vamos a decirlo todo, mucho que digamos no les gusta laburar. Si usted llegara a ser el hijo de Carlos III, pongalé, y tiene que levantarse a las 6 de la mañana para ir a la fábrica, ¿para qué es el heredero, oiga?
Si por una de esas carambolas del destino le tocara ser Rey, debe tener en cuenta que no será monarca, porque es una forma de gobierno que ha sido erradicada de casi todo el mundo. Se conservan en varios países de Europa, como una costumbre que supuestamente mantiene unido al pueblo detrás de una tradición, pero sin funciones ejecutivas, legislativas o judiciales.
La monarquía, como lo indica su etimología griega, es el gobierno de uno. Ahí hay un ñato que le da cuentas a Dios y chau.
En Nicaragua, por caso, se dice que el Presidente se mantiene en su cargo gracias a una Constitución. Pero se sabe que es un mandón cuya voluntad es la única que vale. El resto es decorado. Y hay reinos como el de Corea del Norte, que se pasan la corona de padres a hijos, haciendo lo que les da la regalada gana. (dice "reino", sí, porque a esta altura del mambo, nadie va a dudar de que la República Popular Democrática de Corea es una monarquía hereditaria). Y en Nicaragua todavía no le hallaron la vuelta a la cuestión de la sucesión, pero están haciendo todo lo posible para que la Señora Esposa del Presidente sea la futura Reina. Si antes no la saca carpiendo una revolución como la que hizo su marido para correrlo al anterior, que también se quería quedar para siempre.
En los lugares en que sigue existiendo como una simpática tradición, al Rey lo reverencian, quizás se arrodillan a su paso, le besan la mano, se inclinan cuando lo ven, lo tratan de Su Alteza, todo lo que quiera, pero en casi todos los casos no lo dejan firmar un triste decreto. En las repúblicas convertidas en monarquías de facto lo llaman "che, vos", pero es una realidad temible.
Una cuestión más sobre este asunto y lo dejo tranquilo, para que siga en sus cosas. Por el solo hecho de ceñir la corona sobre su cabeza tampoco será noble, olvídese. Porque la nobleza es algo que se consigue por ser buen ciudadano, buen hijo o buen cristiano. La nobleza, según dicen, es la facultad silenciosa del alma que convierte la debilidad en elegancia y la victoria en generosidad. Y para conseguir eso, disculpe que se lo diga, no es necesario tener estirpe o un árbol genealógico que venga de los Reyes Católicos. Con ser buen tipo, tener buena leche y no andar desparramando odio por todos lados, alcanza. Y sobra.
Juan Manuel Aragón
A 28 de septiembre del 2026, en Las Puertas. Hondiando catitas.
Ramírez de Velasco®
*Ishpar: infinitivo híbrido del verbo quichua ´íshpay´. Según Domingo Bravo es "acción y efecto de orinar".



Nosotros somos democráticos, y las gallinas hacen la caca y la tapan prolijamente.
ResponderEliminarExcelente 👌
ResponderEliminarEl actual Rey Carlos III fue coronado a los 74 años. Pasó toda una vida tinqueándose, y viviendo de upa, hasta esa edad. No es ninguna.sorpresa que el pobre sea un inútil de aquellos para todo lo que le toca hacer.
ResponderEliminarAdemás parece rey vikingo, con los cuernos saliéndole por los costados de la corona.
Nunca entenderé que gente de otros países hagan una reverencia para saludarlos. Por ejemplo los tenistas cuando los saludan en Wimbledon.
Eso debería ser para los súbditos y no para los extranjeros.