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PERSPECTIVA Noventa minutos y varias generaciones

Julio Roca (hijo), segundo desde la izquierda

Mientras espero el partido, prefiero recordar decisiones cuyos efectos siguen presentes después de casi un siglo

Si este Campeonato Mundial de Fútbol tuviera que dejar una enseñanza, la primera no debería ser que hay países que históricamente saquearon a la Argentina, porque es un hecho ampliamente conocido, sino que hubo argentinos que se pusieron a favor de la expoliación que sufrió este país, la justificaron, de tal suerte que hoy siguen creyendo que tendríamos mejor destino como colonias de los países centrales que como nación independiente y soberana.
Hoy la Argentina debe jugar contra Inglaterra un país que no solamente nos robó las Islas Malvinas, sino que antes de eso nos invadió en 1806 y 1807, ante el festejo alborozado de los contrabandistas porteños y de la Banda Oriental. A principios del siglo pasado, la influencia británica era tan fuerte que terminó haciéndonos celebrar un acuerdo que beneficiaba mucho más a ellos que a nosotros.
Veamos cómo fue.
Luego de la crisis mundial de 1929, Gran Bretaña cerró sus mercados en la Conferencia de Ottawa de 1932, para favorecer a colonias y dominios propios como el Canadá y Australia. La oligarquía ganadera argentina, desesperada por no perder su principal comprador de carne, envió a Londres una delegación encabezada por el vicepresidente Julio Argentino Roca (hijo) para que firmara un pacto con los ingleses.
El gobierno de Agustín Pedro Justo actuó desde el miedo y la sumisión, aceptando condiciones que se podrían calificar de humillantes: no buscó alternativas o hacer valer la posición de la Argentina.
Los hermanos Rodolfo y Julio Irazusta, y más tarde Arturo Jauretche y Raúl Scalabrini Ortiz denunciaron que la Argentina entregó su economía a cambio de una cuota de carne miserable y condicionada.
Las principales críticas se centraban en que el pacto establecía que el 85 por ciento de las exportaciones de carne argentina debían realizarse a través de frigoríficos extranjeros (en su mayoría británicos y norteamericanos, como Swift o Armour). Solo el 15 por ciento restante se reservaba para frigoríficos argentinos, y con la condición de que no tuvieran fines de lucro.
Como si fuera poco, para proteger las inversiones de los ferrocarriles británicos —que estaban perdiendo plata frente al avance de los colectivos y camiones argentinos— el gobierno entregó el control del transporte público de Buenos Aires a una corporación británica. Se desmantelaron líneas de tranvías y colectivos nacionales para evitar que compitieran con el tren inglés.
Por el pacto firmado entre el hijo de Julio Argentino Roca y Walter Runciman, la Argentina se comprometió a no aumentar los aranceles a las importaciones de carbón y bienes británicos, y a dar un trato benévolo a las empresas inglesas, garantizándoles la remisión de ganancias a Londres justo cuando escaseaban las divisas. El Banco Central de la República Argentina (creado poco después, en 1935) fue un diseño del técnico británico sir Otto Niemeyer para controlar la moneda argentina.
La mentalidad de la clase gobernante de la "Década Infame" quedó retratada en los discursos de la época. Durante los banquetes en Londres, el propio Julio Roca (Julito) pronunció una frase que quedó grabada a fuego en la memoria argentina: "La geografía política no siempre logra en los tiempos modernos expresar las realidades económicas... Yo puedo decir que la Argentina, por su interdependencia recíproca, es, desde el punto de vista económico, una parte integrante del Imperio Británico."
Los defensores del pacto argumentaron que fue una exageración diplomática para ablandar a los negociadores ingleses. Sí che.
En la década de 1930, la Argentina no era un competidor más; era el principal exportador mundial de carne vacuna.
Si bien otros países tenían stocks ganaderos masivos en volumen bruto, el país dominaba el mercado de carne de la máxima calidad gracias a una ventaja tecnológica y geográfica clave: el chilled beef (carne enfriada, no congelada). El ganado criado en la pampa húmeda se procesaba y viajaba en barcos frigoríficos a temperaturas de entre un grado y medio bajo cero, llegando a las carnicerías europeas con la misma ternura y sabor que la carne fresca.
Según datos precisos de aquel tiempo, el país proveía el 60 o el 70 por ciento de toda la carne vacuna que se comerciaba internacionalmente. En el mercado británico en particular —el mayor consumidor del planeta— la dependencia era brutal: casi el 90 por ciento de la carne enfriada que consumían los ingleses provenía de los campos argentinos.
Es decir, los ingleses comían gracias a la carne argentina y se les ocurrió hacer una pequeña trampita: compraban carne a través de sus propios frigoríficos instalados en la Argentina, manteniendo el control del negocio y asegurándose condiciones comerciales favorables mientras restringían nuestras posibilidades de negociación. Eso sí, debíamos aplaudir como si estuviéramos haciendo uno de los negocios más maravillosos del mundo.

Tarea para la casa
1
¿Quién dijo "La Argentina es una de las joyas más preciadas de la corona de su Graciosa Majestad"?
A: Un inglés.
B: El abogado argentino Guillermo Leguizamón (luego Sir Guillermo Leguizamón, tras ser nombrado caballero por el rey de Inglaterra). Destacado abogado de las empresas ferroviarias británicas en el país y presidente de la Corporación de Transportes.

2 ¿Quién dijo "La Argentina es una colonia británica que no le cuesta un centavo al gobierno británico"?
A: Un argentino.
B: El embajador de Gran Bretaña en Buenos Aires, sir Malcolm Arnold Robertson. Fue ministro plenipotenciario en Buenos Aires a partir de 1925 y se convirtió formalmente en el primer Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de Gran Bretaña en la Argentina entre 1927 y 1929.

3 ¿Qué hizo el gobierno argentino ante semejante atropello?
A: Presentó una protesta formal, exigió disculpas y evaluó represalias diplomáticas.
B: Se quedó en el molde.

Cuando hoy la pelota empiece a rodar frente a Inglaterra, quizás convenga recordar que los partidos duran noventa minutos. Pero las consecuencias de algunas decisiones políticas, en cambio, pueden extenderse durante generaciones.
Juan Manuel Aragón
A 15 de julio del 2026, en la plaza San Martín. Esperando el partido.
Ramírez de Velasco®

Comentarios

  1. Exelente resumen se la realidad nacional en Argentina. La época, lejos de ser una joya; fue el último orejón del tarro.

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  2. Hace dos días que quiero comentar y recibo el mensaje que "no se pudo publicar e intente más tarde" pero más tarde se pierde lo que escribí

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  3. Cristian Ramón Verduc15 de julio de 2026 a las 10:01

    A diario se ve que la sumisión continúa en muchos argentinos, además de la tan nombrada "balanza comercial", que parece haber sido siempre desfavorable para nuestro país.

    ResponderEliminar
  4. Hay cosas que no entiendo de este artículo.
    Por una parte, inicia con un juicio de valor concluyente y categòrico "es un hecho que los países extranjeros saquearon a La Argentina", pero despues dedica toda la narrativa a hablar de los argentinos que entregaron, por propia decisión e intereses, la riqueza productiva de ese entonces a uno de esos paìses "saqueadores".
    O sea, todo el artìculo plantea una falacia de falso dilema. Si las decisiones de estrategia de mercado del paìs estuvieron manejadas por cipayos entregadores, no sigamos cometiendo el mismo error de siempre de ser tan hipócritas de culpar a los países que solo aprovecharon esa actitud escrupulosa de los nuestros.
    Ya es hora de jubilar el libro de Galeano "Las venas abiertas de Latinoamérica", que enseñó a todo el continente a victimizarse y culpar a los demás por lo que nosotros mismos supimos conseguir ....o perder, más bien. Además el mismo Galeano se arrepintió del mamarracho que era su libro antes de morir.
    Por otra parte, he escuchado hasta el hartazgo que La Argentina estuvo entre los países más ricos y poderosos entre los años 10 y 30, y que ojalá alguna vez logremos volver a serlo. Así que aparentemente las contradicciones siguen apareciendo.
    En conclusión. Dejemos de lado las ideologías, las frases hechas, los clichés y las web-adas, y evitemos caer en el error de presentismo, que es juzgar con estándares de hoy lo que sucedió según condiciones imperantes hace más de un siglo.
    Entendamos que solo los devoran los de afuera a los que entre ellos se pelean (o entongan). Y esperemos que por fin el libro de Galeano pase a ser solo lo que debió ser siempre, "la biblia polvorienta de los trasnochados comunistas

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