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| "Esclavos", de Raúl Cisterna |
Cambian los tiempos, los discursos, las herramientas y los nombres, pero ciertas inclinaciones permanecen intactas
La esclavitud es uno de los peores males que ha sufrido y quizás sufre todavía la humanidad. ¿Por qué? Bueno, porque viola la dignidad humana, trata a la gente como medio y no como un fin en sí misma y produce un daño irreversible y sistemático en los pobres sometidos.¿Alguien imagina algo peor que la esclavitud? El hombre que tiene prohibido hacer lo que le dicta su voluntad, sin embargo, todavía tiene una libertad que nadie le puede quitar: la de pensar lo que se le da la gana. En sus horas más amargas tiene el humilde consuelo de cagarse mentalmente en el amo, su casa, sus parientes cercanos, su trabajo, su vida y su santa madrecita.Es casi imposible pensar que puede haber un grado más alto de sometimiento. El mundo moderno, sin embargo, se ha ingeniado para crear esclavos infinitamente peores: los que están conformes con su esclavitud y darían su vida por defenderla de cualquiera que intentara quitarles las cadenas.
Los hay de varias clases, de las cuales los tecnológicos están entre los últimos que surgieron, tipos que darían la vida por defender su derecho a tener un teléfono celular. Fíjese también en los que no pueden vivir sin revisar a cada momento su cuenta en Instagram, o los que parecen considerar más importante el alias para que les paguen por sus servicios que sus propios hijos. Pero no son los únicos.
Hay gente esclavizada por una ideología que le ha sometido el cerebro y la hace pensar en todo bajo el prisma de determinados lemas formateados de antemano como anticipada respuesta a todas sus preguntas. Hay quienes sostienen que, para hacerla llegar a ese estado de cautiverio, la televisión se ocupó primero de obligarla a dejar la lectura. Luego de fabricar dos o tres generaciones de alfabetizados que leen con dificultad los carteles indicadores de las calles, ya fue tarea fácil inocularles virus simples, comprensibles y hasta se diría potentes, para que se hicieran carne en su cerebro.
Son esclavos enamorados de su triste condición, que esperan solamente que salga un modelo nuevo de cadena para adquirirlo con el salario que les paga el amo, justamente para que compren el último, que viene con eslabones brillosos o con forma de collar Ultra Súper de Luxe, "made in China".
Los siervos voluntarios se reconocen porque tienen una sonrisa enorme para felicitar a su amo y palmotear con frenesí cada vez que reciben una graciosa concesión. Pero, como son sometidos voluntarios, quizás desde el padre del padre del padre, están igualmente dispuestos a abandonarlo cuando aparezca otro. No crea que será para caminar hacia la libertad, faltaba más. Espere un poco y verá cómo se agachan ante el próximo, al que le harán las mismas reverencias, gracias y monerías que le hacían al anterior.
Como corresponde.
Juan Manuel Aragón
A 3 de octubre del 2026, en El Quebracho. Esperando el Itilco.
Ramírez de Velasco®



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