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ACEQUIA Cantimplora y camello

Belgrano y Avellaneda Escrito en primera persona para destacar la personalidad de algo que se perdió para siempre en Santiago Estuve todo el tiempo que me necesitaron. Desde las épocas de Francisco de Aguirre, durante más de cuatro siglos acompañé a los santiagueños, entregándoles frescura, sombra, abrigo y una identidad que serpenteaba en medio de la ciudad y la atravesaba de lado a lado. Al principio hubo protestas, pero pocas nomás. Yo era verde, repleta de pájaros que alegraban las calles y, según dicen los más viejos, a veces hasta se pescaban mojarritas en mis orillas rumorosas. Vino la modernidad y me arrancó de cuajo. Me reemplazaron por un bosque infame de mástiles de metal, cables ensuciando el cielo, cemento y un calor de fuego que provoca que, durante los veranos, a la siesta, sean pocos los que se animen a pasar sin llevar una cantimplora con agua, un camello y víveres suficientes para cruzar el desierto que divide la ciudad de lado a lado. Cuando comenzaba la década del 7...