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| Belgrano y Avellaneda |
Escrito en primera persona para destacar la personalidad de algo que se perdió para siempre en Santiago
Estuve todo el tiempo que me necesitaron. Desde las épocas de Francisco de Aguirre, durante más de cuatro siglos acompañé a los santiagueños, entregándoles frescura, sombra, abrigo y una identidad que serpenteaba en medio de la ciudad y la atravesaba de lado a lado. Al principio hubo protestas, pero pocas nomás. Yo era verde, repleta de pájaros que alegraban las calles y, según dicen los más viejos, a veces hasta se pescaban mojarritas en mis orillas rumorosas.Vino la modernidad y me arrancó de cuajo. Me reemplazaron por un bosque infame de mástiles de metal, cables ensuciando el cielo, cemento y un calor de fuego que provoca que, durante los veranos, a la siesta, sean pocos los que se animen a pasar sin llevar una cantimplora con agua, un camello y víveres suficientes para cruzar el desierto que divide la ciudad de lado a lado.Cuando comenzaba la década del 70, aquella que prometía liberarnos de los yugos del pasado y de otros que estaban por venir, de golpe y porrazo me hicieron desaparecer de la faz de la tierra. Cuando la piqueta terminó su trabajo, no quedaban señales de lo que había sido, salvo un cartel cerca de las vías que indica: "Por aquí pasaba".
Pero ya entonces los argentinos éramos expertos en levantar estatuas a las causas y pedir leña para las consecuencias. Habría sido más humano acompañar el crecimiento de la ciudad con nuevos centros cívicos y otras soluciones urbanas, en lugar de tronchar una maravillosa obra de ingeniería que había contribuido a darnos una identidad como pueblo.
Pero ¿para qué culpar a los otros si la modernidad cabía completa en el espíritu de aquellos años, que terminaron siendo los más atroces de cuantos se vivieron en la patria? Hoy los turistas nos recordarían como aquella ciudad por la que se caminaba bajo cientos de álamos, con el agua corriendo fresca al costado del camino. Sin embargo, lo que encuentran es la ausencia de árboles en las calles.
Oiga, la naturaleza tiene sus formas caprichosas: una nube no se parece a ninguna otra, y una hoja de álamo no tiene en el mundo ni en la historia de las alamedas otra que sea igual. Ahí residía el secreto de mi belleza. Ninguna tardecita volvía a ser la misma bajo mi follaje. Tal vez Santiago es ahora mucho mejor que el que tuvimos. Pero sin aquello que conocían como "Acequia de la Belgrano", es otro.
Juan Manuel Aragón
A 7 de noviembre del año del Señor del 2026, sembrando coreanitos. En el cerco de atrás.
Ramírez de Velasco®



Es la consecuencia de una ciudad carente de planificación urbanística. No hay un plan rector que indique "a dónde se va" con respecto al manejo de los espacios de la ciudad y su circulación. Nadie entiende de patrones de flujo, uso del suelo, optimización de recursos, y racionalización de servicios públicos.
ResponderEliminarLas autoridades asignadas no tiene experiencia en el tema, solo son nombradas según los votos que arrima o sus vínculos de padrinazgo político, y son cambiadas como se cambia de calzón sin que se haga conciencia de la necesidad de continuidad de gestión. Pará peor, cada 4 años se van todos, entran otros, y todo empieza de nuevo según la "visión" de los recién llegados.
En una reciente visita me encontré una proliferación de edificios dedicados a ministerios y secretarías, salpicados por toda la ciudad (otra que centro cívico), que causan una sobrecarga de tráfico que la ciudad no sostiene. Súmele a ello una cantidad de edificios de departamentos (como sin en Santiago no hubiera espacio para urbanizar en extensión), que en un terreno donde antes había un auto y 6 personas, ahora hay eso multiplicado por 50, consumiendo servicios de las mismas tuberías y transitando la misma calle hasta congestionarla.
Aquí en San Antonio, al arroyo que pasa por el medio de la ciudad lo han convertido en una senda ribereña, o como decimos en Clodomira "river walk", a la que asoman bares, hoteles y restaurantes y cuyas calles laterales son ahora sendas peatonales. Es el principal atractivo de la ciudad y visita obligada de los turistas.
Son diferentes visiones de gestión.