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| Tartesos |
El 30 de septiembre de 1958, se descubre un conjunto de joyas de oro que modifica el estudio de la ciudad de Tartesos
El 30 de septiembre de 1958, una cuadrilla de obreros que trabajaba en las instalaciones de la Real Sociedad de Tiro de Pichón, en el cerro del Carambolo, cerca de Camas, Sevilla, descubrió un conjunto de joyas de oro que modificó el estudio de Tartesos. Dentro de una vasija aparecieron 21 piezas de orfebrería, entre ellas dos brazaletes, dos pectorales, un collar y 16 placas. El arqueólogo Juan de Mata Carriazo identificó rápidamente el conjunto como tartésico y comenzó las excavaciones que convertirían aquel hallazgo en uno de los acontecimientos fundamentales de la arqueología española.Durante siglos, Tartesos había pertenecido sobre todo al territorio de los textos antiguos. Heródoto, Estrabón y otros autores grecolatinos hablaron de una región situada en el extremo occidental del Mediterráneo, vinculada al bajo Guadalquivir y célebre por sus riquezas. También aparecieron referencias a Tarsis en textos bíblicos. Las noticias describían un territorio próspero, relacionado con la minería y el comercio, pero durante mucho tiempo faltaron restos arqueológicos que permitieran asociar aquellas referencias con una cultura histórica concreta.La búsqueda arqueológica había adquirido especial intensidad a comienzos del siglo XX. El arqueólogo alemán Adolf Schulten dedicó años a localizar la ciudad que imaginaba como centro del reino tartésico. Buscó especialmente en las proximidades del Guadalquivir y de las marismas de Doñana, pero sus excavaciones no permitieron identificar la ciudad. La ausencia de una capital reconocible alimentó durante décadas el debate sobre si Tartesos había sido realmente un reino organizado, una ciudad concreta o una denominación aplicada por los autores antiguos a una región.
El hallazgo del Carambolo se produjo de manera accidental. Los obreros ampliaban y mejoraban las instalaciones deportivas cuando uno de ellos golpeó con su herramienta una vasija enterrada. Al abrirla apareció el oro. El conjunto estaba formado por piezas trabajadas con gran precisión, fabricadas en oro de elevada pureza y con una masa cercana a los tres kilogramos. La noticia se difundió rápidamente y los arqueólogos comenzaron a estudiar su procedencia, antigüedad y significado.
Carriazo recibió las piezas poco después del descubrimiento. Catedrático de Historia y arqueólogo, era además delegado de zona del Servicio Nacional de Excavaciones Arqueológicas. Tras examinar el tesoro descartó diversas atribuciones que habían circulado inicialmente y sostuvo que se trataba de una producción hispánica vinculada con Tartesos. Consideró que su cronología correspondía aproximadamente a los siglos VII y VI antes de Cristo y relacionó aquella riqueza con el mundo tartésico conocido por las fuentes antiguas.
Las excavaciones comenzaron prácticamente de inmediato. Los trabajos arqueológicos realizados en el cerro permitieron localizar estructuras y materiales que durante décadas fueron interpretados como pertenecientes a un asentamiento tartésico. La asociación entre el tesoro y Tartesos se convirtió rápidamente en una referencia fundamental para la arqueología del sur de la península ibérica. La investigación posterior llegó a considerar el descubrimiento como un punto de inflexión, porque por primera vez las noticias literarias sobre Tartessos podían confrontarse con una importante evidencia material.
El tesoro estaba compuesto por 21 objetos: dos brazaletes, dos pectorales, un collar y 16 placas rectangulares. La calidad de la elaboración y la cantidad de oro sorprendieron a los investigadores. Su iconografía y sus técnicas de fabricación revelaron además la complejidad de las relaciones culturales existentes en el sur peninsular durante la primera mitad del primer milenio antes de Cristo. Las piezas fueron fechadas inicialmente en torno a los siglos VII y VI antes de Cristo, aunque posteriormente la interpretación arqueológica del conjunto fue revisada.
La identificación del Carambolo con Tartesos tampoco quedó definitivamente establecida. Investigaciones posteriores cuestionaron la interpretación inicial y plantearon una presencia fenicia mucho más importante de la que se había supuesto. Algunos estudios propusieron incluso que el conjunto de oro pertenecía a un contexto de culto fenicio. La investigación arqueológica dejó así de preguntar solamente dónde estaba la ciudad de Tartesos y comenzó a estudiar un fenómeno cultural más amplio, relacionado con las poblaciones indígenas y las comunidades orientales establecidas en el suroeste peninsular.
El propio Carriazo amplió sus investigaciones después del hallazgo. Excavó otros lugares relacionados con la cultura tartésica y publicó numerosos estudios sobre el Carambolo. En 1973 apareció su extensa obra dedicada al tesoro, con más de setecientas páginas e ilustraciones. Su interpretación defendía una fuerte raíz indígena de Tartesos y consideraba que las relaciones con fenicios y otros pueblos mediterráneos habían desempeñado un papel importante sin explicar por sí solas el desarrollo de aquella cultura.
El 30 de septiembre de 1958 quedó así asociado al descubrimiento que hizo que Tartesos dejara de depender exclusivamente de las referencias de los escritores antiguos. El Tesoro del Carambolo no permitió encontrar la ciudad que Schulten había buscado ni demostró por sí solo la existencia de una capital tartésica concreta, pero proporcionó una extraordinaria colección de objetos arqueológicos vinculados al mundo del bajo Guadalquivir. Desde entonces, el debate pasó de preguntarse únicamente si Tartesos había existido a discutir qué fue exactamente aquella sociedad, dónde se desarrolló y cuál fue la relación entre sus poblaciones indígenas y las comunidades fenicias.
Ramírez de Velasco®


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