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| Ilustración |
Una decisión largamente esperada despierta ilusiones, temores y la certeza íntima de haber dejado atrás la infancia
La primera vez fue con la de mi padre. Siempre la había visto como algo ajeno, que no me correspondía, sobre todo por mi edad. Creía que aquello era cosa de gente grande, los menores no debíamos hacer uso, como se decía entonces. Me ilusionaba pensar en que algún día yo también sería hombre y tendría una para mí. A veces creo que mis hermanos también compartían ese deseo de estrenarse con esa, no con otra. No tenía miedo, sí un poco de inquietud porque, si me pillaba me iba a retar. "No tienes edad todavía" supuse que me diría.Mi madre lo sabía. Tal vez se lo diría él o lo adivinaría, con esa intuición que nunca le fallaba. Siempre descubría qué me gustaba, qué quería o con qué lo acompañaría. Desde la ropa, hasta las comidas, mi alma no le guardaba secretos. Había visto hacerlo todos los días. Nunca puso una queja; al contrario, lo alentaba, como si entendiera por qué prefería que fuese de esa manera.¿Ya dije que en aquella ocasión lo hice con la de mi padre? La verdad, no me gustó tanto. No tuve una sensación muy distinta. Es más, creía que todos lo iban a notar, pero nadie me dijo nada. Después me di cuenta de que era natural que nadie se percatara de lo que había hecho, porque mi apariencia no cambió mucho, no tenía por qué hacerlo. Pero desde ese día me sentí un hombre hecho y derecho.
Sentí que acababa de cruzar una frontera invisible. Ya faltaba poco para fumar delante de todos, tomar vino en público y hacer vida de adulto. Me di cuenta de que decirle a mi padre que había hecho uso de la suya habría sido una provocación. Pero supe que tarde o temprano debía hacerlo. Seguir usando la de él ya no tenía sentido.
Justo cuando estaba terminando, mi hermano más chico entró y casi me pescó. No sospechó nada, quizás si hubiera sido un poco más grande, se habría dado cuenta, pero era inocente todavía. No sabía los secretos que guarda el alma de un joven cuando empieza a hacerse hombre.
Estos recuerdos vuelven cada mañana, cuando paso la máquina de afeitar sobre las mejillas cubiertas de espuma. Aquella vez me quedó la cara lisa.
Como culito de bebé.
Juan Manuel Aragón
A 12 de agosto del 2026, en Beltrán. Tomando hesperidina.
Ramírez de Velasco®


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