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| "Noche", de Raúl Cisterna |
Una vida entera conversando silenciosamente con ella, buscando consuelo, compañía, respuestas y finalmente una sonrisa
Siempre se había sentido atraído por ella. De chico, en el patio de su casa pasaba horas mirándola por entre las ramas del paraíso. Las noches heladas de invierno se abrigaba para verla surcar las estrellas. Le contó sus penas cuando murió su padre y se lo encomendó después. En sus viajes, en ocasiones detenía el vehículo en un lugar desconocido sólo para mirarla un rato, contarle sus pesares, pedirle que le anticipara algo de lo que iba a suceder, si es que lo sabía. Algún que otro amigo no le bancó la parada, un amor le mintió cariño, en el camino se le murieron varios parientes, soportó la pobreza y ese especial estado de bonanza que los argentinos llaman “mal pero acostumbrado”, para no decir que andan bien pero no millonarios. Siempre con ella como consejera.Durante algún tiempo parecía que la olvidaba, sólo porque el trabajo y las preocupaciones de todos los días no lo dejaban salir a mirarla, a conversar un rato, narrarle sus penas. Cuando se recuperaba de los varios desamores con que lo castigó la suerte, la buscaba entre el celaje con que la atmósfera suele pintar la oración, en ese momento especial que sucede justo antes de hacerse tuta-tuta.Cuando pudo, enseñó a los hijos el valor de la contemplación como un arte en sí mismo, sin ninguna utilidad, por el gusto de tener un otro yo en alguna parte; porque ella sabía en cada momento lo que le sucedía. Sólo el mayor de los hijos comprendió lo que había querido enseñar: una noche, mientras tomaban el fresco en la vereda, le contó que era su amiga. Entonces supo que la tradición seguiría, que no estaría sola, al menos por un tiempo más.
Sostenía que no era cierta aquella historia que contaba que se trataba de un satélite natural que cada tanto daba una vuelta completa a la Tierra y que una vez habían visitado unos astronautas para plantar una bandera. Decía que en realidad era una creación imaginaria colectiva, existía porque había mucha gente que creía que su presencia levantaba el agua de los mares, ponía algo de locura en la cabeza de las mujeres, alumbraba el camino de los descarriados, hermoseaba el sembrado con su tenue lumbre blanca.
Una tarde alguien dio el aviso de que había caído boqueando en el pasaje Castro. “Ataque al corazón”, informaron. Una chica que trabajaba ahí dijo que en ese momento miraba hacia la calle Tucumán, donde nace la luna.
El finado sonreía.
Juan Manuel Aragón
A 8 de septiembre del 2026, en Sossegos. Cafeteando.
Ramírez de Velasco®


Yo conocí el pasaje Castro en Sgo. si sr. y a mi amigo Ochomil le dábamos ese apodo por ser petiso y ediondo ja ja. Y lo de Ochomil ? el contaba que cuando se casó hicieron ochomil empanadas .
ResponderEliminarYo soy Pilpinto Santos y siempre estoy atento en esta redacción. Me gustaría conocerlo personalmente a don Juan Aragon.