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| "Metálico", de Raúl Cisterna |
Inteligencia artificial, cuerpos metálicos y vehículos autónomos anuncian una humanidad, arrinconada
De la inteligencia artificial salen ideas plastificadas, redondas o cuadradas, pero nunca de esas que copian a las nubes, que van cambiando de apariencia: un rato con forma de pez, después son la cara de un tío lejano y, finalmente, se vuelven nada, como las que traemos desde la cuna los cristianos, ideas de talento natural, digamos.Una inteligencia artificial entrenada para eso le podría ganar al ajedrez a cualquiera, desde el aprendiz más bobo hasta el mismísimo campeón del mundo, pero le falta la emoción de saber que podría comerse la dama contraria si no fuera por ese peón maldito, o la tristeza de tener que tumbar al rey porque lo ve perdido. La máquina no perdona.Dicen que cuando se popularice terminará con el pecado original de la imaginación de los que sueñan despiertos y se imaginan mundos más allá de las estrellas o más aquí, con las pequeñas hormigas. Puede ser, pero el precio que habrá que pagar será el de las máquinas como dueñas de todo lo creado, obedeciendo a una supercomputadora conectada, a su vez, con una central atómica que bien podría ser dirigida por un grupo de cucarachas, ranas verdes, arañas o el mismísimo Belcebú. La boca se le haga a un lado.
Los robots que están creando los científicos terminan resolviendo problemas que no tenemos, con soluciones que no convienen, en escenarios en los que preferiríamos no estar. ¿Quién necesita una mujer de plástico cuando las de carne y hueso, sangre, ojos, nariz, pelos, olores e historias de amor y desamor están al alcance de la mano, paseando por las calles, muchas veces ignoradas y solas?
¿Qué mujer querría un hombre joven, fuerte y viril, con hombros de fierro, aceites minerales en las coyunturas, funcionando a batería, los ojos perdidos en el vacío, las manos frías, la voz mineral, inorgánica, sin humanidad?
Ya se están viendo camiones corriendo por las rutas sin chofer, aviones vacíos, barcos sin marineros, sal con gusto a nada, un perro que persigue a un barrilete de metal oxidado, mujeres que ofrecen su cuerpo a los desprevenidos viandantes para que abusen de ellas después de pasarle una tarjeta magnética por el entrecejo, y súcubos del Averno sembrando pavor entre los pocos que quedamos, si es que dejan alguno.
Las máquinas están terminando de apoderarse del mundo. Un rato le tocará a usted; luego, al vecino. Ya están tocando a la puerta. Vienen por mí, lo sé porque…
Juan Manuel Aragón
A 22 de octubre del 2026, en la Fandet. Esperando el 115.
Juan Manuel Aragón®



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