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| "Cortá la bocha", de Raúl Cisterna |
Cambiar de gustos puede ser señal de progreso, pero hay placeres modestos que merecen acompañarnos toda la vida
No ha tenido buena prensa la mortadela, pero la de antes, la que vendían en los almacenes de todo el norte, redonda e inmensa, sabrosa y siempre bien apreciada cuando habías pasado un día entero trabajando y llegabas a esos paradores del fondo de las ciudades o perdidos en medio de esos desiertos mágicos de esta fracción atroz de la Argentina.Es dicho popular que cuando una familia anda pelechando, lo primero que descubre es que hay otros gustos y así como cambia el auto –si es que lo tenía– por una camioneta de las grandes, pasa de la mortadela al salamín, que da más categoría. De paso alguno de la familia siempre podrá comentar que los de la Colonia Caroya son más ricos, dándoselas de entendido, de tipo corrido, con todo un mundo gourmet caminado.Mientras, nosotros, los que sabemos que quedaremos pobres para siempre, porque nos basta con un techo para la noche y algo de comida en el plato, juramos amor eterno a la mortadela, no tanto por convicción de clase sino porque no nos avergüenza decir que nos gusta. Y cuando compramos un número de la lotería, nos prometemos, no abandonarla jamás, por más que la patrona cambie el vetusto juego de living por otro más moderno. Ah, tampoco vamos a transar en lo de la camioneta grande, ¿para qué queremos vehículo si no tenemos dónde ir?
Dicho sea de paso, tampoco vale el mal chiste de que el jamón es para el melón y la mortadela para la sandía.
Recuerdo muy especialmente un sánguche de mortadela que comí una mañana en La Banda. Habíamos ido con mi amigo Rafa a cobrarle a un tipo que vivía en la calle Garay. No estaba. Era fin de mes y hacía mucha hambre. Decidimos esperarlo en la esquina, tapados por unos paraísos, haciéndonos los qué. En un estar llegó el tipo. Lo encaramos. Entró a la casa, luego de rato adentro salió con la plata. Le entregamos el recibo y nos mandamos a mudar, felices de la vida.
A las dos cuadras hallamos un almacén, no pregunte dónde quedaba exactamente porque no recuerdo. Era cerca del mediodía. El dueño, que justo estaba por cerrar, nos preguntó qué queríamos. Compramos cuarto de pan francés, cuarto de mortadela cortada en fetas y una Secco.
Ah, no sabe amigo.
Juan Manuel Aragón
A 20 de octubre del 2026, en Toro Negro. Pasando nomás.
Ramírez de Velasco®



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