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| "Citroen", de Raúl Cisterna |
Tres casos de policías, vehículos, documentos y algunas historias que durante mucho tiempo formaron parte de los viajes
La proliferación de automóviles y las carreteras interprovinciales trajeron al norte de la Argentina un gran negocio: las policías camineras. Eran casi siempre puestos policiales perdidos en la ruta, con un agente haciendo señas para detener el vehículo. Le preguntaban de dónde venía, adónde iba, cuál era el motivo del viaje. Pero no anotaban en ninguna parte, tampoco llevaban una estadística. En algunos lugares eran solamente un motivo para molestar a los transeúntes y en otras, una fuente de financiamiento de los que estaban de guardia. Unas eran más picantes que otras. Las de Tucumán eran famosas por la avidez, Salta no les daba mucha bolilla y las de Jujuy eran como las tucumanas, pero algo menos.Van tres casos en que el control policial fue burlado o les sacaron la lengua.Sucedió en la década del 90. Un conocido volvía en auto de Tucumán y en la caminera lo paró la policía. Le hicieron probar las luces y descubrieron que no le funcionaba un foquito de la luz de freno. ¡La pucha!, ¿qué tengo que hacer? preguntó. Repare el desperfecto o no vamos a dejar que siga. Estacionó a un costado y sacó un destornillador para ver si hacía funcionar el foquito. Estuvo como quince minutos y se dio cuenta de que estaba quemado, no tenía repuesto, así que estaba en el horno. Además, no quería ´arreglar´, usted entiende. Entonces se le ocurrió una idea. Volvió hasta donde estaban los policías y les contó la verdad. Pero les averiguó si no tenían un teléfono para hablar con el diario.
—¿Con qué diario quiere hablar? —le preguntaron.
—Con mi jefe de El Liberal —respondió.
Lo dejaron pasar. Por suerte no averiguaron más, porque obviamente no trabajaba ahí.
Otro caso.
Un pariente trabajaba en un estudio jurídico dedicado al derecho penal. Muchas veces acompañaba al abogado a las comisarías. Una vez tuvo que viajar a Jujuy, por lo que pasaría por varios puestos camineros. No tenía carnet. Pero fue y volvió sin problemas. ¿Cómo hizo?
—En cada uno paraba al costado de la ruta, me bajaba y averiguaba algo, pero con la jerga de ellos. Preguntaba sobre un subcomisario de apellido Castillo, Gómez o Rodríguez. Decía que iba a verlo con asuntos de la Jefatura de Policía de Santiago, me convidaban un mate, me hacían la venia y seguía viaje.
—Así has demorado más.
—Sí, pero sin carnet y sin verso, no pasaba.
El último caso ya lo conté antes, pero vale la pena recordarlo.
Cuando éramos chicos viajábamos con mi madre, en un Citröen 3CV, con mis 6 hermanos y un amigo. A veces, en la ruta 34 de ripio, antes de llegar a Pozo Hondo, de una desvencijada casilla nos salía al paso un solitario agente. Esa vez volvíamos del pago y éramos los únicos que pasaríamos ese día, no se iba a perder nuestra detención. Preguntó de dónde veníamos: de Sol de Mayo; adónde íbamos: a Santiago.
—¿Qué traen atrás? Bajen, quiero revisar.
—Bajen chicos, el señor agente quiere revisarnos —ordenó mi madre.
Imagínese, yo era el mayor y tendría doce años, el menor era mi hermano José y tenía tres por ese entonces. Empezamos a bajar. Mi madre abrió el baúl y empezó a sacar los bultos, un bolso, otro bolso, otro más, dos zapallos, un canasto con quesos y botellas de leche que nos había dado mi abuelo, un bolsito con las zapatillas.
—No, deje nomás, doña. Metan todo adentro y sigan.
Usted tendrá otra anécdota o muchas más, algunas risueñas y otras no tanto. El asunto es que durante mucho tiempo ese fue el sistema que hallaron las autoridades del norte para controlar los vehículos. Uno se imagina que, si había un robo en el que participaba un Valiant, un Ford, un Rambler, hablarían por radio a ese perdido puesto caminero para detener a delincuentes. Pero sabe que los chorros no serían tan tontos como para escaparse en el mismo auto con el que habían robado el banco. También se sabía que, si alguien quería pasar armas, desde un matagatos hasta una bazuca, tenía que mandar a una mujer con varios niños, total, nadie sospecharía. Además, es de suponer que los delincuentes tendrían todos los papeles en regla, no les faltaría ni un foco y pondrían cara de inocentes, cual monjita que va al convento a ver a la hermana superiora.
Juan Manuel Aragón
A 19 de octubre del 2026, en La Merced. Visitando amigos.
Ramírez de Velasco®



1. Había fallecido mi abuela en Córdoba y traían el féretro a Santiago en una ambulancia. Iban a salir madrugando y llegarían al mediodía. Todos los familiares, mucha gente mayor, esperaban en nuestra casa. Como se demoraba se me ocurrió ir a la radio policial para que llamen por radio a la caminera de Ojo de Agua y pregunten a qué hora habían pasado, y así calcular mejor su arribo.
ResponderEliminarSe comunicaron a eso del mediodía y nos dijeron que todavía no habían pasado. Entonces les dijimos a los parientes que regresaran a sus casas a comer, dormir la siesta y volver en 3hs.
En cuanto se fueron todos, la ambulancia apareció doblando la esquina.
A la caminera se le había pasado una ambulancia con un féretro!!!!!!
2. En la caminera del límite con Tucumán, pasando Las Termas, te vendían rifas a beneficio de los policías, que nunca se sorteaban . Una vez pedí entrar al baño, y en la pared había un gancho con todas las planillas de registro de los vehículos que pasaban, marca, modelo, procedencia y destino. Allí comprobé que a todos esos datos realmente se los pasaban por el tujes.