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| "Pensión", de Raúl Cisterna |
Anécdotas de mi vida errante, lo que perdí en el camino y aquello que ninguna mudanza consiguió llevarse
Es dato recontra sabido que una casa de pensión, al menos en Santiago, es una pequeña selva con las mismas leyes que rigen en el África: cada cual atiende su juego y el último no pasa ni a palos. A veces el primero tampoco. O ninguno, báh, para que vamos a decir una cosa por otra. En esas casas fui dejando jirones de una biblioteca que nunca llegué a completar del todo. Entre los textos que se me fueron, recuerdo “La Pampa”, de Alfredo Ebelot, inhallable, de tapa dura, del que extraño sus hermosas ilustraciones. Un amigo me lo pidió para leerlo. A los meses, cuando se lo solicité, me negó el préstamo en la perra cara.En ese tiempo andaba con lo puesto más una muda de ropa que llevaba en un bolso. De una pensión me fugué una noche por la ventana, sin pagar. A todos los pensionistas nos querían cobrar sin prorratear la boleta de la luz. Quedaron ahí varios tomos de la “Historia socialista de la Revolución Francesa”, de Jean Jaurés: ruego a los amigos que, si los ven en algún ropavejero de la calle Yrigoyen, me avisen así los rescato. Suele ser un gremio mezquino el de los lectores, por lo que desconfío de que me vayan a notificar si detectan ese u otros libros con mi nombre en las páginas iniciales, por las dudas, lanzo esta botella al mar de la incertidumbre.Una antigua versión del Corán también se perdió en el camino, pero sospecho que se la quedó cierta novia que tuve que, dicho sea de paso, no me devolvió otras obras de las que guardo recuerdos precisos. El Quijote, de Alonso Fernández de Avellaneda, engalana su biblioteca y es muy posible que hoy sea hojeado, en pantuflas y tomando un whisky por el siempre anteúltimo marido de aquella mujer. Confieso que la comprensión del Corán no me resultó fácil y la abandoné apenas comenzada: era una traducción del árabe al francés y de ahí al castellano. Pero su introducción era una historia bastante esclarecedora, de los árabes, antes, durante y después del Profeta, con explicaciones acerca de aquella cultura que no he vuelto a encontrar en ninguna otra parte.
Muchos otros libros extravié esos años. Pero si algún consuelo hay que buscar en los infortunios que regala la vida, a todos los perdidos al menos antes los leí. Podrán haberme robado papel, que se pesa, se mide, se quema y se olvida. La memoria del goce de la lectura, ¡ah!, eso queda en mí para siempre. Llevaré a la tumba quizás no el recuerdo de cada uno, sino las saudades del tiempo en que sus páginas eran siempre motivo de placer y regocijo.
Por ahí esos textos no están más, pero son una parte de lo que intento ser.
Juan Manuel Aragón
A 24 de septiembre del 2026, en La Merced. Rezando el Rosario.
Ramírez de Velasco®
Muchos otros libros extravié esos años. Pero si algún consuelo hay que buscar en los infortunios que regala la vida, a todos los perdidos al menos antes los leí. Podrán haberme robado papel, que se pesa, se mide, se quema y se olvida. La memoria del goce de la lectura, ¡ah!, eso queda en mí para siempre. Llevaré a la tumba quizás no el recuerdo de cada uno, sino las saudades del tiempo en que sus páginas eran siempre motivo de placer y regocijo.
Por ahí esos textos no están más, pero son una parte de lo que intento ser.
Juan Manuel Aragón
A 24 de septiembre del 2026, en La Merced. Rezando el Rosario.
Ramírez de Velasco®



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