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| Juanita |
Que trata de lo que no le enseñamos a hacer, lo que sí aprendió y cómo se convirtió en centro de la vida
"¡La papa para Juanita!", había aprendido a decir y lo repetía poniendo la voz parecida a la de mi madre que se lo había enseñado. Le ponía el dedo y ella se subía, le andaba por los hombros, se le subía a la cabeza o se posaba en su brazo. Menos cuando venía la comadre Amalia, que era respetuosa y decía que no iba a conversar con alguien con un bicho verde sobre el hombro. Era la única que no la quería, el resto la apreciaba.Cuando la trajeron, la abuela Eulalia pidió que estuviera siempre al lado del sillón en que tejía para nietos y bisnietos. "Quiero tenerla cerca, porque si no estos forajidos le van a enseñar malas palabras", dijo. Por ella aprendió también a decir: "Pica, pica tu caballito moro, que no te cornie el toro", que tanta gracia nos hacía.Sospechábamos que, si la soltábamos, al tiempo todas andarían de un lado para otro gritando: "¡La papa para Juanita!". Soñábamos con que un día le daríamos la libertad y nos lamentábamos de que la abuela no nos hubiera dejado enseñarle malas palabras.
Ya las estábamos viendo a las viejas gordas del pueblo espantadas con los insultos de las bandadas, a las maestras sonrojándose frente a sus alumnos, al comisionado municipal interrumpido, en el momento más importante de su discurso, por miles, yendo de una chacra a la otra, gritando: "¡Vete a la mierda, peronista maricón!".
No era como otras que pican a las visitas o que, justo cuando quieres mostrar que saben hablar, se quedan mudas. Era servicial. Cada vez que venía gente, les hacíamos admirar las habilidades de Juanita que, muy entendida, hacía todas las evoluciones que le pedíamos.
Fue parte de nuestra infancia Juanita, tanto que aún hoy, cuando nos topamos en cualquier lugar del mundo, primero la recordamos a ella. Un primo dice que fue el hilo conductor que nos mantuvo unidos, más que nuestros padres y los abuelos. Quizás tiene razón.
Un día, cuando le llevamos la papa, nos dimos con que estaba mustia, los ojitos como cerrándose. Se apagaba. El tío Alberto, que sabía mucho de animales porque había trabajado de cuidador en el hipódromo, recetó soplarle el culito. Al principio pareció revivir, pero después se puso peor. Alguien dijo que se iba a morir y que más valía despenarla. Los grandes lo habrían hecho si no fuera porque nos opusimos.
Una o dos mañanas después, Juanita amaneció muerta. La abuela ya no tuvo a nadie para conversar en sus horas tejiendo en la mecedora y nosotros nos quedamos sin la ilusión de enseñarle malas palabras para espantar al pueblo.
Después, el tío Alberto anunció que iba a traer otra.
Pero no sería lo mismo.
Juan Manuel Aragón
A 26 de octubre del 2026, en el Cerco del Alfa. Buscando palomas.
Ramírez de Velasco®



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