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| "Conyugal", de Raúl Cisterna |
Él quería que ella hiciera algo que jamás había intentado y, cuando ella accedió, su felicidad fue completa
¿Usted ha tenido tiempos felices, en los que realmente se sintió pleno frente a la vida? Bueno, yo sí. Hubo una época feliz en mi matrimonio, todo fue armonía, no hubo ni un sí ni un no, y vivimos en santa paz con mi mujer.Le cuento.
Entre otras historias que conseguía por la calle, un día vino con que una amiga y el marido habían hecho votos de castidad. “¿Para toda la vida?”, pregunté alarmado. Respondió que no lo sabía, pero le preguntaría. Pensé que comprometerse a algo difícil era loable, pero debía justificarse para no convertirse en un sinsentido.A los pocos días, entre lo que le había pasado a su compañera, la Faustina, con el marido y el precio del tomate, me propuso que debíamos hacer nosotros también un voto de algo. Entonces me vino una revelación divina, una epifanía, báh. Le dije que podríamos hacer como los monjes medievales, un voto de silencio entre nosotros. Ella dejaría de contarme lo que hacía todos los días en el trabajo, con lujo de detalles, no me hablaría más de asuntos que yo sabía de memoria sobre nuestros hijos, los vecinos, sus parientes, los míos, mi madre, la suya, y yo dejaría de responder con monosílabos.
Teníamos todo ordenado en nuestras vidas, así que no había casi necesidad de hablar: ella levantaba a los chicos, yo los llevaba a la escuela, ella se iba al trabajo, yo quedaba escribiendo, ella cocinaba, yo tendía las camas y entre ambos hacíamos las mismas compras todos los meses. “¿Para qué hablar?”, le pregunté. Respondió: “No será un sacrificio muy grande”. Y yo le dije: “Ahá”.
Y comenzó una de las etapas más dichosas de nuestro matrimonio, al menos para mí. Ella comentó a las amigas el trato que habíamos hecho. Fue tan grande el impacto que causó nuestro acuerdo que, en el cumpleaños de un sobrino, los conocidos me rodearon para preguntarme detalles de aquello que calificaron de “milagro”.
Habremos andado así un mes, quizás algo menos. ¿La verdad? Me estaba acostumbrando. Hacer todo en silencio no me molestaba. En casa hacía lo que me correspondía, ¡hasta planchaba la ropa con alegría!, una tarea que, antes del acuerdo del silencio, odiaba a muerte.
En ese tiempo conversé largo y tendido con mis hijos sobre sus problemas, aproveché para interesarme por sus estudios y los aconsejé como buen padre. Hasta hice algo que nunca antes había intentado: hablar por teléfono, durante horas, con un amigo.
Pero, ya se sabe, lo bueno dura poco. Una noche, ya acostados y bastante tarde, antes de dormirnos, me arrancó de las manos un libro que estaba leyendo. “¡No aguanto más!”, exclamó. Le respondí mirándola en completo silencio. “No te hagas el estúpido, no voy a seguir tu tonto jueguito”, se quejó. Y terminó de manera unilateral el acuerdo. Dijo que eso no era vida, que no era justo, que necesitaba un desahogo y que, si seguía así, un día explotaría de rabia. Tenía también, ¡uf!, un montón de reclamos más.
No va a creer, pero algo en mí se quebró para siempre esa noche.
Juan Manuel Aragón
A 26 de octubre del 2026, en Mailín. Cumpliendo una promesa.
Ramírez de Velasco®



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