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| "Desperfecto", de Raúl Cisterna |
Averigüe qué pasó cuando la Susana Giménez anduvo cerca del pueblo y por qué detuvo su auto en la casa de los Díaz
No recuerdo bien la fecha. La cuestión es que una vez estuvo la Susana cerca del pueblo. ¿Cómo qué Susana? ¿Qué dice, hombre? ¿No me cree? Si hasta salió en el diario y todo. Se le rompió el auto aquicito nomás, antes de Cortaderas, y a gatas llegó a la casa de los Díaz, que vivían al frente de lo que ahora es la entrada de la finca de los Gómez.Se bajó el chofer y preguntó si no había algún mecánico. No había, porque en el pago en ese tiempo sólo entendíamos de arreglos de sulkys, esas cosas. Pero alguien recordó que andaban por ahí los santafesinos que habían venido con las sembradoras, y los fueron a buscar. El que más entendía de motores abrió el capó y dictaminó que era algo del carburador, pero no me pregunte qué tenía porque de eso entiendo poco y nada.Los changos Díaz contaban que cuando ella se bajó del auto, parecía un sol, una visión maravillosa, eso que no era tan rubia como ahora. Imaginesé cuando la vieron aparecer bajo un solazo de fines de diciembre, apeándose como si bajara de una limusina en la gala de presentación de una película en la calle Lavalle de Buenos Aires.
La frase de Albertito quedó para la historia del pueblo. “Me quería redetir”, sigue diciendo ahora, que han pasado varios años. Es que, si bien todavía no se había convertido en la diva que es hoy, ya era Susana Giménez, la mujer más linda de la Argentina, y con eso le digo todo.
Cuando el mecánico lo sacó, dijo que tenía que desarmarlo para buscarle la falla o ponerle otro igual. Pero hay más de cien kilómetros hasta la ciudad. El arreglo podía ser eterno, oiga.
Endemientras a ella le habían ofrecido una silla en la sombra, bajo el algarrobo de los Díaz. Primero le ofrecieron mate, pero no aceptó. Le preguntaron qué tomaba, respondió que con un té estaría bien. Los changos salieron corriendo a buscar poleo. Pero era té de té, en saquitos. Suerte que había.
En eso, el santafesino anunció que intentaría ponerle el carburador de su auto, que era casi el mismo modelo. Trabajaron como una hora más. Entonces el gringo se arriesgó: “Vamos a ver si arranca”. Los chicos, que ya estábamos locamente enamorados, queríamos que no. Pero arrancó. Entonces ella se trepó al auto, tiró unos besos al aire y se fue. Los santafesinos hicieron que los del pueblo quedáramos bien. El carburador del auto de la Susana no servía para nada, pero qué importaba, ¿no?
Gauchadas son gauchadas.
Juan Manuel Aragón
A 24 de octubre del 2026, en Tercer Tiempo. Pidiendo un lomito.
Ramírez de Velasco®



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