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| "Urutaú entrando", de Raúl Cisterna |
Quince años mirando bichitos, una posta inexistente y nadie dispuesto a mover un dedo por un empleado cumplidor
En San Ignacio nunca pasa nada, no hay autos cruzando por la puerta de la casa, no nacen muchos chicos ni se mueren demasiados viejos. Tengo poco trabajo: de mañana cuento los ututus que van de izquierda a derecha y de tarde los que van de derecha a izquierda. En verano el calor es sólido, reverberante. ¿Ha visto que a lo lejos se suele armar como un vidrio de vapor en el aire? Eso pasa cuando se superan los 43 grados a la sombra. ¿Conoce? San Ignacio queda, yendo desde Urutaú, el culo del mundo, hacia el norte, a tres quilómetros de donde el diablo perdió el poncho.Cuando llegué pregunté dónde estaba la posta sanitaria. No había ni rastro. Me habían nombrado ordenanza de una oficina inexistente. A un policía del pueblo lo encargaron de vigilar todos los días si yo seguía en ese lugar. Era su único trabajo. Al final, de tanto averiguar si estaba o no estaba, nos hicimos chanchos amigos.Apenas llegado, me instalé en casa de unos paisanos que me alquilaron una piecita donde viví durante quince años, hasta jubilarme. Siempre contando ututus que iban y venían. No salí a ver ni siquiera cuando llegó César Iturre al gobierno, eso que hubo gente que le habló de mi situación. Fue el que inauguró el nuevo tiempo de Santiago, como decía la propaganda, pero nadie se animó a mover un dedo por mí. Yo era un nadie.
Fui el primero. Después fueron otros y otros y otros más y al último éramos una legión. Lo que había empezado como una excepción se convirtió en regla para todo aquel que se desviara, aunque fuera un cachito así de las normas Iram del partido. Aquí donde me ve, inauguré la costumbre del destierro.
Pero mejor le cuento desde el principio, para que entienda. Me llamo Carlos Antonio Barraza, vivo en el Sexto Pasaje del barrio Huaico Hondo. Vecino de toda la vida, mi casa queda a media cuadra de donde nací. Esto que le cuento no lo sabe nadie; es la primera vez que lo confieso, tal vez porque sospecho que me queda poco hilo en el carretel.
¿Ha visto cuando una cosa trae la otra? Bueno, eso me sucedió. Era un tipo metódico: todos los días, a las cinco de la mañana, sonaba el despertador para ir al trabajo. Como ordenanza del Ministerio de Bienestar Social era un Sarmiento: nunca faltaba. Primero limpiaba la oficina de ella, la Señora Nina, esposa del gobernador Carlos Arturo Juárez, y después seguía con las demás. Ese día, cuando iba por la Belgrano, a la altura de la Bolivia, pinché la goma trasera de la moto y casi me caigo. En vez de dejarla tirada y seguir en colectivo, la llevé a parchar; total, después hablaría con el jefe para justificarme.
Llegué a las siete y media. Dijeron que la Señora quería hablarme.
Recuerdo que pensé:
—¡Uy!, me echa del trabajo.
No terminé de entrar y me atinó un carterazo tremendo. Me pegó, ¿ve?, aquí, en medio de la cara. Debe haber sido el primero de su vida; al menos no existen antecedentes. Después la vieja repartió otros carterazos y la ligaron señores ministros, subsecretarios y periodistas. Algunos se hicieron célebres, hasta salieron en el diario. Menos lindo, de todo me dijo la vieja.
Al día siguiente, la Señora Nina firmó mi traslado a San Ignacio. Ordenanza de una posta sanitaria sin médico, sin enfermeros, sin camilla, sin algodón, sin una gasa ni una gota de alcohol para tirar sobre una herida.
En ocasiones veía 25 ututus en una sola mañana. A veces ni uno.
Llegué a San Ignacio el 7 de marzo de 1984 a las nueve de la mañana. Lo recuerdo clarito. Era miércoles de Ceniza.
Juan Manuel Aragón
A 1 de noviembre del 2026, en La Bajada. Arrancando la moto.
Ramírez de Velasco®



simepre lo mismo!!!
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