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GUAYACÁN Olvido de folkloristas

Solitario guayacán

Hay un árbol en el bosque santiagueño, ignorado por casi todos, de características casi únicas y especiales

Soy el guayacán, planta ni muy grande ni muy chica, de madera oscura, de las más duras y pesadas del mundo: si me tiran al agua, como al quebracho, no floto, me hundo. El campesino me usa como cabo de rebenque, como bastón o también mano de mortero.
En la Argentina abarco todas las provincias del norte, de Formosa a Catamarca, pasando por Chaco, Tucumán, Salta, Jujuy, norte de Córdoba y Santiago. Crezco sobre todo en suelos pobres o compactos. Antes de la llegada de los españoles, cuando en esta región había más pastizales, crecía en los pequeños bosques porque mi pago era el Chaco: monte espeso, pero con claros donde asomaban arbustos, pencas y pastizales.
Soy sombra en el bosque, pero también en algunas casas de los humildes campesinos del pago.
La vaca, traída por los españoles al comer mi semilla, contribuyó a mi dispersión amplia, sobre todo en terrenos bajos. Lo mismo que el quebracho colorado y el mistol, cuando soy leña, me hago chisposo, reniego de asadores cuyas camisas terminan con balazos de mis descargas.
Debo mi nombre a los españoles, lo mismo que el quebracho y otras. Los quichuistas que trajeron los conquistadores no lo conocían, allá en el Cuzco yo no existía. Me pusieron por nombre Guayacán porque se parecía a un árbol de las Antillas, aunque no éramos ni prójimos, según sostienen los botánicos en sus graves tratados.
No sé por qué oscuro designio me ignoran casi todos los folkloristas: sólo algunas canciones me mencionan casi como al pasar. Es cierto que demoro muchos años en pasar de simple arbustito a alta planta, pero también es verdad que lo bueno siempre debe hacerse desear. Tampoco hay leyendas que me nombren, quizás porque no me hago notar, soy uno más en el bosque: no tengo flores magníficas, no soy medicinal, mi forma es la de cualquier árbol —raíces subterráneas, tronco, ramas, hojas. Nada del otro mundo.
En los viejos desmontes que hacían los humildes campesinos, siempre me dejaban en medio de la chacra, no tanto por el resguardo de la hacienda, sino también por mi fruto, que mucho no gusta a las vacas, pero lo comen porque no hay más alimento, sobre todo en los duros meses de agosto, septiembre, octubre.
Soy uno más de entre toda la enorme flora santiagueña, ahora diezmada, antes mayoritaria y feliz. Soy la definición de una amplia región argentina, el que le da su sentido y la hace ser lo que es y no otra cosa.
Juan Manuel Aragón
A 17 de marzo del 2026, en el cerco del alfa. Largando la ternerada.
Ramírez de Velasco®

Comentarios

  1. Es un árbol muy lindo estéticamente, con un tronco de unos 2 a 2.50 metros de altura y a partir de allí se bifurca en diversas ramificaciones. En esa bifurcación, que es siempre a una misma altura, queda un hoyo, donde se junta agua de lluvia y permanece bastante tiempo, lo que le permite al gato montes encontrar agua cuando no llueve. Eso me relataba mi suegro, que de la vida campo y animales conocía pues siempre tuvo obraje.

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