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| Encuentro de Asís |
El 27 de octubre de 1986 se celebró en Asís el Encuentro de Oración por la Paz convocado por Juan Pablo II
El 27 de octubre de 1986 se celebró en Asís el que se llamó Encuentro de Oración por la Paz convocado por Juan Pablo II. Reunió a representantes de trece religiones del mundo para implorar, cada uno según su propia tradición, el don de la paz en medio de tensiones globales. La jornada transcurrió con oraciones separadas en lugares designados, un acto común de compromiso en la plaza de la basílica de San Francisco y discursos que subrayaron la dimensión espiritual del diálogo sin buscar sincretismo ni relativismo teológico. Sin embargo, generó reacciones encontradas, en particular críticas de sectores tradicionalistas católicos que advirtieron riesgos de indiferentismo religioso, como las formuladas por el arzobispo Marcel Lefebvre, el entonces cardenal Joseph Ratzinger y testigos de incidentes puntuales que circularon en informes posteriores.La convocatoria fue anunciada el 25 de enero de 1986, al cierre del Octavario de Oración por la Unidad de los Cristianos en la basílica de San Pablo Extramuros, coincidiendo con el Año Internacional de la Paz declarado por la Organización de las Naciones Unidas. En un mundo marcado por la Guerra Fría, la amenaza nuclear, la guerra entre Irán e Irak, el conflicto palestino-israelí y la invasión soviética de Afganistán, se buscó movilizar a los creyentes a través de sus líderes para reforzar la paz más allá de las negociaciones políticas.Llegaron a la basílica de Santa María de los Ángeles, en la llanura umbra, delegaciones de cuarenta y siete grupos religiosos. Recibió a los asistentes un momento de silencio compartido y el canto de un coro japonés del salmo Laudate Dominum. Se evitó deliberadamente cualquier oración simultánea o común para respetar la identidad de cada fe.
Participaron ciento cincuenta líderes: catorce cardenales, arzobispos y obispos católicos, el Dalai Lama, el arzobispo Robert Runcie de Canterbury, representantes judíos, musulmanes, hindúes, budistas, sijes, zoroastrianos y delegados de religiones tradicionales africanas y americanas. Entre los católicos destacaron la Madre Teresa de Calcuta y varias hermanas de las Misioneras de la Caridad.
Los espacios se distribuyeron según la tradición: los cristianos oraron en la catedral de San Rufino, donde san Francisco recibió el bautismo; las demás delegaciones ocuparon salas y capillas preparadas en la basílica. Cada grupo realizó sus ritos propios en paralelo, sin mezcla de elementos rituales.
El día culminó en el patio frente a la basílica de San Francisco. Representantes de las religiones pronunciaron breves invocaciones por la paz en un orden preestablecido, con los cristianos al final. Juan Pablo II entonó el Padrenuestro y jóvenes entregaron ramas de olivo como signo de compromiso. Se clausuró sin declaraciones conjuntas de fe.
Entre las voces más firmes contra el encuentro figuró la del arzobispo Marcel Lefebvre. En una carta fechada el 27 de agosto de 1986 dirigida a ocho cardenales, denunció el acto como una acción que destruía públicamente la fe católica al colocar en pie de igualdad cultos de religiones no cristianas y advirtió que equivalía a una participación en ritos de falsos dioses.
Tampoco asistió el cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Expresó reservas previas sobre la iniciativa y, según testimonios posteriores, trabajó la noche anterior para limar el texto del discurso Papal con el fin de evitar ambigüedades doctrinales. Su ausencia se interpretó en círculos eclesiásticos como señal de discrepancia interna.
Circularon además relatos de incidentes que alimentaron las objeciones. Según el cardenal Silvio Oddi, un grupo de budistas colocó una estatua de Buda sobre el tabernáculo de la iglesia de San Pietro y la veneró con incienso y pergaminos; un sacerdote benedictino que protestó fue retirado por la policía, lo que algunos sectores tradicionalistas calificaron de sacrilegio cometido bajo la presidencia Papal.
La jornada se cerró con un mensaje de despedida del Papa en el que reiteró que la paz lleva el nombre de Jesucristo y que los católicos no siempre habían sido fieles a esa convicción, presentando el encuentro como acto de penitencia. El acto, sin pretender reconciliación teológica, quedó registrado como hito del diálogo interreligioso y fuente del llamado “espíritu de Asís” que inspiró encuentros posteriores.
Objeciones
En definitiva, los tradicionalistas objetan que el Encuentro de Asís de 1986 promovió el indiferentismo religioso al presentar a todas las religiones como vías igualmente válidas hacia Dios, contradiciendo la doctrina católica de que solo la Iglesia de Cristo posee la plenitud de la verdad y la salvación. Critican que la presencia de líderes de cultos paganos e idólatras, junto con la oración en común, generó un grave escándalo y confusión entre los fieles.
Además, consideran que este acto vulneró el Primer Mandamiento y diluyó el mandato misionero de la Iglesia, al parecer reconocer valor sobrenatural en religiones falsas. Ven en él un símbolo del espíritu de diálogo postconciliar que debilita la identidad católica y favorece un sincretismo incompatible con la Tradición.
Ramírez de Velasco®

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