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CACHIYUYO Viento norte, polvo y espanto

"San Gil", de Raúl Cisterna

Me meto en las ciudades en cuatro patas, caminando pegado a las paredes, rapo las ventanas, embolso entre los edificios

Yo soy el que llega a Santiago arrastrándose entre jumes, cachiyuyo y montes ralos. Vengo bajando desde el sur de Bolivia y de más allá también y traigo los duendes negros que bailan entre los remolinos de los desmontes. Dicen que soy el viento de los locos, del malhumor, de la contestación hiriente, del dolor de cabeza. Soplo dos o tres días, aumentando la intensidad durante la siesta, levantando bobadales que ensuciarán la ropa recién tendida.
Las viejas me tienen bien catalogado, por eso dicen siempre: "Con viento norte no hay hombre bueno, ni mujer amable, ni caballo manso, ni víbora que no muerda". También suelen decir cosas amables, como: "Norte claro, sur oscuro, aguacero seguro". Cuando es mi tiempo, me meto en las ciudades en cuatro patas, camino pegado a las paredes, raspo las ventanas, me embolso entre los edificios altos.
Me odia la muchacha cuya piel vuelvo reseca y a la noche aguaitará a su novio quizás en la pasarela de La Banda, en la placita de las Chismosas de Santiago o frente a la estación de trenes de Beltrán. Tal vez por mi culpa dejen para siempre, aunque nunca se les ocurra preguntarse por qué ella tuvo tan mala voluntad esa vez, por qué a él se le dio por responderle tan cortante.
Gano caminos de sulky traqueteados, entre guayacanes, algarrobos y mistoles grises, bufando una furia vieja que ya traigo de Salta. Cuando agarro la ruta 34 y llego a Huyamampa, ya me he convertido en el sopor que no se irá quizás hasta el norte de Córdoba y la terra ignota que crece más allá también.
El 1 de setiembre me presento en la fiesta de San Gil, y para aliviar su temperamento triste empujo a los peregrinos hacia la bebida, que es una de las características que me atribuyen los viejos. En esa fiesta de guaracha, fe y tradición, los campesinos, que me conocen, piden al santo que traiga la lluvia que hará crecer la chacra y calmará la sed de los aljibes.
En siestas de catres silenciosos y cruel polvaredal, hago crecer niños en el vientre de las mujeres bellas del pago, escondidas bajo el rugir de los quebrachos, con el tacho de agua colgado del tirante, golpeando rítmica y amorosamente contra la pared de la casa. Afuera todo es volar de hojas; adentro, las manos se buscan ansiosas.
"El Bobadal", de Raúl Cisterna
Soy el que, puntual como los pilpintus, vuelve a reclamar agua en la mustia represa, sedienta desde el fondo del invierno, secadal persistente y atroz.
Y vengo, como siempre, a recordar a los santiagueños que, debajo de unos pocos centímetros de pavimento, la tierra que siempre ha sido los está esperando, igual que a sus padres y a los padres de los padres. A decirles que no se confíen, que la otra provincia, la que creen haber dejado de lado por antigua, misteriosa, chata y gris, sigue viviendo en algo tan tenue como el aire que araña los rostros, que saca malas contestaciones y deja a su paso, para este sufrido pago, el mote de sitio de polvo y espanto.
Juan Manuel Aragón
El primero de septiembre del 2026, en Sacha Pozo. Vendiendo empanadillas.
Ramírez de Velasco®

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