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Mostrando las entradas etiquetadas como Siesta

EVOCACIÓN El catre de tiento

Detrás de la zorra, pajchao, un catre de tiento Apología del descanso, el deseo compartido y los objetos simples que la modernidad desplazó sin entender su sentido Quienquiera que haya sido el inventor del catre de tiento, tal vez no supo que estaba creando un mueble genial. Maravilla del confort moderno, con tecnología del tiempo de las cavernas. El concepto es simple: cuatro patas, dos largueros y dos travesaños y, como techo, cueros de vaca mojados, finamente cortados, clavados cruzados, adquiriendo de esa manera una consistencia duradera y flexible. Es decir, se adapta al cuerpo humano y a sus movimientos: reduce esfuerzo, fatiga y riesgos y es cómodo. Ergonómico, o sea. Además, por su misma condición, puede ser usado con o sin colchón en interiores, o bajo una conveniente sombra, si se lo saca al patio para sestear. Para aprovecharlo como Dios manda, tiene que ser con colchón de lana: es su modo natural de existir. Y en el invierno, como abrigo, debe llevar encima colchas tejidas,...

EXPERIENCIA Un viaje fallido en avión

Logotipo de la empresa Se cuenta, en primera persona, la repetida suspensión de un vuelo que debió llevar a su autor a Buenos Aires No viaje por Flybondi. No viaje por Flybondi. Lo más posible es que el vuelo salga atrasado unas horas, un día o varios días después. Nadie le asegura nada. A esa empresa lo único que le interesa es que usted pague su pasaje. Después, si viaja es cuestión aparte. Se lo digo por experiencia personal, no porque me lo refirieron. Le cuento. Con mi familia debíamos viajar el lunes 5 a la siesta a Buenos Aires. Primero nos dijeron que en vez de la siesta sería a la noche. Pero ese día, a la mañana, nos comunicaron que no, quedaba diferido para quién sabe cuándo. Al día siguiente, martes, avisaron que viajaríamos el jueves a las 8 de la noche. Bien. De nuevo trazamos los planes. Pero el jueves a la mañana nos volvieron a comunicar que no saldría el vuelo. Quedaba para quién sabe cuándo. Entonces pedimos que nos devolvieran el dinero. Ahí vino lo hermoso del asun...

CORRIDA Sangre en la arena

Ilustración “Embiste otra vez y logra levantar al caballo, escucha el quejido del jinete, siente que el hierro en su lomo se le hunde más” Sale al ruedo. Ha sido criado en una ganadería extensiva, en una gran finca donde casi nadie lo apuró jamás. Cuando necesitaban moverlo, lo arreaban despacio; al vacunarlo eran cuidadosos; al subirlo al camión evitaron molestarlo. Lo trataron como a un animal de valor, casi como si fuera frágil. Durante el viaje va perdido, sacudido por el ruido del motor, intuye que al final hay algo grave, casi seguramente el final de su vida. Pero no. Lo bajan y lo encierran en un corral pequeño, de paredes demasiado altas. Siente miedo: está amenazado, aunque no sabe por qué ni por quién. Pasa un rato largo. Cuando por fin abren una puerta, tiene hambre y, sobre todo, una idea simple: quizá regrese a la libertad amplia de la dehesa. Pero no. Tras un breve túnel llega a un espacio inmenso, ardido por el sol de la siesta. La luz lo enceguece por un instante. Luego...

CALOR Los santiagueños desmienten a Borges

La única conversación posible Ni el día perfecto los salva del pronóstico del infierno, hablan del clima como si fuera destino y se quejan hasta por costumbre El 10 de noviembre fue uno de los días más espectaculares que regaló a Santiago del Estero, el Servicio Meteorológico Nacional. Amaneció con 18 grados, la siesta trepó a 32, con un vientito del noreste que apenas movía las ramas de los paraísos de las calles. Una delicia, vea. Algunas madres enviaron a sus hijos a la escuela con una campera liviana y otras los llevaron de remera nomás. El pavimento no despedía calor de fuego ni estaba helado, y mucha gente se apuró al caminar, sobre todo porque sabía que no sería un gran esfuerzo, con el tiempo manteniéndose en un rango amable. Los santiagueños en los bares se contaron sus dramas, las parejas se amaron con un cariño correspondido, los empleados públicos pasearon por el centro como todos los días, despreocupados y alegres, y los comerciantes tuvieron una mejor o peor jornada de ve...

VERANO El gustoso sufrimiento de una tradición

Perfil de Santiago a la siesta El santiagueño ama tanto el calor que es tema recurrente de todas sus conversaciones, cuando llega el tiempo La poliorcética es el arte y la técnica militar desarrollada en la Antigua Grecia para el asedio y la defensa de ciudades fortificadas. El término significa, justamente, "arte de atacar y defender plazas fuertes". Este conocimiento se derivaba de la estructura de las pólis (ciudades—estado griegas), que a menudo estaban amuralladas y requerían estrategias específicas para su protección o conquista, como el uso de máquinas de asedio, trincheras y tácticas de bloqueo. Los santiagueños se ven asediados todos los años, por un sordo rencor que los atormenta hasta límites insoportables, sobre todo cuando el tiempo regala días frescos de la noche a la mañana, y con mediodías de sol ma non tropo. Para no sufrir, se abrigan como si fueran al Polo Sur, y hasta se hacen los de tiritar en las paradas mientras esperan el colectivo. Desean con el alma ...

OPINIÓN Callarse es refrescante

Las multitudes salen a la calle en verano, al menos en Santiago El silencio es tan saludable como el agua porque en Santiago lo más sabio no es quejarse del calor sino aprender a ignorarlo Todos los años, al llegar este tiempo, por todos los medios empiezan a circular los consejos para protegerse del calor. Le dirán que hay que vestirse con ropa clara y liviana, evitar las salidas a la siesta, tomar mucha agua, ponerse protector solar, calzarse sombrero, evitar actividades intensas, usar ventilador o aire acondicionado, comer ligero y ducharse con agua fresca. Y tendrán razón. También quienes le sugieran evitar las bebidas alcohólicas, cerrar las cortinas, bajar las persianas, meterse en la Pelopincho —de ser posible a la sombra— y tantas recomendaciones que dan las madres y las abuelas. Pero hay un consejo que, sobre todo en Santiago, nadie le dará: el del silencio como actividad saludable. Sí, amigo: en este caso, el silencio es salud. ¿Cómo es eso? Bueno, ahí va. Este verano en Sant...

LUSTRO La mosca de la siesta

Símbolo y cifra “El silencio de la ciudad lo va llevando cada vez más hacia la profundidad de un mundo que es solamente suyo” La siesta anda volando, con su nefasto sopor, sobre los techos de la ciudad. Camina entre las mesas y sillas abandonadas en las veredas de los bares, se revuelca en una polvareda de viento norte en los barrios, pega contra los techos de los autos y es Averno en los carriles de la desarbolada avenida Belgrano. Se espanta una mosca que lo molesta desde que se instaló en una entrada de la vereda de la Absalón, a dormitar. Al mediodía ha comido quipis, regados con Uvita, en el mercado, y luego le agarró modorra. El silencio de la ciudad lo va llevando cada vez más hacia la profundidad de un mundo que es solamente suyo. Pone las manos encima del pecho y, sin darse cuenta, empieza a roncar, sentado contra la reja. Esa mañana se ha levantado temprano, para venir caminando desde el fondo de Santiago. Sus vecinos son ripieros, amas de casa, mozos de bar, municipales. La ...

ESPERANZA Las horas del día

Amanece en la costanera nueva, no es poco Cada jornada trae en sí misma la definición de su propio ser y marca con sus características, la personalidad de quienes la viven Un nudo a desatar Madrugada Buenos días, usted me conoce, soy la señora Madrugada, que siempre vuelve por sus fueros, llueva o truene, haga frío o calor. Con mi compañero Viene Clareando somos los verdaderos padres de esa criatura que llaman Día. Soy la esperanza de los moribundos, pues saben que apenas pase por sus camas, habrán conseguido otro día para continuar, soy la inspiración de los artistas, que justo a la hora que creen que se van a dormir, les llevo las musas para decirles pintá esto, escribí aquello, agregá un personaje, sacá una estrofa, cuidado con las comas. Todos los días, sin falta, me repito en el planeta y en otros mundos también. Soy yo misma dondequiera que me nombren en el idioma que sea, en todas partes me siguen aguaitando, porque saben que seré semejante tal vez, parecida quizás, casi igual s...

COSTUMBRES Maravillosa provincianía de la siesta

Siesta, de Michael Thompson Su nombre llega desde que los romanos dividían el tiempo en doce horas diurnas, al ser el mediodía era la hora sexta Los romanos dividían el tiempo diurno en doce horas, por lo que la hora sexta era el mediodía, la hora del máximo calor. También en las horas canónicas la sexta hora era el mediodía y llegaba después de maitines, laúdes, prima, tercia; después de la hora sexta venía la nona, luego era vísperas y al final completas. Por lo tanto, la siesta es una voz que el castellano ha exportado con mucho éxito a diversos idiomas, empleándose incluso en inglés. Es curioso cómo la letra ´equis´, en algunos casos se convierte en ´ese´, al menos en el español. De la hora sexta se pasó a siesta, de la misma forma que de mixto nació mistol, una planta que los españoles creían que era una cruza o mixtura de quebracho blanco y colorado. Otro día se podría hablar del raro fenómeno que provoca que algunos le digan “mishtol”, quichuizando un vocablo de una manera que s...

DÍAS Las horas en detalle

Dionisos, en el parque Aguirre, al mediodía Hace unos años publiqué en otro sitio una descripción de las horas del día; hoy van todas juntas, esperando aburrir a mis pocos seguidores con tanta lectura La madrugada Buenos días, usted me conoce, soy la Señora Madrugada, que siempre vuelve por sus fueros, llueva o truene, haga frío o calor. Con mi compañero Viene Clareando somos los verdaderos padres de esa criatura que llaman Día. También soy la esperanza de los moribundos, que saben que apenas yo pase por sus camas, habrán conseguido otro día para continuar, soy la inspiración de los artistas, que justo a la hora que creen que se van a dormir, les llevo las musas para decirles pintá esto, escribí aquello, agregá un personaje, sacá una estrofa, corregí ese verbo. Todos los días, sin falta, me repito en el planeta y en otros mundos también. Soy yo misma dondequiera que me nombren en el idioma que sea, en todas partes me siguen aguaitando, porque saben que seré semejante tal vez, parecida ...

SANTUARIO La última sandía

Sandías modernas Fue la última vez que estuvimos todos, cerca de un calicanto celeste con un cielo verde de paraísos a la vuelta Aquella vez fue la última que comimos una sandía todos juntos, detrás de las cañas huecas, el santuario de la mesa blanca y redonda de la que eternamente colgaba un abridor de cocacolas. Estaba terminando de marchitarse la abuela, queríamos verla fuerte y linda como había sido siempre, pero sabíamos que eso no era posible. Esa última vez agarró una pala para abrir una canaleta que llevara agua hasta las plantas más allá de la pileta de lavar, hizo unos centímetros y un nieto se la quitó, igual quedó feliz: “Todavía estoy fuerte”, dijo. Queríamos creerle y, por supuesto le creímos. Era una siesta como tantas otras, ¿ha visto?, el calor apretaba, pero en casa no hablábamos de esas cosas, no pregunte por qué, porque no lo sé. O sí lo sé, mi padre decía que lo que no se nombra no existe, por eso no andábamos todo el día quejándonos de la temperatura. Era una sand...

CHIQUILLADA El Káiser

Imagen de archivo Cómo cazar un duendecito de la siesta, qué ponerle de cebo, dónde llevarlo una vez que se lo pilló: detalles en este relato De agosto a diciembre, antes de las lluvias, sabían formarse remolinos en los cercos resecos del pago. Ese año el abuelo nos contó que a la siesta salía un duendecito muy pequeño y muy pícaro, negrito y fierito, que le gustaba burlarse de la gente. Decía que era del tamaño de un puño nuestro y también muy rápido. —¿Podemos trampear uno?— le preguntamos. —Pueden, pero es muy difícil que lo pillen. —¿Qué le gusta comer? —Dulce de batata. —¿Con queso? —No, sólo. Con Eufemiano, mi hermano, nos dimos a la tarea de construir una trampa para el duendecito que vivía en los remolinos de la siesta de la siempre polvorienta y reseca primavera santiagueña. La de las urpilas no iba a servir, demasiado livianita, además si era pícaro saldría por debajo. Si le poníamos un frasco con pesas encima, en una de esas se ahogaba y se moría y no queríamos matarlo sino ...