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| "Progreso", de Raúl Cisterna |
Cada invento despierta temores viejos, y deja rezagados quienes prefieren seguir aferrados al pasado
Ustedes no se acuerdan, porque eran muy chicos, pero cuando se popularizó el ferrocarril, a principios del siglo XX, se dijo que la velocidad provocaría locura, las vacas dejarían de dar leche, las chispas de los rieles incendiarían los campos, el ruido y el humo enfermarían a la gente y se produciría una mezcla peligrosa de personas de distintas clases sociales. Dejaría sin trabajo a cocheros, posaderos, arrieros y carreros. Además, no va a decir que no, era antinatural que algo se moviera sin caballos, faltaba más.El telégrafo también era un invento muy peligroso, pues era “demasiado rápido para la verdad”. Oiga, toda una definición, ¿eh? Se temía, ya en ese entonces, mire usté, que difundiera noticias falsas o alarmas innecesarias.Las vacunas generaron un miedo tan grande que, uf, sigue hasta hoy. Eso que era la antivariólica, contra la viruela, una peste que, gracias a Eduardo Jenner y a su descubrimiento, comenzó a ser combatida eficazmente por primera vez en la historia. Como su nombre lo indica, se basaba en la viruela vacuna, lo que hizo que muchos tuvieran miedo de quedar convertidos en ese animal; otros temían que matara a los chicos. Las leyes que obligaban a la gente a vacunarse se veían como una tiranía del Estado sobre el cuerpo y la familia. Hubo disturbios en Inglaterra, especialmente en Leicester, en 1885, con decenas de miles de manifestantes.
Hablando de médicos, la anestesia también fue considerada antinatural o, por lo menos, contraria a la voluntad divina: “Parirás a tus hijos con dolor”, le había dicho Dios a Eva. Quiénes eran los médicos para contradecirlo, che.
Cuando aparecieron los celulares también hubo quienes se opusieron, quizás los mismos que ahora no apartan diez segundos los ojos del aparato por miedo a perderse de algo. Qué decían: “No lo necesito. Si me quedo tirado, siempre hay un teléfono público” y “solo sirven para ejecutivos ricos o para presumir, porque el resto no los va a usar”. También había un argumento médico: si lo usabas mucho, te iba a dar cáncer.
Sobre internet, la objeción más famosa fue un artículo de Clifford Stoll en Newsweek, en 1995, titulado “¿Internet? ¡Bah!”. Decía cosas como: “Ninguna base de datos online va a reemplazar al periódico de cada día”. Otra: “Ningún CD-ROM puede sustituir a un buen profesor”. Otra más: “Nadie va a comprar cosas por internet. Falta el contacto humano y los vendedores”. Y la mejor de todas: “Es una moda pasajera. En dos o tres años la gente se va a aburrir y volverá a su vida normal”. Y así hasta el infinito. Hubo otros que decían: “Nadie va a poner los datos de su tarjeta de crédito en una red. Es demasiado inseguro”. O: “Es un basurero de información sin filtrar. No se puede confiar en nada de lo que hay ahí”.
Ahora aparece la inteligencia artificial y los bisnietos de los primeros alarmistas vuelven a la carga, lanza en ristre, siempre añorando un mundo pasado que supuestamente fue mejor. ¿Qué dicen? Blablablá, que resumido sería esto: si se desarrolla una inteligencia artificial mucho más inteligente que la gente, sin alinearla con los valores humanos, podría terminar causando la extinción del hombre sobre la faz de la Tierra: no por maldad, sino por simple optimización de objetivos. Vé po vos.
En el fondo, lo que se dice de la inteligencia artificial repite más o menos el mismo temor que sintieron las almas simples con todos los inventos, resumido en siete palabras: “Este sí que nos va a extinguir”. No lo hizo el tren, ni el auto, ni los aviones a chorro, ni las vacunas, ni el telégrafo, ni internet. Amigos, la raza humana es más resistente que las cucarachas.
Y ahora que llegó la inteligencia artificial, más vale que se adapte, se ponga manos a la obra para conocerla a fondo y vea cómo le va a ayudar con su laburo. No vaya a ser que le pase como a nuestros bisabuelos, que siguieron con el carro, el apero y las mulas, mientras el tren los pasaba por encima y los dejaba más pobres que empanada de polenta. No solamente el tren de fierro sino también, y fundamentalmente, el tren de la vida.
¿Qué espera?, ¿que el quiosquero de la otra cuadra use la inteligencia artificial para vender caramelos y le funda el suyo?
Juan Manuel Aragón
A 11 de octubre del 2026, en la plaza Libertad. Festejando el Día de la Raza.
Ramírez de Velasco®



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