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| "Encuentro", Raúl Cisterna |
El único afán de los que fabrican cosas no es hacerlo feliz sino volverse ricos y ¡guay con demandarlos!
Las empresas que venden jabones, camisetas o tomates en lata no tienen fábricas por amor a la higiene, la vestimenta o el alimento de la gente. Lo único que quieren sus dueños es ganar plata y, si pueden, hacerse ricos. Para eso comprarán lo más barato posible la grasa, el algodón y el tomate, y procurarán vender al precio más alto que permita el mercado. Es la esencia del comercio.Lo extraño empieza cuando aparecen los publicitarios. Una fábrica de jabón no fabrica jabón: “cuida tu familia”. Una marca de alimentos no vende latas: “te acompaña”. Una automotriz no fabrica autos: “forma parte de tu vida”. Y, perdone que se lo diga, pero "todo no va mejor con Coca Cola”, es más, puede ir peor, diabetes mediante. La empresa dejó de ser una empresa y se convirtió en una especie de pariente afectuoso que sólo está esperando que lo compres para abrazarte, ¡chuchi!No se engañe compañero. Si los desperdicios de una fábrica contaminan el barrio, a sus dueños les importará un carajo la amistad de los vecinos. Si un producto defectuoso perjudica a un consumidor, tampoco se sentarán con él a conversar sobre lo sucedido como dos viejos amigos. Y si el asunto termina en tribunales, tendrán abogados feroces cual dogos famélicos a la caza de un tierno conejillo. La amistad para ellos comienza cuando uno paga y termina cuando uno reclama.
No es un reproche moral. Al fabricante de municiones para revólveres Colt 45 no le interesa si la bala sirve para espantar ladrones o matar inocentes. Hace proyectiles. Si uno explota en la mano de un socio de un club de tiro por un defecto de fabricación, contratará abogados para evitar las consecuencias. ¿Reconocer el error? ¡Jamás!
La publicidad sostiene que el fabricante no sólo vende un objeto, sino que nos ama. Es una de las grandes ficciones del mundo moderno: la transformación del cliente en amigo, del comprador en compadre de toda la vida y de una simple operación comercial en una relación sentimental.
Quilmes, perdone que se lo diga así, no es “el sabor del encuentro”. Es cerveza. Una cerveza bastante conocida, bastante consumida y en la mitad de la tabla o menos quizás. El encuentro es de la gente. La cerveza, a lo sumo, está sobre la mesa.
Ford tampoco es “el clásico argentino”. Es una marca de autos que hizo historia en el país. Muy bien. Pero si Ford es el clásico argentino, habrá que avisarle al Martín Fierro que perdió el puesto y que ahora la identidad nacional viene con cuatro ruedas.
"Marolio le da sabor a tu vida", dice la publicidad. Pero solamente vende alimentos. Algunos mejores, otros peores. Y perdone que se lo diga, pero a nadie le gusta que lo tuteen con tanta confianza, che.
Tofi no es “un bocado de amor”. Es chocolate. Y Philip Morris es una empresa tabacalera que no te ofrece “el placer de conducir tu propia vida”. Te vende cigarrillos. De paso, procura que fumes la mayor cantidad posible. Si es como murciélago, mejor.
Si compramos, chanchos amigos. Si reclamamos, somos el enemigo.
¿Puede equivocarse una empresa? Claro que sí. Puede fallar una máquina, contaminarse una partida, salir defectuoso un producto. También puede ocurrir que el consumidor tenga razón. En ese caso sería de esperar que la compañía honrara su publicidad e hiciera lo que haría cualquier amigo: reconocer el error, pagar el daño y seguir adelante.
Pero no. La amistad publicitaria parece tener una cláusula en letra diminuta: “La presente relación afectiva carece de validez en caso de reclamo judicial”. Desde siempre nos dicen “estamos con vos”. Pero si los demandan aparece una recua de abogados para explicar que eran solamente damas de compañía, por llamarlos suavemente.
Debería haber una modificación en los envases. En lugar de “hecho con amor”, “pensado para vos”, “el sabor del encuentro” o cualquier otra dulzura publicitaria, deberían imprimir la verdad.
“Este producto fue fabricado para que nuestra empresa gane dinero. Si usted lo compra, muchas gracias. Si le gusta, vuelva a comprarlo. Si le hace daño y pretende demandarnos, contrataremos a los mejores abogados disponibles y procuraremos que la amistad que le prometimos durante veinte años no tenga absolutamente ningún valor jurídico”.
Sería mucho más honesto.
Como escriben los picapleitos al pie de sus escritos:
Por ser justo.
Juan Manuel Aragón
A 25 de agosto del 2026, en el Trencito. Yendo a La Banda.
Ramírez de Velasco®


El artículo tiene mucha tela para cortar.
ResponderEliminar"El mercado", en un sistema capitalista (el único sistema que ha hecho posible que el mundo se desarrolle y la pobreza disminuya),, se compone de transacciones en las que dos entidades, consumidor y proveedor, acuerdan libremente un intercambio en el que cada parte recibe un beneficio. El proveedor valora m!s el dinero que recibe que el producto que entrega, y el consumidor valora más el producto que recibe que el dinero que entrega.
En ese libre intercambio, el proveedor recurre a todas las estrategias a su alcance para hacer que su producto sea más atractivo, y el consumidor, quien decide la transacción, tiene la libertad de buscar precio, calidad, y conveniencia antes de decidir la compra. No hay en ello ni víctimas ni victimarios, a menos que la ausencia de juicio crítico, pensamiento racional, y el exceso de estupidez e ignorancia del consumidor desnivele la balanza hacia el proveedor. Y a eso apuntan las campañas publicitarias generalmente. En otras palabras, y dicho en criollo,."la culpa no la tiene el chancho sino quien le da de comer".
Ahora bien, en sistemas comerciales como el de Argentina, en el que las normas y leyes son protectoras del comercio por encima del consumidor (lo que no ocurre en países desarrollados), aplica el principio de "tragarse el sapo", conjuntamente con el de "andá a cantarle a magoya".
Cuando se toca este tema, siempre hay que tener en cuenta que la única alternativa al sistema de mercado capitalista es el socialismo, mediante el cual el estado regula todas la producción, precios y transacciones, y donde los sapos a tragarse son como elefantes y Magoya es sordo.
En una conversación de café, uno le dice al amigo comerciante y usurero: "Préstame atención", y el otro le contesta: "Sí. Con mucho interés".
ResponderEliminarBuenísimo.
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ResponderEliminarVolvemos a re-iniciar el círculo vicioso:
1) Los liberales destruyen los mercados y hambrean a amplias capas de la población.
2) Las masas hambreadas, son cooptadas por fuerzas de izquierda, y "combaten" hasta alcanzar el gobierno.
3) Una vez que se constituyen los gobiernos populistas, los Liberales derrotados, recurren a los militares, o a cualquier otra herramienta (mediática, judicial, económica) para sacar a los izquierdistas en el poder.
"Hasta que los Liberales no entiendan que no es posible hacer negocios ignorando al 70% de la población, y los de Izquierda no entiendan que no es posible hacer absolutamente todo solamente desde el estado ninguneando a los demás sectores de poder, no vamos a salir nunca de este continuo ciclo vicioso"