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LENGUA Las palabras de los negros

"Africanos en América", acuarela de Raúl Cisterna

Del quilombo al chongo, decenas de africanismos sobreviven en la argentina mucho después de la esclavitud

El idioma de los africanos se coló en estos pagos de la mano de los esclavos traídos al Río de la Plata en los siglos XVIII y XIX, sobre todo de Angola y Congo, vía Brasil o el Uruguay. Muchas palabras entraron al lunfardo y se popularizaron en el habla diaria. Hay estudiosos e instituciones especializados en el legado afro-rioplatense que estiman en cientos los africanismos que desembarcaron en estas tierras, aunque no todos son de uso cotidiano hoy.
Vamos entonces por unas cuantas palabras que los argentinos usamos, quizás sin saber su origen. Es una lista que ojalá lo sorprenda, amigo, y le dé una cabal idea de la mestización cultural lograda también con quienes llegaron en la triste condición de esclavos.
Una expresión que usted ha oído o dicho alguna vez es: “Qué lindo quilombo que se armó”. Es una palabra con varias acepciones. La más conocida es lío, desmadre. También se les decía así a las llamadas “casas de tolerancia”, lugares donde las prostitutas recibían a sus clientes. Tiene origen africano: viene del kimbundu, lengua bantú de Angola, y significaba “campamento”, “asentamiento” o “asociación de guerreros”. Dicen que en Brasil, a veces, los esclavos africanos se rebelaban contra sus amos y se largaban al bosque. Allí replicaban las instituciones de sus dueños. Habían ido a hacer un quilombo, y los otros decían: “Los negros están de quilombo”. El vocablo hizo carrera y quedó en el habla común de los argentinos.
Otro vocablo africano, ya que estamos, es milonga. Su origen está en el kimbundu o quimbundo. Es mulonga o mi-longa (plural de mu-longa) y significa “palabra”, “conversación” o “asunto”. Se usaba para charlas largas, conservando la idea de palabrerío. Encajaba con las payadas o coplas improvisadas que cantaban los descendientes de africanos, y luego se extendió a otros usos. En Brasil y el Río de la Plata también significaba “cuentos”, “engaños” o “chismorreo”. Por caso: “No me vengan con milongas”. Es una etimología ampliamente aceptada por lingüistas y estudiosos del legado afro-rioplatense.
Otra palabra de uso común y origen africano es mucama. En kimbundu designaba a una sirviente o esclava doméstica, a veces con connotación de concubina. En la actualidad se usa como empleada doméstica y también en hoteles, clínicas y sanatorios como descripción del trabajo que realizan.
Mondongo llegó al Río de la Plata desde las lenguas bantúes. Era un guiso de vísceras cocidas. Hoy significa lo mismo, pero también la panza del animal o del cristiano. Por ahí se dice: “Jacinto está gordo, ha criado mondongo”. El paquetísimo barrio de San Telmo, en Buenos Aires, era llamado “El Mondongo”, quizás por los descendientes de esclavos que vivían allí.
Hay una anécdota, quizá una leyenda familiar porteña, sobre Jorge Luis Borges y el mondongo. Según esa historia, de chico Borges volvió alguna vez a su casa diciendo con entusiasmo que había probado mondongo —plato asociado entonces a los sectores más humildes y criollos— y su padre, Jorge Guillermo Borges, reaccionó con disgusto. No por una razón gastronómica, sino social. La familia Borges era ilustrada, bastante anglófila y orgullosa de cierta tradición “civilizada” europea. El mondongo era el conventillo, lo popular, los inmigrantes y los viejos patios criollos. El padre le reprochó haber comido “eso”.
La palabra capanga tiene origen kimbundu y significaba “matón” o “capataz”. Es un patovica, sí, pero también algo más: el que trabaja para otro y mantiene amenazada a la peonada. Es el que se la tira de guapo y tiene con qué respaldarlo. El capataz como jefe de los humildes inspiró a Atahualpa Yupanqui, que en unos versos nombra a la capataza:
“De pie en la noche, como un árbol solo,
esperándote estoy, luna del cielo.
Porque quiero nombrarte capataza
de todo lo que amo y lo que dejo.
Te investirás de todos los poderes
a más de tu ejemplar sabiduría.
Y cuidarás haciendas, campos, montes,
senderos, rancho, río y lejanías”.

El poema es más largo, pero basta esto para mostrar que el concepto de capanga era amplio.
Otra palabra, mire usté, que posiblemente provenga de nuestros antepasados brasileños es morondanga. En su origen sería una combinación de morondo (“pelado”, “limpio”) con el sufijo bantú -anga, de tono peyorativo. Es decir: poca cosa o mezcla de poco valor. Como decir: “Los vecinos creen que son de la clase alta, pero son unos guarangos de morondanga”.
Catinga tiene un origen probablemente bantú y significa olor. En la actualidad se usa para el mal olor corporal.
Minga es una palabra conocida por los quichuistas: viene de minca, que según Domingo Bravo significa “encargo”, “misión” o “trabajo encomendado”. Pero si usted dice: “¡Minga que voy a dejar que se acueste con mi hermana!”, está hablando en africano. Viene de Dahomey o Benín y es una expresión de negación. “¿Qué te preste mil pesos? ¡Minga!”.
Marote es otro vocablo con origen en Dahomey, relacionado con el cetro. Pero en lunfardo es cabeza. “Me duele el marote”.
Ganga viene del quimbundo, pasó luego al portugués brasileño y significa oferta barata.
Mandinga llega a la Argentina desde el pueblo mandinga, de África occidental, y se usa para el diablo o para algo mágico.
Cachimbo es bantú, a través del portugués: pipa.
Arrorró es una voz africana (“a-ro-oro”) usada para arrullar en canciones de cuna. Pero no hay consenso absoluto, así que téngalo en cuenta, no se juegue.
Tanga es un término kimbundu, ntanga. Significa lo mismo que aquí: paño o prenda para cubrir la cintura. Sería ese pañuelito que a gatas cubre las partes. Y a veces ni eso.
Bochinche también tiene origen africano y, ya se sabe, es alboroto o jolgorio.

Chongo
Los africanos enriquecieron el idioma de los argentinos de tal forma que hay palabras que uno cree inventadas por Moria Casán y ya andaban dando vueltas. En su origen, los tratantes y amos usaban chongo para referirse a esclavos robustos y jóvenes, aptos para los trabajos físicos más pesados. Pero hay quienes sugieren que era una palabra usada en sentido inverso y despectivo por los propios africanos hacia los colonizadores. Quedó ligada, de todos modos, a la idea del trabajo duro.
En el habla popular y después en el lunfardo, la palabra fue mutando de significado con las décadas. A principios del siglo XX era sinónimo de “obrero” o “peón de albañil”. Más tarde derivó en un adjetivo despectivo. Decir que algo o alguien era “chongo” o “chonga” —especialmente en Uruguay y algunas zonas de la Argentina— equivalía a decir que era groncho.
Luego dio un giro hacia el significado moderno. Eso ocurrió en la subcultura homosexual urbana de Buenos Aires durante la segunda mitad del siglo XX. Chongo comenzó a usarse para definir a un hombre joven, marcadamente masculino y físicamente atractivo, que generalmente tenía un papel activo. Ahí la palabra recuperó la carga de potencia física de su raíz africana, pero teñida de un fuerte deseo erótico.
También se asociaba a muchachos de sectores populares o de provincias que resultaban atractivos para hombres de clases urbanas. En las últimas dos décadas el término sufrió una notable democratización y elipsis de género. Las mujeres y los jóvenes en general adoptaron la palabra del léxico gay, despojándola de la rigidez de los roles sexuales y ampliándola a cualquier varón atractivo.
Hoy el término no solo define al individuo, sino también un tipo de relación: el chongo o la chonga es la persona con la que se mantiene un vínculo sexoafectivo informal, un escalón por encima de un “touch and go”, porque hay cierta frecuencia y cariño, pero sin el compromiso de un noviazgo formal. La adopción fue tan fuerte que la palabra se convirtió en verbo (“chonguear”) y en sustantivo abstracto (“chonguismo”).

Mochila
Para cierta etimología popular, mochila viene del bantú muxila o quimbundo y significa bolsa para cargar cosas.
Pero, ¡tenga mano! En realidad vendría del adjetivo latino mutilus, que significaba “mutilado”, “sin cuernos” o “mocho” —de ahí viene también nuestra palabra “mocho”—. En el latín vulgar empezó a usarse de manera coloquial como tonsus, es decir, “rapado”. Por una cuestión higiénica y de control de piojos, a los niños y muchachos jóvenes se les cortaba el pelo al ras.
La palabra latina fue adoptada por el euskera y se transformó en mutil o motil, que pasó a significar directamente “muchacho”. Con el tiempo, en el País Vasco empezó a usarse el diminutivo afectivo motxil (“muchachito”).
A mediados del siglo XVI el término ingresó al castellano como mochil. En los ejércitos de la época, y también en el campo, el mochil era el joven criado o recadero que acompañaba a soldados o pastores. Para cumplir su oficio, estos muchachos llevaban colgada a la espalda una gran bolsa de lienzo o cuero donde cargaban el equipaje.
Luego, hacia la segunda mitad del siglo XVI, ocurrió un fenómeno lingüístico llamado metonimia: nombrar la causa por el efecto, o el contenedor por el contenido. La gente empezó a asociar de tal manera al muchacho —mochil— con su inseparable bolsa que terminaron llamando mochila al objeto, originalmente “la bolsa del mochil”.
Un testimonio histórico de este cambio lo dejó el escritor Diego Hurtado de Mendoza durante la Guerra de Granada (1568), cuando escribió, asombrado por el vocabulario militar: “Talegas las llamaban los pasados, y nosotros ahora mochilas”.
Hacia 1580 apareció también la palabra mochilero, que en su origen no era el viajero de presupuesto acotado que conocemos hoy, sino el soldado o criado que cargaba con la mochila del ejército.
Juan Manuel Aragón
Sábado 6 de junio del 2026, en Maquito. Cebando mate.
Ramírez de Velasco®

Comentarios

  1. Cristian Ramón Verduc6 de junio de 2026 a las 9:04

    Es evidente que, en esos "tiempos de antes", los cambios de forma y/o significado de palabras se daban paulatinamente y desde el pueblo. Desde hace unas décadas, se da en forma simultánea que en la televisión de las capitales de varios países, los locutores más conocidos introducen un cambio, éste se populariza y un académico se encarga de informar al "Real Madrid" por el cambio "nacido del pueblo".

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